La columna amarilla

Diputeadas

Diputado 1: Debo aclarar que cuando propuse que el señor diputado se higienizara los caireles, no quise decir eso sino algo mucho peor.

Dip. 2: De la misma manera, señor presidente, debo decirle a quién me antecedió en la palabra que yo desearía que, de ser posible, se fuera inmediatamente a la mismísima excrecencia  humana o animal  que se expele por el ano.

Dip. 3: No estaría yo cumpliendo con el sagrado deber que me ha otorgado la ciudadanía sino le dijera yo a usted, señor representante nacional de un partido adversario pero no enemigo, que usted, y disculpe la redundancia de redundar en usted… que usted, digo nuevamente, es un reverendo hijo de siete mil mujeres de la vida.

Dip. 4: No desearía caer en el mismo lodazal en el que han estado chapoteando los legisladores que me precedieron en el uso de la palabra ya que yo, y también mi sector debo decir, no acostumbramos a tratar de imponer nuestras razones con insultos. Pero como he sido aludido, señor presidente, quiero decirle al señor representante que malamente me nombró que, con sus dotes por todos conocidas y especialmente conocidas por su líder, debería disfrazarse de mujer y entrar como becaria en la Casa Blanca de los EEUU.

Dip. 5: Yo tan sólo le pediría al señor diputado que retrocediera en el tiempo. Pero que retroceda mucho… mucho… mucho, hasta llegar al mismísimo momento en que se asomaba a este mundo por primera vez. A ese lugar, específicamente, deseo que se vaya.

Ciudadano 1: A la madre nunca, hijo de puta.

Presidente: Pido a las barras que respeten este sagrado recinto.

Ciudadano 2: Sí…este lugar sagrado donde acude tanta gente…

Presidente: Desalojen las barras. No permitamos que se interponga la intolerancia y la falta de corrección.

Señores diputados, hablando la gente se entiende, luego de este democrático intercambio de ideas y argumentos se pasa a votar. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje