Resentimiento de cadera por esfuerzos varios
He resuelto comenzar a practicar ejercicios correctivos todos los días. No sólo mentales, sino también físicos. Ya estoy haciendo fierros. En realidad no los hago, los levanto. Ayer me animé y levanté dos tuercas y un bulón que encontré en la puerta de un taller mecánico. Por algo hay que empezar. De entrada no puedo meterme a levantar dos o tres mil quilos, ni setenta, porque es muy posible que me resienta de la cadera. Yo quedé de cadera frágil desde que intervine en un festival de salsa caribeña realizado en la isla Tortuguita Menor. Fueron doscientas horas de baile sin parar, y descalabré a cinco compañeras que colaboraron a que yo ganara el certamen, en tanto que, sobre el final, como ya fue medianamente dicho, me sentí de la cadera. Pero valió la pena porque el premio era un viaje en canoa por el río Mío Mío, nombre que le habían puesto al torrentoso sendero los indios de la zona, luego de varios años de debate sobre la posesión de aquellas agua. En realidad, el premio no era nada del otro mundo, máxime teniendo en cuenta que el ganador debía comprarse la canoa o, en su defecto, encargar a algún especialista que la hiciera, o también, y en el peor de los casos, fabricarla uno con sus propias manos. Yo, por razones económicas, que son las que han regido casi todos mis actos inteligentes, opté por el peor de los casos, es decir que me aboqué a la tarea de fabricar mi propia canoa para poder usufructuar el premio tan trabajosamente conquistado. Durante mi tierna infancia escolar, había escuchado decir, y por lo tanto había aprendido, que los indios charrúas hacían sus embarcaciones ahuecando el tronco de un árbol. Si aquello había funcionado en las aguas de los ríos de mi amado Uruguay, no había razón alguna para dudar de su funcionamiento en las tropicales agua del Mío Mío. No me fue fácil talar el árbol elegido para convertirlo en canoa, ya que el indio que me prestó su hacha la necesitaba casi todo el día, y yo podía utilizarla solamente en los breves momentos en que él la dejaba para secarse el sudor. Mi constancia y mi paciencia hicieron posible derrumbar el gigantesco árbol, y de inmediato me di a la delicada tarea de ahuecar su tronco. Me quedó un caño. De madera, pero un caño. De haberlo pulido y lustrado, hubiese sido propietario de uno de los más bellos caños de madera de Tortuguita Menor, pero no era esa la finalidad de mis afanes. Debo hacer notar, ¡ay!, que talar y ahuecar el árbol me obligó a ciertos movimientos que volvieron a resentirme de la cadera. El hecho fue que, luego de consultar con el brujo de la tribu, y cuando finalizó de reírse a carcajadas al ver el caño, lo corté a lo largo y me quedaron dos medios caños a los que les tapé los extremos con adecuadas chapas de cármica, y me hice de dos canoas preciosas. Una se la di al brujo y la otra me la quedé para iniciar mi viaje en el caudaloso Mío Mío. Fue la joven y hermosa hija del gerente de la compañía bananera local, y encargada de la oficina de turismo y desarrollo de Tortuguita Menor, quien me regaló dos remos de cristal de roca con incrustaciones de brillantes que, si bien los hacía un tanto pesados, me permitieron manejar la canoa aguas abajo del Mío Mío. Fue remando y tratando de gobernar la canoa que me resentí nuevamente de la cadera. Las corrientes vertiginosas por los rápidos entre riscos y espumas, en ningún momento me recordaron la vez que crucé el arroyo Pando en bote. Una vez llegado a Puerto Puerta, fui agasajado por los integrantes de un club de bochas cuyo fundador había sido un flaco de bigotes en el año 1730, del que me supusieron descendiente y me regalaron un juego de bochas completo con tablón del fondo. Al tirar el bochazo inaugural del campeonato que se iniciaba, me volvía resentir de la cadera. A mi regreso consulté con un traumatólogo especialista en resentimiento de cadera reiterado, y me aconsejó ejercicios físicos moderados, evitando dentro de lo posible, me dijo, las violentas agachadas que hoy son tan comunes en mucha gente. Así se hará. *
* Humorista
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