Cambios en la cama de los uruguayos
Al mágico Hotel Cervantes, tal vez fuera este último eco de pos modernismo, lo que podía haberlo puesto en su legendario pedestal.
Es que cuando abrió sus puertas en 1928, además de estar ubicado en uno de los puntos selectos de la ciudad por aquel entonces, era el sinónimo mismo de la modernidad. En su misma ubicación actual de Soriano casi Andes, fue inaugurado con 100 habitaciones y 100 cuartos de baño, un lujo para la época. Calefacción central, teléfonos en cada habitación, con comunicación directa a Buenos Aires, una terraza jardín estilo andaluz en el último piso y hasta un jardín de invierno, hicieron del lugar un ámbito selecto. Jorge Luis Borges, se alojaba en él durante sus estancias en Montevideo. Carlos Gardel, era esperado a las puertas del lugar, por igual número de gente tanto para sus salidas, como para sus regresos.
Dice la leyenda que otro de sus huéspedes ilustres Julio Cortázar se inspiró durante una noche de insomnio en el hotel para escribir su cuento «La puerta condenada».
La lista es extensa (Atahualpa Yupanqui, Charlo, Adolfo Bioy Casares, etc.), y apenas amerita para citar en el tema que nos convoca, aunque destaca la personalidad que tuvo el centro hotelero, cuando menos en sus orígenes. Aunque ha sido catalogada como una de las construcciones bajo la órbita de la Comisión del Patrimonio, es poco lo que desde la Intendencia o el Estado se ha hecho para su mejora. Hoy, devenido en hotel de dos estrellas, la evolución de la ciudad lo relegó a una zona céntrica que perdió sus laureles de otrora.
Sin embargo el Cervantes, encuentra en el posmodernismo una «veta» que en Uruguay ha tenido hasta ahora, la reserva propia de los países dónde el sexo, puede ser muchas cosas, pero no todavía una diversión abierta a muchos interesados, cuando menos abiertamente.
Fiesta ¿cómo pocas?
Si bien LA REPUBLICA publicó desde que la modalidad comenzó a cobrar cuerpo en Uruguay, a mediados de los ’90, algunas referencias sobre los swingers, lo cierto es que apenas algunos ambientes se prestaron a la posibilidad, y su éxito, si existió, pasó desapercibido.
Los swingers, o parejas interesadas en intercambiarse para juegos sexuales, aunque forma colonia entre nuestros vecinos argentinos y brasileños, carecen de apariciones públicas en el nuestro. Algunos ámbitos intentaron llevar la propuesta adelante, pero, aunque seguramente la idea continuó en la mente de los interesados, los contados lugares, agonizaron.
El comentario de que el Hotel Cervantes, estaba ofreciendo una propuesta en ese sentido, con algún aditamento interesante, llamó la atención del cronista. Con absoluta amabilidad, en la recepción del hotel se confirmó que efectivamente los días viernes y sábado, existían fiestas para swingers en el salón de fiestas. Los asistentes podían coincidir luego en las habitaciones del mismo hotel. Incluso una promoción curiosa: quienes pudieren demostrar que viven en el interior del país, accedían, nada menos, que al alojamiento gratis esa noche en el Cervantes. El costo de la entrada a la fiesta era de $ 250 por pareja.
El salón de fiestas del 5º piso del hotel, debe haber sido lujo de su época. Aunque la restauración es deuda, desde la entrada hasta el palco para la orquesta, hablan de una brillante época ya ida.
Un lustrado piso de maderas duras, bajo un cielorraso adornado a la usanza de los años ’30; vidrios biselados en las gigantescas puertas de roble, e incluso algunos muebles hablan de otros brillos. Aunque el hecho de ser un bien patrimonial de la cultura, ha impedido cambios de fondo, la decoración concretada para estas fiestas, habla de tiempos bastante menos dispendiosos.
Una gigantesca cortina blanca, del techo al piso, cubre una pared entera, sirviendo como telón de fondo al espectáculo «y para el show de sombras eróticas que habrá detrás», explica uno de los organizadores de estos encuentros.
A la una de la madrugada del sábado, las luces tenues del salón solamente se ven quebradas esporádicamente por los focos aleatorios de colores sobre la pista de baile. De una veintena de mesitas con velas, a la vera de la pista, están ocupadas una docena. Siempre con parejas. Los días viernes la entrada es más general, pero los sábados sólo parejas. Una barra, similar a la de cualquier boliche nocturno, es oasis de alcoholes para tres o cuatro parejas más.
Cuando la música entra en los ritmos tropicales de moda, de la penumbra van emergiendo las parejas que cumplen similar rito que en cualquier discoteca: sacudirse un poco. Al estar más iluminadas, las facciones se revelan, los cuerpos se contornean. De veinte a sesenta años, parece difícil promediar edades y en nada se diferencian a simple vista, estos potenciales o practicantes swingers, de cualquier montevideano que camina por la rambla un sábado a la tarde. Tan solo el abrazo de dos o tres parejas formando círculos mientras bailan, podría llamar la atención, aunque no más que en otro baile donde se hubieran tomado unas copas.
Con el anuncio del comienzo del show, los danzarines retoman sus asientos, aunque casi ninguno cambia o comparte mesa, con quienes fueron sus nuevos partenaires en la pista.
Entre nubes de humo y música de película, Batman irrumpe en medio de la pista de baile. El disfraz es realista, pero la coreografía, marca que el artista está más dispuesto a otras cosas que a luchar por la justicia. De inmediato comienza su especialidad de streapper, la que extiende por casi veinte minutos entre giros y «asaltos» a las diferentes mesas. Los asistentes permanecen estoicos, ante algunas de las audacias del artista, para con las damas. Ellas, lejos de alarmarse parecen disfrutar del espectáculo, e incluso una acompaña al «hombre-murciélago» (a quien a estas alturas sólo le queda la capa y las bragas), a ejercitar poses sexuales en medio de la pista.
Acompañado de aplausos, Batman hace mutis por el foro.
Como segundo plato, el espectáculo presenta a las milenarias «sombras chinas» que, detrás de un gigantesco lienzo, efectúan coreografías, ejercicios y aspavientos eróticos. Los aplausos, carecen de calor.
Acto seguido, son los asistentes que se reencuentran en la pista de baile. Aunque las variaciones con la anterior tanda, son ínfimas, ahora sí, algunas pautas, parecen indicar el clímax por venir.
El baile de algunas parejas de a cuatro , y algunas chicas que prefieren bailar juntas, que hacerlo con caballeros, amerita algo para el observador. Aunque lo es por la razón convocante, que no por la exteriorización de algo que, en cualquier fiesta, en absoluto sería ni tan siquiera díscolo.
A las cuatro de la mañana, algunas parejas comienzan a retirarse. ¿Debería el cronista seguirlas para informar si se quedan en alguno de los pisos hasta la planta baja?; ¿y si se fueran juntas a otro hotel?; ¿y si tan sólo se fueran juntas para ahorrar nafta?.
La hora es llegada y el baile, como la crónica, languidecen. Algunas parejas bailan música lenta, quizás lo más intimista, en un mundo donde las «lentas» pasaron de moda. Como al final de un cumpleaños, los conocidos se despiden y marchan.
Excusar ante el lector, la falta de sexo implícito en la crónica, carece de sentido. La realidad, lo visible, es eso. Lo demás, tal vez pueda saberlo, quien se atreva a dar el siguiente paso. *
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