América Latina: la alarmante ola de criminalidad
Qué hacer? La solución más difundida es la de la «mano dura», reforzar la acción represiva. Tiene expresiones frecuentes en la región, por ejemplo ha tenido gran presencia en las recientes elecciones argentinas. Aboga por aumentar el número de policías y darles mayor discrecionalidad, reducir las garantías legales que «obstaculizan» la acción de la fuerza pública y bajar la edad de imputabilidad para poder encarcelar desde edades muy tempranas. Se plantea como la única vía posible, y capta con facilidad sectores de los electorados, que sin información mayor, creen que el tema es solo una cuestión policial.
Las investigaciones y datos estadísticos abren muchas dudas sobre esta solución. Entre otros los análisis de Louis Vacquant, renombrado investigador del Colegio de Francia y de la Universidad de Berkeley y autor de «Las cárceles de la miseria» (Editorial Manantial) dicen que al observar la experiencia de muchos países no se observa correlación entre el aumento de la población carcelaria y los índices de criminalidad de mediano y largo plazo.
La mano dura llena y desborda las cárceles y crea lo que Vacquant llama un «Estado penitenciario», pero no ataca las causas de fondo del aumento de la delincuencia. Los riesgos de este enfoque pueden ser fuertes. En América Latina puede crear un ambiente de opinión que empiece a «criminalizar la pobreza» a discriminar y hacer sospechosa a la población pobre por solo serlo. Además puede abrir la puerta a una versión extrema, los grupos de ejecución extrajudicial que han aparecido en varios países, y que con argumentos de neto corte hitleriano asesinan niños de la calle, adolescentes y jóvenes.
Frente a esta alternativa se alza la vía preventiva. Señala que la sociedad debe defenderse firmemente de los grupos criminales organizados como los de la droga y el secuestro, pero añade que frente a esta ola criminal juvenil hay que profundizar sobre sus razones estructurales y atacarlas. Entre ellas, en América Latina, los estudios resaltan tres factores que inciden fuertemente. El primero es el aumento de desocupación juvenil, que hoy excede el 20%, más que duplicando la desocupación promedio. Otro factor es la desarticulación de numerosas familias bajo el embate de la pobreza. La familia es la gran institución preventiva del delito. Entrega a los jóvenes en los primeras etapas de la vida los valores éticos y los ejemplos morales. Si se debilita deja de cumplir esa función. Estudios de Cepal en Uruguay y otros similares en Estados Unidos indican que dos tercios de los delincuentes jóvenes vienen de hogares desarticulados. La delincuencia también se vincula con bajos niveles de educación y altas tasas de deserción escolar. Análisis del BID en Centroamérica, donde se han extendido las bandas delincuenciales juveniles, muestran como rasgos de sus integrantes los siguientes: desertores de la escuela, sin espacios de integración, recreación y deporte, viven en hacinamiento, han sido víctimas de violencia doméstica, están fuera del mercado laboral formal.
La solución, por ende, se halla en invertir mucho más en generar empleos y oportunidades de cultura, deporte, y recreación para los jóvenes, fortalecer la familia, y aumentar la escolaridad. El enfoque preventivo orientó algunas de las experiencias internacionales más exitosas en bajar la criminalidad en algunas ciudades -como Boston y San Francisco en Estados Unidos- y en países como Finlandia, que tiene el menor número de presos de Europa y al mismo tiempo la cantidad más baja de policías.
Por otra parte, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha efectuado estudios que indican que es mucho menos costoso y efectivo para una sociedad invertir en educación que hacerlo en seguridad, y los resultados son mucho más efectivos en relación a la delincuencia.
América Latina está en una encrucijada en este tema crucial. ¿Avanzará por la vía de la mano dura que parece conducir al final del camino a la criminalización de la pobreza, o procurará crear oportunidades para el inmenso contigente de jóvenes excluidos y promover por todos los medios la integración social?
Urge mejorar el muy pobre debate actual, lleno de slogans y promesas demagógicas, y dar a la opinión pública investigaciones, datos y elementos serios sobre las causas profundas del problema. Lo que está en juego es muy importante, es la calidad ética misma de nuestras sociedades. *
(*) Bernardo Kliksberg dirige la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo del BID. Su última obra: Hacia una Economía con Rostro Humano, Fondo de Cultura Económica (Exclusivo de IPS para LA REPUBLICA)
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