Eclipse, granizo, perros, gatos y el invierno que se viene
Menos mal, me digo, que el perro no habla. Para mí ya es bastante tener que escucharlo ladrar. Y verlo hacer caca en la vereda, en tanto su dueño se hace el bobo y mira para otro lado, como que no tiene idea de qué está haciendo su adorada mascota. He visto a delicadas señoras, aguantando la piola mientras el nene canino hace lo suyo, y allí lo deja, de adorno, de regalo para el peatón que pueda caminar desprevenido. Como se puede apreciar, y esto me puede acarrear el odio de San Francisco de Asís y sus fieles seguidores, no soy de los seres humanos que tenga una especial predilección por la raza canina en esta versión ciudadana y callejera. Prefiero la pulcra discreción del gato, su amoroso maullido en la noche, su negación al servilismo. Nunca despertaron mis amores ni el afamado Rin Tin Tin, ni la pituca Lassie, ni el San Bernardo con el barrilito colgando del cogote, ni la perra Laika en el espacio, ni el rabiosamente famoso y criollo «Malevo». Ni Pluto. No tengo nada contra los perros, pero muchas madrugadas, cuando ingresaba a mi barrio, la perrada suelta me corría ladrando en todos los tonos y tamaños, mientras yo trataba de espantarlos tirándoles fósforos encendidos. Esas cosas, quieras que no, a la larga pesan.
Y nunca olvidaré un viaje en auto con Zitarrosa, desde Las Toscas a Punta del Este, con su gigantesco perro «Barullo» queriéndome comer durante todo el viaje. Y el amo, manejando, y colocando aquella voz inigualable, pacíficamente le decía: «Quieto, Barullo, quieto que es un amigo», en tanto el perrazo seguía con sus fauces abiertas queriendo clavar sus colmillos en mi yugular. Debo reconocer, como ya fue dicho, que tengo respeto por el gato. Permítame que le cuente el caso más reciente que me ha ocurrido con gato a la vista.
La otra noche subí a la azotea a ver el eclipse de luna. No subí muy entusiasmado ni pensando en sorprenderme, porque ya vi varios y son todos muy parecidos. La Tierra se interpone entre la Luna y el Sol. Nada del otro mundo. Pero la cosa fue que subí, y en el pretil, como esperando el eclipse, había un gato. Negro el gato. Los ojos amarillos, fijos en mí. Le aguanté la mirada, y nos pusimos a jugar «un serio».
‘El que se ríe primero, pierde, pensé yo. Quieto el gato, quieto yo, y el eclipse, señoras y señores, a punto de comenzar. Como yo no tenía otra cosa que hacer, y el negro tampoco, pasamos un rato así, sin reírnos ninguno de los dos. Pero de pronto se movió, dio unos pasos hacia mí, y manteniendo prudencial distancia, me dijo: «¿Usted también subió a ver el eclipse?» Me llamó poderosamente la atención que supiera lo del eclipse. Tras breve pausa, le respondí con otra pregunta: «¿Y usted cómo supo lo del eclipse?» Se detuvo, se sentó sobre la cola, y me dijo: «El instinto». Pensé que sí, que bien podía ser el instinto, puesto que una vez las cigüeñas de un pueblito que anidaban en un campanario fueron capaces de prever un terremoto y avisar a la gente lo que se venía. «Y en la noche del viernes agregó el gato tenemos granizo». Me pareció una compadrada.
Lo del eclipse vaya y pase, porque ya sabemos que la Luna tiene gran influencia sobre las mareas, sobre el nacimiento de los pollitos, sobre la bobera de los enamorados y los aullidos del hombre lobo, pero que me viniera a predecir un granizo con tantas horas de anticipación me pareció que era un sucio intento de impresionarme. La Luna fue eclipsada del todo, la noche se hizo negra como el gato, y éste, cuando volvió la luz, ya no estaba.
Ahora, escribiendo frente a los destrozos causados por la piedra torrencial del viernes, me avergüenzo de haber dudado de la palabra previsora de mi compañero de azotea. Esta noche subiré de nuevo, con Luna o sin Luna, y si lo encuentro, sin perder el tiempo en jugarle un serio, le preguntaré si me puede adelantar algo sobre qué hará este gobierno para evitar las granizadas de hambre, del invierno que se viene. Alguien tiene que saber. ¿O no? *
(*) Humorista
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