Hoy Juceca

Tener o no tener un caballo

Yo nunca tuve un caballo. La gran mayoría de la gente que conozco, no tuvo, ni tiene, y en muchos casos me atrevería a jurar que nunca han de tener, un caballo. Yo creo que de haber tenido un caballo, mi vida habría sido distinta. No sé si mejor o peor, pero distinta. Muy distinta. La diferencia entre tener y no tener un caballo, es abismal. La persona que tiene un caballo, sabe perfectamente que tiene un caballo y lo cuida, en tanto que la persona que no tiene, no sabe, no piensa, no registra que no tiene un caballo, y por lo tanto no lo cuida. Es de observar, también, que son muchos los que teniendo un caballo dicen «Yo tengo un caballo», en tanto que la gente que no tiene, es muy difícil oírla decir «Yo no tengo un caballo». Así como los primeros se ufanan de tener, pareciera que los segundos se avergüenzan de no tener. El que tiene ostenta, el que no tiene, calla. Esto se podría aplicar a la tenencia de otros animales u objetos, pero permítaseme limitar el tema a los caballos, y no extenderme en apreciaciones que alargarían la cuestión sin agregarle valor alguno. A mí me llevó años tomar conciencia de que no tenía un caballo. Son cosas que a uno no se le ocurren pensarlas. Uno no hace una lista de las cosas que no tiene. Sería, en mi caso, interminable además de inútil. ¿A santo de qué me voy a poner a formar una lista de aquello que no tengo? Salvo que se tratase de algo necesario, sería absurdo hacer una reseña detallada y por orden alfabético de lo que no tengo, como ser: abanico, abrazaderas, abrojos, adoquines, anís, algas, ardillas, y así sucesivamente pasando por caballo, cosa que como ya quedó dicho, no tengo. ¿Qué hice yo para no tener caballo? Nada, absolutamente nada.

¿Qué hice yo para tener caballo? Nada, absolutamente nada. ¿Quiere decir que tener o no tener caballo es independiente de lo que uno haga? No me atrevería a asegurarlo, pero me temo que sí. El hecho concreto e incuestionable, es que no tuve ni tengo caballo. De haber tenido uno, al menos uno, ya que no creo que hubiese llegado a tener una tropilla, y menos aún tropilla de un solo pelo, pude haberme caído del caballo y haberme desnucado. Pudo el caballo haberme pateado y tirado lejos, con graves consecuencias, como ser pérdida de la memoria, en cuyo caso no podría recordar que tuve un caballo y tendría que confiar en quienes me dijesen que mi mal era a causa de la caída de un caballo. Pudo alguien, de haber tenido yo un caballo, habérmelo robado. Al escuchar yo los relinchos y el galope inconfundibles de mi querido caballo, salgo a perseguir al ladrón que huye montado en él, en una camioneta, que tampoco nunca tuve, y me asomo por la ventanilla y le chiflo entre dos dedos. El caballo reconoce mi chiflido, se sienta en los garrones y el ladrón vuela sobre la cabeza del noble equino para ir a caer entre unos cactus. El caballo viene hacia mí, relinchando pero ahora de gozo, le doy unos terrones de azúcar en la palma de la mano, se sube a la camioneta, y regresamos a casa mientras el ladrón clama por alguien que le quite las espinas. A no ser por este último episodio, el del robo y recuperación del caballo, no me parece nada interesante eso de tener un caballo. Por eso es que no tengo. *

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