Yo quiero ser un hincha fanático del fútbol
Cuando yo vivía en Buenos Aires, Víctor Hugo Morales me invitó a la cabina de transmisión de la cancha de Boca. Fui por amistad y por curiosidad, porque ni aquí ni allá el fútbol me ha interesado demasiado. Me hubiera gustado ser hincha de Nacional o Peñarol, o mejor de Wanderers, o del Fénix, o capaz que de Danubio, de Defensor, qué sé yo, de alguno, de algo. En lugar de hincha, de fanático del fútbol y particularmente de un equipo, de un club determinado, de una camiseta, me quedé, tibiamente, en un simple simpatizante. Para peor, hoy simpatizo con uno y mañana puedo simpatizar con otro. Algo vergonzoso, realmente. Tratándose de algo que tiene que sentirse en el corazón, en las tripas, en los riñones, en todo el sistema nervioso y del circulatorio, un simpatizante es algo así como el agua de los fideos, un lavativa, un ser que ni siquiera discute a favor del equipo con el que simpatiza, porque la simpatía no da, no alcanza, no es suficiente para calentarse y gritar como un energúmeno.
Porque para ser un hincha de fútbol con todas las de la ley, hay que ser eso, o ser capaz de convertirse en eso, en un energúmeno, en un poseso, un endemoniado, un exaltado que puede llegar y rebasar los límites de la furia, un ser capacitado para convertirse en una fiera sedienta de goles, sí, pero también, si fuera necesario, sediento de trofeos del enemigo como ser banderas, banderines y alguna oreja.
Esa vez que fui a la cabina de transmisión la pasé bárbaro, porque Víctor Hugo es un tipo macanudo y en el intervalo me hizo una nota y charlamos cómodamente, y además me vi el partido distendido, no me olvido más, no me olvido. Pero hubo otra vez, no me olvido más, no me olvido, hubo otro domingo en que jugaba Boca en la Bombonera, y otro amigo, hincha fanático de Boca, me invitó a la cancha, y lo acompañé. Pero esta vez, inocente de mí, fuimos al centro, al epicentro, al corazón, a la brasa encendida y candente de la Barra Brava.
¡Y ahí te quiero ver, uruguayito pacífico y sereno! Temblaba el hormigón, aunque ellos dicen que no tiembla sino que late, temblaba el estadio, temblaba el barrio de La Boca, Buenos Aires y el planeta entero temblaba cuando la hinchada rugía, y más que nadie, temblaba yo.
Aquella tribuna colmada por desaforados largaba humo, a los hinchas, semidesnudos, se les saltaban los ojos, se les reventaba la yugular, se les crispaban las manos y los pies, emitían todo tipo de sonidos guturales, rugidos, maldiciones, vivas, mueras, saltaban, transpiraban, enronquecían, se abrazaban, agitaban banderas, incansables, inagotables, yo diría que invencibles. Me dio mucho miedo. Prácticamente no vi el partido. Los miraba a ellos, a los hinchas, y estaba seguro que en algún momento comenzaría la matanza. Aquello tenía que explotar por algún lado, y me asaltó el razonable temor de que se dieran cuenta de que yo no gritaba y me tomaran por un espía, por un maldito hincha de algún otro cuadro al que había que exterminar allí mismo.
Pero no pasó nada. No recuerdo cómo termino el partido, pero al finalizar se transformaron. Salían de la cancha serenos, placidos, laxos, normales. Yo estaba duro, tenso. Una tabla. Entonces creo que sentí envidia por los hinchas de fútbol, por los de allá y por los de aquí, por los que se fanatizan durante noventa minutos, y descargan vaya a saber qué broncas y frustraciones cumuladas durante una semana, o simplemente se divierten de una manera que yo no sé. Pero ahora, lentamente, vengo abrigando la esperanza de que, con Carrasco al frente de la selección, me pase algo, me entusiasme, me interese como un buen futbolero, me haga hincha fanático de la celeste, y dentro de poco tiempo ya empiece a discutir acaloradamente como el mejor. Yo creo que me puede venir bien, porque, con lo que pasa en el mundo, te digo la verdad, ando tan tenso que me duele todo acá. *
* Humorista
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