Primer capítulo de una larga carrera detrás de la liebre
A mí no me gusta la caza, no me gustan las armas, no me gusta matar. No obstante, en una lejana Semana de Turismo, iba yo por el campo cuando de pronto vi una liebre. Era la primera vez en mi vida que veía una liebre, por lo tanto, para darme cuenta y llegar a la conclusión certera de que aquello era una liebre, tuve que hacerlo por descarte. No era, evidentemente, una perdiz, ni una gallineta, y menos aun una gaviota de las que tantas había visto en mis andanzas por las distintas playas que conforman nuestras costas. No era pájaro ni ave de ninguna especie, ni era puma, ni carpincho, ni reno, ni jabalí. En fin, que si bien es cierto no pasé una lista completa de los animales que aquel no era, descarté a unos cuantos para llegar a decirme, en silencio para no espantarla, y sin lugar a dudas, que estaba frente a una liebre de las que abundan en nuestros campos. Dormía, la liebre. Yo había visto durmiendo viejas del agua, pez de arroyo que suele acercarse y quedarse junto a la orilla entibiada por el sol, dormitando, y tal vez soñando, que no tengo yo a mi alcance ningún texto que me ilustre sobre si sueñan o no sueñan los peces, pero se me ocurre que quien duerme sueña. Había visto dormir perros y gatos, y hasta gallinas con la cabeza bajo el ala, acurrucada la bataraza con ese extraño equilibrio que le permite dormir parada en una palito del gallinero, sin caerse, cosa que el hombre tiene que ser muy ducho para lograrlo sin pegarse un porrazo. Al ver la liebre dormida, se me ocurrió agarrarla y marchar con ella bajo el brazo. De inmediato recordé que no conocía ningún caso de liebre cazada así, con tanta calma y comodidad, aunque había escuchado decir que a la mulita sí, a la mulita se la agarra con la mano si se la toma de frente. Pero ante mí había una liebre dormida, y no una mulita pastando. Sin saber muy bien qué hacer, algo nervioso e indeciso, me le acerqué lentamente. Como ocurre siempre en estos casos de extremado sigilo, al aproximarme a ella pisé una ramita seca. Cruje la rama al quebrarse, se despierta la liebre, me ve, y no sé por qué pero inicia una veloz carrera. Y yo, sin saber tampoco por qué, salgo tras ella. Era una liebre joven, pero yo también lo era. No era liebre yo, pero también era joven. Ella era rápida, pero yo no era lento. Ella tenía el aliciente de saber que traía un hombre atrás, y eso le daba ánimo para correr, en tanto que a mí nadie me perseguía. Esa era una ventaja que me llevaba la liebre; el motivo. (Continuará). *
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