A mí me gustaría ser jueves
Ahora los días son más cortos. Las horas traen menos minutos, los minutos menos segundos, los segundos menos primeros. A mí me gusta más ser primero que ser segundo, que ser minuto, que ser hora, e incluso que ser día. Si yo fuera día no sería corto, porque soy largo. Pero hay algunos días que no me gustaría ser. Como decía mi mamá hablando de la familia, todos tienen su cosas buenas y sus cosas malas. Nadie es perfecto en esta vida, y según ha dicho algún nabo, es mejor que no seamos perfectos porque sería muy aburrido. Eso es una gansada de mi flor, porque si todos fuéramos perfectos sería todo más lindo. A mí lo que me aburre es tanta imperfección con veleidades de entretenimiento, tanto desbarajuste humano, social y futbolístico, al santo botón, y eso si hay algún botón santo que, por cierto, no han de ser los de la bragueta ni los botones que se han perdido en el fangal luego de pasar los últimos tiempos con la vida pendiente de un hilo. Volviendo al tema central del que no debí apartarme ni que vinieran degollando, digo que no me gustaría ser lunes, por ejemplo, porque la gente le tiene tirria al lunes por el asunto de que tiene que ir a trabajar, o tiene que salir a buscar trabajo, cosas así, siempre desagradables a causa de lo poco que pagan, porque si los salarios fueran dignos y jugosos, la gente no le tendría esa bronca que le tiene al lunes. El lunes tiene la contra, además, de ser el día que mucha gente ha fijado como el del comienzo de la dieta, esa dieta que no se comienza y que se deja para el próximo lunes sin falta.
Yo sé de gente que le gustan los domingos. A mí no, ahí tiene usted. Yo, entre pitos y flautas, entre una cosa y la otra, vueltas van, vueltas vienen, llega un momento en que no sé qué hacer con el domingo. Y cuando más lindo y más soleado, menos sé. A mí, el domingo, y le hablo de la tarde del domingo en especial, me empieza a invadir una tristeza, le garanto, que me va tomando de a poco, paulatina e inexorablemente, y que en lugar de rechazarla con energía y fuerza de voluntad, me le entrego mansamente y sin pelear, porque como es sabido, la tristeza no es rebelde ni peleona, es entregada. Y una vez que fui copado totalmente por ese estado de ánimo desanimado, le hablo del domingo a la tarde, me viene una melancolía, un derrumbe moral e intelectual, sobre todo intelectual, que me sume en un total desencanto. Hasta que llega la tardecita, y entonces sí, ahí se pone bien fea la cosa. Un amigo mío decía que es la hora en que una bala flota en el aire. Usted llámele como quiera, pero el asunto es que a mí maldita la gracia que me hace el domingo, y menos ser un domingo de tarde. Si yo tuviera que elegir ser un día, me gustaría ser jueves. Me parece que sería jueves porque es el menos criticado, el más neutral, el que menos odios desata, e incluso es el que permite decir: ¡Qué bien, mañana ya es viernes! Viernes tampoco quiero ser por haberse colado en un fin de semana que, tradicional y justicieramente, le corresponde a sábados y domingos. Ahora, con la proximidad del invierno, los días son más cortos, y por lo tanto, menos culpables. La gran responsabilidad, entonces, recae sobre la noche, sobre las largas noches. Y noche no me gusta ser, porque en fija que me estrello. *
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