Al caído no se le pega en el suelo
Dios me libre y me guarde de aparecer defendiendo a Menem, pero le están pegando en el suelo. Del árbol caído todos quieren hacer leña, y algunos, en este caso, del árbol caído quieren hacer escalera. Le están pegando los mismos que lo mimaban. Se divertían con él, se sacaban la foto risueños, felices, gozando del poder del otro.
Hizo lo que quiso con ellos durante diez años, y ahora nadie lo votó. Pobre Menem. Cualquier papanata que nunca le ganó a nadie, se quiere hacer el festival con Menem. Los politólogos, los neurólogos, los psicólogos, todos lo acusan de ser culpable de todo, santito, como si fuera el único, como si hubiese estado solo, como si nadie se hubiese dado cuenta de lo que hacía, como si nadie lo hubiese aplaudido y defendido a rabiar, si no a él personalmente, que era bravo de defender, sí a su sistema, incluso a su «carisma». Diez años estuvo en plena diversión, y ahora festejan su derrota, como si hubiese estado en el poder hasta el día en que renunció al balotaje. Hacía mucho que no ejercía el poder, pero su renuncia a competir, es tomada como si terminaran de derrocarlo, como si hubieran echado abajo una dictadura.
Pobre Menem. ¿Qué culpa tiene si le creyeron? ¿Qué culpa tuvo si no conformes con votarlo a una presidencia, lo votaron a dos? La mayoría estaba encantada con un dólar un peso, y ahora le están pegando en el suelo.
Ahora son todos vivos, ahora todos la tienen clara. Todos ponen cara de «yo no fui». El riojano pillo los caminó hasta el cansancio, y ahora se quieren hacer un carnaval con él. Era el invitado de lujo en los almuerzos pitucos de la señora Legrand, era una vergüenza, era un mamarracho, un impresentable, pero cuando se presentó por tercera vez, se dio el lujo de ganarle a todos en la primera vuelta. Cuando se venía la segunda vuelta, miró las barajas que tenía, vio las de los contrarios, sacó cuentas y dijo: «Así no juego más». Y con su traje más elegante, con una bandera argentina detrás que le daba aires de presidente, con un discurso sereno y centrado, zafó.
¿Demagógico? ¡Por supuesto! Pero el nuevo, que no es tan nuevo porque lleva once años de gobernador de una provincia por allá abajo, y del mismo justicialismo del «derrocado», cuando ya tenía ganada la carrera se desbocó, perdió los estribos y lo trató de cobarde que se daba a la fuga. ¡¿Qué necesidad tenía de insultar?! Le pegó en el suelo. Y eso, que quiere que le diga, eso no se hace. No lo hace un tipo que dice que viene a instalar un nuevo estilo.
No lo hace. Dios me libre y me guarde de aparecer ensayando una defensa de Menem, pero a mí siempre me quedó grabada la frase de Artigas cuando dijo: «Piedad para los vencidos». Yo no sé si hay que tenerle piedad, o lástima, o el mayor de los odios, o nada, pero me da bronca cuando aparecen muchos ventajeros, malevitos de dos por un medio, que en medio del borbollón, lo quieren garronear. Es bueno haberle bajado el cogote, pero en el suelo no se pega. Es ley. *
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