La cultura de Maracaná

No se trata sólo de ellos.

Si uno recorre la ciudad con la mente abierta, atento, sin prejuicios, lo que ve alrededor estremece. Aquella expresión vulgar «no hay un mango», que hasta la acuñó el tango, se ha hecho tan cierta que asusta. Basta charlar con un taxista, un feriante, un bancario, un visitador médico y hasta con Baltazar, el delirante, para advertir hasta qué punto la economía ha sido forzada a una implosión. El dinero no alcanza, el consumo se ha ido extinguiendo y el Estado, ese mismo monstruo que nos sigue devorando, cada día recauda menos. No se necesita ser economista para advertir que el abismo está ahí nomás, a un metro. ¿Daremos ese paso adelante, como alguna vez propuso aquel vicealmirante disparatado?

La conducta de muchos, incluso de aquellos que suelen describir con claridad la situación, sea en el trabajo, en una esquina o en un café, hace pensar que enfrentamos un problema gordo. Se han extraviado demasiadas cosas. El rumbo económico, el sentido común. Y probablemente haya que agregar a la chaveta, que en este Sur pobre que padecemos se pierde a menudo.

Ahora bien, al tiempo que esa gente reconoce la profundidad de la crisis, porque jamás algo ha sido tan evidente ni ha generado tanto consenso, insiste en un discurso basado en la voluntariedad y en la convicción de que, aunque no hagamos nada heroico, ni siquiera inteligente, igual, no importa de qué forma y hasta como una apelación a la inverosimilitud acogedora de los milagros domésticos, todo será mejor mañana.

No es optimismo. Tampoco fatalismo o resignación.

Veamos: uno está parado, mirando el derrumbe, sintiendo el chicotazo de los cascotes que caen, rezongando incluso, pero convencido de que «no hay mal que dure cien años» o de que «siempre que llovió, paró».

Muy bien. Pero si el mal no dura cien años sino apenas noventa y si la lluvia deviene garúa, ¿por obra de quién será? ¿Del gobierno? No es hora de ironías. ¿Del Encuentro Progresista? No ha llegado al poder y tiene mucho con que lidiar antes. ¿Acaso del Espíritu Santo? Difícil, porque está atendiendo demasiados pedidos a la vez.

Sólo la política no explica lo que nos pasa, aunque sea cierto que los gobiernos de las últimas décadas han sido un compendio de barrabasadas que han empujado siempre hacia el camino errado. Pero la patología que ha nos ha enfermado tiene unos componentes un poco más complejos.

No es arriesgado conjeturar que padecemos, en tanto hemos contribuido a consolidarla, una cultura asentada en la voluntad y en el auxilio de una providencia de la que nos apropiamos cada vez que el agua  u otra materia menos inocua y más espesa  nos llega al cuello. En otras palabras, queja, transferencia y esperanza. Vivo quejándome y transfiriendo mi responsabilidad a los demás, a alguien, vaya a saberse a quién, pero creyendo que «ya vendrán tiempos mejores». Una idea escasamente pragmática acerca de los problemas y el modo de resolverlos, en cuyo origen respira Maracaná, aquel hito que nos convenció  y ojalá hubiese sido únicamente para equivocarnos en fútbol  de que es suficiente calzarse una camiseta celeste y ponerse la pelota debajo del brazo para que se haga la luz. Aleluya, antigua y perversa paradoja vernácula.

Suele dejarse a un lado, cual trapo viejo, inservible, al esfuerzo de hacer algo por uno mismo y, a partir de ahí y apoyados en la solidaridad, también por los demás. Mientras tanto, conectada a esa haraganería milagrera, la vida cotidiana se vive con resentimiento, con violencia, con malignidad, con desprecio por el prójimo. Es que hay quienes, no creyendo en la voluntad, ni en esa providencia salvadora, ni en la garra charrúa que, según se sigue diciendo, hizo posible Maracaná, apelan al egoísmo más recalcitrante y, si uno se descuida, agarran el fierro  en ocasiones muy tangible  y le dan.

Todos síntomas de que se han perdido valores esenciales a una sociedad civilizada. No es todo el mundo, menos mal. Y quisiera decir no somos todos, incluyéndome, pero no me animo. He aprendido a reconocer mis flaquezas y mis contradicciones.

Viene bien, entonces, lanzar el pensamiento a vuelo, así, quizás desprolijo o inacabado, y reflexionar un poco más sobre lo que nos pasa. Y lo que nos pasa no es reducible a la crisis financiera, al desempleo, a la inflación o a la notoria, incontestable incapacidad de este gobierno de enfrentar constructivamente la crisis.

Pensemos acerca de esa otra actitud que nos está afectando tanto como no tener trabajo, que el sueldo no nos alcance, que la construcción siga parada, que las exportaciones no crezcan, que las calificadoras de riesgo sigan jugando al tute cabrero con Uruguay y que a la vuelta de cualquier esquina podamos toparnos con algún banquero prófugo porque ya cumplió su penitencia y vuelve por más.

Pensemos. Quién sabe. Tal vez nos ayude a asumir mejor la realidad. *

(*) Periodista

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