LOS NUEVOS FERIANTES QUE CREO EL DESEMPLEO

Al borde de la miseria hay quienes ofrecen en venta hasta sus zapatos

Rodrigo Brignoli, 29 años, llega a la plazoleta de Ramón Anador y Comodoro Coe con una garrafa de tres kilos, dos platos azules, un diccionario enciclopédico, un martillo, seis servilletas blancas, una silla playera, cuatro cuchillos de mesa y un colchón.

«Si vendo todo soy Gardel. Pero está dura la calle y me conformo con colocar algo por lo menos para parar la olla de hoy porque en casa no hay ni un peso», dice.

El amigo que lo trajo en una camioneta destartalada ayuda a bajar las cosas y bromea:

 No te preocupes. Ahora Jorge le va a vender carne a Bush y vamos a estar de bigote para arriba.

 ¿Carne? -contesta Rodrigo- ¿Qué es eso?

 Una cosa roja que comíamos antes -dice el amigo.

Casado, desempleado, padre de un varón que el 2 de mayo cumplirá diez meses, Rodrigo cuenta:

«Ya vendí la cama de matrimonio, la heladera, la tele, una alfombra, la cámara fotográfica que me regaló mi suegra cuando me casé, una lámpara de pie, la licuadora que habíamos comprado cuando tenía trabajo y un aparador. Todo eso lo fui vendiendo en los remates cuando todavía no me habían despedido, porque cobraba 3 mil 200 pesos líquidos y sólo de alquiler pago 2 mil. Ahora vengo a las ferias a vender las cosas chicas que tengo en casa, porque te imaginarás que con lo que saco en el Seguro de Paro me muero de hambre».

Sin dinero para emigrar y ya convencido de que es casi inútil buscar empleo, Rodrigo vive en Aires Puros, donde, dice, muchas personas ya vendieron «hasta los juguetes de los chiquilines» para sobrevivir:

«Es terrible, pero cada vez hay más gente que como yo va de feria en feria ofreciendo cosas de su casa porque no tiene plata ni para comprar refugos en el mercado y revenderlos», afirma.

Según Mario Tejera, quintero veterano, sólo en Montevideo son unas cuatro mil las personas que ofrecen sus efectos personales en las ferias: «Yo hago feria desde 1980 y te aseguro que nunca vi una cosa así. Siempre hubo gente que vendía cosas que no precisaba pero ahora traen lo que tienen en uso y esperan horas y horas que alguien les compre algo. Te da lástima».

Tejera agrega: «Yo no sé qué van a hacer cuando vendan todo lo que tienen. Tendrán que pedir limosna o robar, digo yo. Fijate a lo que hemos llegado en este país que podía ser un paraíso. No tiene nombre lo que está pasando».

Rodrigo explica: «Las casas de compra y venta ya están hasta el tope y pagan cada vez menos. Tienen tanto para vender que te tiran los precios al suelo y rechazan las cosas chicas porque la gente les lleva de todo y no dan abasto. Por eso hay que venir a las ferias. Si tenés suerte podés colocar algo para ir tirando».

Irma Tardáguila, 42 años, divorciada, sin hijos, coincide: «No va quedando otra que las ferias. Yo vendí casi toda la ropa que tenía y si la cosa sigue brava voy a liquidar los muebles porque hay que comer».

Irma recorre las ferias de El Pinar y Lagomar desde que hacia principios de este año perdió su empleo:

«Trabajaba en una empresa de limpiezas pero redujeron personal y marché. Hago algunas changas en casas de familia pero no me alcanza y la única solución que me queda es vender lo poco que tengo. Ya me cortaron la luz y en cualquier momento me dan el desalojo. A las ferias vengo con lo que puedo traer en un bolso. El sábado pasado me compraron un juego de sábanas que estaba nuevito, sin uso. Hoy traje dos frazadas, un florero que era de mi madre, unos platos, una olla chica y un mantel».

En Pajas Blancas, Elbio Fernández relata: «Soy carpintero pero no consigo trabajos. Empecé a vender las herramientas en la feria y ya me quedan muy pocas. Nunca me había pasado esto. Tengo 62 años y jamás en la vida estuve peor. Mi mujer quiere vender la tele y si no surge nada no va haber más remedio. Está brava la cosa».

Albañil desocupado, Sergio Trías, 32 años, montó un puesto en la periferia de la feria dominical de Tristán Narvaja y allí ofrece todo lo imaginable:

«Al principio traje únicamente cosas mías, sobre todo ropa y libros viejos. Pero varios amigos de mi barrio se enteraron y me dieron cosas de ellos para vender. Si les coloco algo, me dan algún peso y con eso y lo mío a veces saco 100 pesos limpios, 150 con suerte. Tengo impermeables, buzos, bufandas paraguas, vasos, lentes, libros, gorros de lana, sobretodos, destornilladores, martillos, clavos, dos camperas, discos, revistas, fuentes de vidrio, latas de pintura, pinceles, pantalones, floreros y un montón de cosas más. Bruto cambalache».

Según fuentes de la Intendencia esta nueva categoría de feriantes crece sin solución de continuidad:

«Aumenta día tras día y se multiplicará mientras no se apliquen políticas de empleo que lo eviten. La gente se está desprendiendo de lo que tiene porque si no lo hace no come. Y sucede en todo el país».

El brutal descenso del poder adquisitivo de la población agrava el panorama, subraya Rodrigo:

«Se vende muy poco, muy poco. La gente no tiene plata y aunque quiera comprar no puede gastar mucho. Y cuando llueve ni te cuento. Uno ya no sabe qué va a hacer. No sabe si va a comer, si juntará algo para llevar a la casa. Hay gente que está vendiendo la ropa de invierno porque en esta época eso sí tiene salida, no mucha pero más que otras cosas. Hay gente que ya vendió hasta los zapatos. Yo mismo los voy a vender. Uno tiene que elegir entre pasar frío o comer. Y, claro, elige comer. Pero cuando llegue el frío en serio la cosa va a ser terrible.

De esto no se habla. Ustedes son los únicos que vinieron a ver qué estaba pasando. Si vienen dentro de un mes, a lo mejor ya ni estamos. Andaremos quién sabe dónde, yo qué sé… Yo me quería ir a España, aunque no tengo plata ni para sacar el pasaporte. Pero voy a tratar de juntar porque quedarse aquí es suicidarse. Por ahora tengo que pensar en la comida. Si vendo la garrafa y el colchón como unos cuantos días». *

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