Manipulaciones lingüísticas en el discurso conservador

El ajuste político, que el Herrerismo presentó como la panacea para acabar con todos los males del país, más que a un ajuste se parece a un mero cambio de aros, si no decididamente a un modesto afinado hecho por un mecánico medio chapucero.

Escrito por: JUAN MENDIETA *

Sábado 17 de mayo de 2003 | 9:21
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No voy a abundar en argumentos contra la iniciativa de reducir el número de parlamentarios y modificar la integración de las cámaras, porque fue abrumadora la andanada de críticas con sólidos fundamentos contra el intento de retacear la representación proporcional integral: desde todas las filas se alzaron voces condenando tamaño atentado a la democracia; incluso desde tiendas nacionalistas, lo que no debería sorprender puesto que el Blanco fue el partido que más peleó –en todos los terrenos, pero sobre todo en las cuchillas– por la representación proporcional, a la que se negaba el Colorado. En definitiva, una picardía del Cuqui para joder a la izquierda, una trampita que en su ingenuidad creyó que los demás se tragarían.

Pero sí me interesa destacar otros aspectos del heterogéneo paquete lacallista que tienen que ver con cuestiones financieras. Uno de ellos exige que las intendencias no destinen más de la mitad de su presupuesto al pago de salarios. ¿En qué quedó aquello de la descentralización y de la defensa –y ampliación– de la autonomía de los municipios? ¿No era acaso otra de las banderas de lucha de los blancos? Deben de ser manes de la actualización ideológica, ese virus tan contagioso que atacó a los partidos…

Y el otro punto del planteo herrerista propone que el déficit fiscal no pueda superar el dos por ciento del PBI. Yo no soy constitucionalista ni politólogo, a gatas medio oficial opinador, pero eso de incluir porcentajes en el texto constitucional con el mismo rango de disposiciones tan prestigiosas como la que proscribe la pena de muerte, me suena a meada fuera del tarro. Por otra parte, no puedo olvidar el escándalo que armaron blancos y colorados cuando los gremios de la enseñanza intentaron sin éxito que se incorporara al texto constitucional la obligación de que la educación pública contara con un presupuesto no inferior a determinado porcentaje del PBI o del Presupuesto nacional.

Según mi modesto punto de vista, la lex magna no debe contener este tipo de exigencias, pues al menor contratiempo emergente, el gobierno estaría violando la Constitución. Si las cosas pudieran resolverse de ese modo, se podría agregar un artículo a esa ley fundamental que prohíba los nacimientos por debajo de la línea de pobreza; la mitad de los uruguayos se hallarían incursos en el delito de atentado a la Constitución –en grado de conspiración, seguido de actos preparatorios– y serían pasibles de juicios ejemplarizantes por desobedecer la Carta. Sería una buena manera de combatir la mishiadura y de abatir indicadores incómodos.

Y ya que estamos, tampoco sería mala idea introducir disposiciones de rango constitucional que impusieran penas severísimas a las crisis económicas. O castigar la desocupación como forma de desestimular esa práctica nociva hoy tan en boga. No, no es un chiste. ¿O acaso olvida usted, inadvertido lector, la fama de haraganes que siempre hemos exhibido los uruguayos? Desde la sentencia repetida irreflexivamente de que “aquí no trabaja el que no quiere”, hasta la conclusión a que llegó Carlos Maggi –”dentro de cada uruguayo hay un haragán tomando mate”–, hemos debido soportar ese rótulo infamante que nos distinguía de “pueblos laboriosos” como alemanes y japoneses, siempre prontos a avergonzarnos con su ejemplo de disciplina y contracción al laburo. Es uno de los tantos mitos que integran nuestra idiosincrasia, una idiosincrasia –digámoslo de paso– que se nos impuso y que aceptamos sin cuestionar.

Del mismo modo que aceptamos que el discurso oficial se llene de eufemismos y se disfrace para ocultar la realidad. ¿A qué me refiero? En este reinado absolutista de la economía, estamos obligados a oír –y a tolerar– que los tecnócratas nos hablen de crecimiento negativo. ¿Por qué no hablar de estancamiento, retroceso o decrecimiento? Evidentemente, porque tales palabras tienen connotaciones menos amables. Pero ese crecimiento negativo es tan disparatado como si para evitar la tan temida expresión déficit fiscal, empleáramos la menos alarmista superávit fiscal negativo… En vez de decir que odiamos a alguien, quedaría mejor visto (o mejor oído) decir que sentimos amor negativo. Asimismo, se podría decir que la desocupación no aumentó sino que tuvo un descenso positivo; que el salario real no baja sino que experimenta una recuperación negativa; que las tarifas públicas no aumentaron sino que fueron rebajadas positivamente. Y para no seguir estigmatizando a los homosexuales, se los podría llamar heterosexuales negativos

¡Basta de paradojas! Que para eso tenemos al bienamado Presidente quien, cual émulo de Fúlmine o de Rey Midas al revés, todo lo contamina con su yeta.

No bien logró la calificación “libre de aftosa sin vacunación” para nuestros bóvidos, ñácate, se nos vino la peor epidemia; cuando aseguró la estabilidad de la política cambiaria, se vino la devalueta; cuando ensalzó la solidez del sector financiero, zas, cagaron fuego los bancos; predijo el triunfo de Menem, y el riojano huyó despavorido; auguró una victoria celeste en la sub diecisiete, y marchamos con Argentina…

Estoy seguro de que Lula ignora que Batlle tiene “pava” o mufa. De lo contrario no se explica que lo haya recibido en Brasilia y lo haya estimulado a reengancharse en el Mercosur; ahora temo seriamente por el futuro del bloque regional.

Jorge, por favor, ni se te ocurra vaticinar que el Frente gana, porque estamos sonados.

*Periodista

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