Hoy Juceca

Corriendo la liebre (final)

En la nota anterior había quedado en que la liebre se había detenido, no se sabe si a descansar, o simplemente para darse vuelta y mirarme y así calcular si tenía posibilidades de alcanzarla, pero lo cierto es que se detuvo. Yo no tenía ganas de seguirla corriendo, pero vi en ella, en su postura, en su forma de pararse y de mirarme desde lejos, como un desafío, como si estuviéramos jugando una prueba de resistencia, de perseverancia. En sus ojos, pese a la distancia, me pareció leer: «El que afloja pierde». A nadie le gusta perder, y menos por flojeras. En este mundo, en el que ganar parece ser el único objetivo, perder con una liebre hubiese sido bochornoso. Es verdad que aquella situación no tenía testigos que hoy o mañana pudiesen señalarlo a uno con el dedo y decir a voz en cuello: «Ahí va el que perdió con una liebre, ja,ja,ja!». De ser así, la gente me miraría con curiosidad, y luego, como la risa es contagiosa como el bostezo, comenzarían a lanzar carcajadas, groseras risotadas acompañadas por el dedo acusador, que para eso siempre están prontos, señor, para burlarse de un hombre que no se mete con nadie y que, al final de cuentas, su único pecado habría sido perder en una competencia mano a mano con una liebre. Nada del otro mundo, nada que merezca ese trato denigrante, pero hay gente para todo, señor, gente dispuesta a ver con mayor facilidad y ligereza la paja en el ojo ajeno, que la viga en el ojo propio. Pero volvamos a la liebre que hace rato que está parada a la espera de que uno termine con estas elucubraciones que a ella ni le van ni le vienen. Su elegante figurita se recorta sobre el filo de una loma. Acelero mi carrera, como para asustarla, como jugando, a esta altura, puesto que estoy convencido que ha de pegar un raje y dejarme atrás sin ningún problema. Pero no lo hace, no se va, me mira acercar. Yo avanzo, me tomo confianza, pienso que quizá pueda domesticarla, ser amigos, tenerla en la cocina mientras tomo mate, en lugar de perro o gato, bichos caseros que tiene cualquiera. La gente entonces me señalaría para decir: «Ahí va el que toma mate en la cocina con una liebre echada junto al banquito». Me le acerco, y cuando la tengo de aquí a ahí, cruza un alambrado al trote. En uno de los alambres, un cartel bien visible dice: «PROHIBIDO PASAR. PROPIEDAD PRIVADA». Del otro lado, la liebre me mira, se sonríe bonachona, y se aleja sin apuro, segura de que uno es respetuoso de los carteles. *

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