Segundo episodio de "Corriendo la liebre
En el capítulo anterior dije que no me gusta la caza, deporte del que prácticamente lo desconozco todo, pero supongo que se trata de tener ejercitado el ojo, y poner la bala allí, donde el ojo se puso. Quedó dicho, también, que durante una lejana temporada de turismo coincidente con Semana Santa, caminando por esos campos de Dios y otros pocos, me encontré con una liebre dormida. Dormía acostada, y una patita delantera le servía de apoyo a la cabeza, una cabeza noble, serena, bella. Su respiración era acompasada, y la serenidad de aquel sueño me permitió suponer que no estaba afectada por ninguna pesadilla de las que a nosotros, los hombres, suelen provocarnos agitación, manoteos en el aire, gruñidos, gritos y despertares sudorosos. Nada de eso se apreciaba en la liebre que descansaba, vaya a saber de qué apacibles andanzas, allí, ante mi vista. De pronto, a causa de un ruido que produje con mis torpes pisadas, la liebre se despertó, me vio, y sin detenerse en observarme en detalle, saltó, y se dio a la fuga. Al verla saltar, automáticamente vino a mi memoria el viejo refrán según el cual, donde menos se piensa salta la liebre. En realidad, en ese momento, cuando ella saltó, yo no sabía que estaba donde menos se piensa. Es más, creo que no era un mal sitio para pensar, a tal punto que yo iba ensimismado en múltiples pensamientos cuando ella saltó y partió rauda. Y yo atrás. No me pregunten por qué, no gustándome la caza, salí corriendo detrás de la liebre. No es mi costumbre competir en carreras de velocidad, y menos con obstáculos, que bastante los tenía aquel campo agreste y desprolijo por obra y gracia de la naturaleza, que si la dejan actuar a su capricho, a la naturaleza, digo, se torna intransitable, razón por la que hubo que inventar las palas mecánicas y las aplanadoras.
Heme entonces corriendo tras la liebre que, seguramente por instinto de conservación, ya que no podía tener ninguna referencia sobre mi persona que le permitiera calibrar el daño que yo supuestamente podría inferirle, corre que no se le ven las patas, valga el dicho popular que como casi todos exagera puesto que las patas se le veían perfectamente. También se me veían a mí, pero no había quien lo apreciara pues en ese momento estábamos solos ella y yo, a una considerable distancia los dos debido al pique que la liebre impuso al comienzo de su escape, y con el que me sacó una buena ventaja. Yo, en ese entonces no era lento, pero en pocos instantes la liebre se alejó haciendo inútil, y hasta ridículo, todo intento de mi parte por acortar distancias. Pero de pronto la liebre se detuvo. Fue un instante, pero se detuvo, y miró hacia atrás. Al verla detenida, yo aceleré la marcha, y tal como ella lo había hecho, salté limpiamente cuanto obstáculo se me atravesó en el camino. (Continuará) *
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