El lujo de la miseria

Acerca del hambre hay teorías horripilantes que perduran. Charles Darwin dejó escrito, y muchos lo repiten todavía, que el hombre nunca trascenderá las limitaciones impuestas a una especie salvaje y vivirá hasta los límites de su provisión alimenticia; al cabo, su especie se extinguirá o evolucionará hacia otra diferente. Es una idea muy dramática, que, además, implicaría una tan inevitable como monstruosa explosión demográfica.

No es la única hipótesis inquietante. Varios sabios han afirmado que el hombre destruye el suelo y que la erosión será en algún momento irreversible. Por cierto, el suelo es un organismo vivo. Según Huxley, debe su fertilidad a que contiene miles de comunidades ecológicas y macro y micro organismos de todas clases. Sin embargo, la capa superior, a la cual debe casi toda su fertilidad, no es muy profunda. Dependemos, en realidad, de una capa geológica que pocas veces supera las diez pulgadas de espesor. Y mientras el hombre la arrasa a gran velocidad, olvida que para crear una sola nueva pulgada habría que emplear unos cuatrocientos años. He ahí otra teoría espeluznante, que nos habla de un futuro aterrador a causa de la estupidez humana, porque no ha dejado de ser cierto aquello de que «la más grande lección de la historia es que nadie aprende jamás las lecciones de la historia».

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el Uruguay? Aquí no hay una población excesiva; al contrario, abunda la tierra sin ocupantes. Y tampoco la erosión, o sea la obra depredadora de la civilización, se ha desarrollado de un modo tan aniquilador; al revés, y quizás por una mera aunque bendita casualidad, la tierra sigue siendo tan generosa como antes.

Los problemas autóctonos son otros. A nuestro suelo no se le hace producir todo lo que puede y la población más necesitada elige irse a vivir a los cinturones urbanos de la miseria, a esperar por la limosna o a robar.

De la tierra no brota todo lo que podría brotar porque la mayor parte está en manos de unos pocos que no piensan, precisamente, en alimentar a sus congéneres indigentes. Año tras año crecen dos corrientes que van diluyendo al país original: la compra de extensas áreas por capitales extranjeros y el éxodo de los antiguos habitantes del campo  agricultores chicos, pastores, peones, tamberos de diez vacas o criadores de cerdos  hacia esos asentamientos que continúan su multiplicación atroz.

¿Por qué la familia rural pobre huye hacia la periferia miserable de las ciudades? No sería aventurado conjeturar que es por la paga escasa y las deudas grandes. Aunque también es cierto que hay demasiada gente poco informada, de educación insuficiente y con escasa disposición para ayudarse a sí misma.

Hace unos cuantos años, un hombre iluminado, Epimenio Bachini, creyó en el esfuerzo común y fundó la Unidad Cooperaria de Cololó, ejemplo de producción social de alimentos básicos. Antes todavía, otros hombres bien inspirados habían dado fuerte impulso a las huertas vecinales. Fueron empujes candorosos, tal vez, pero ayudaron a mucha gente y demostraron que, en un país fértil, basta la buena voluntad y un poco de organización para que nadie muera de hambre. Ambos emprendimientos se extinguieron, al fin, por culpa de los de arriba y de los de abajo. Los de arriba empezaron a desconfiar, como buenos conservadores, de la organización solidaria de los necesitados. Y a los de abajo se les dio por juntar resentimiento e intolerancia, arruinando algo que sólo era posible con ganas y sin decaimientos. Hoy estamos en una especie de segundo alumbramiento. Veremos cómo le va al intendente de Montevideo con su proyecto. Está claro que le hará falta ayuda.

Al respecto, y aunque parezca una irreverencia, que no lo es, quiero recordar un breve diálogo de Charly García, el inefable, y un periodista que le preguntó por el hambre en la Argentina:

 ¿Hambre? Pero no, loco, hambre hay en Africa. Los negritos sí que tienen hambre.

 ¿Y acá, Charly?

 ¿Sabés lo que nos pasa a nosotros? Nos mata la pretensión…

No hay entre los uruguayos esa pose que tan claramente identifica a los argentinos o, mejor dicho, a los porteños y que les lleva, según la irónica metáfora de García, hasta a creer que tienen más hambre que cualquiera en el planeta. Pero ¿hay o no algo de ese espíritu pretencioso en los pobres nuestros que desprecian plantar verduras en el patio de su casa porque quieren comer hamburguesas? ¿Y en los políticos que se la pasan diseñando planes perfectamente inútiles, llamados con insolente torpeza «de emergencia»? Aquellos carecen del coraje de enfrentar la vida sin resignar sus reclamos de justicia; éstos han decidido que es mejor envolver a la gente en la retórica que arriesgarse a alentar su organización, no sea que se les vuelva comunista.

Arana tiene razón. Pero, bueno, en una de ésas también es cierto lo que dijo Bertrand Russell y no hay atajos al milenio. ¿Será cuestión de paciencia? *

(*) Periodista

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