Las miserias en nombre de la libertad
La realidad, encubierta: intereses económicos y geográficos o derrocar e instaurar gobiernos adecuados a su política.
La primera intervención tras la Segunda Guerra Mundial no se hizo esperar. El mismo 1945, el año en que terminaba la guerra, vio cómo Estados Unidos participaba en la guerra civil china en el intento de frenar al gobierno comunista. Se enfrentaron a los que pocos meses antes fueron sus aliados y no tuvieron ningún tipo de escrúpulo en hacer la guerra a los que antes les ayudaron.
Estos giros radicales de timón, marcados por la fragilidad de la memoria estadounidense, no han sido los únicos a lo largo de la historia. Irán, Afganistán o Irak fueron aliados en determinados momentos y años después pasaron a ser feroces enemigos. El petróleo, intentar dañar a la extinta URSS o provocar un enfrentamiento entre países vecinos con crecientes economías (con el riesgo que esto conllevaba para la preponderancia estadounidense) son los verdaderos motivos de estas participaciones. Estados Unidos demuestra que el aliado de hoy no tiene por qué librarse de su mano militar mañana.
América Latina ha sido moldeada poco a poco por el gigante del Norte. Chile, El Salvador, Guatemala o Brasil fueron escenarios de más intervenciones. Si había que cambiar un gobierno legitimado por las urnas, se cambiaba. Nada ni nadie detiene la máquina de absorción y manipulación estadounidense. El presidente chileno Salvador Allende, elegido por el pueblo en dos elecciones democráticas, fue víctima de ello. Su delito, una ideología considerada peligrosa.
Otro de los países perjudicados por estas acciones militares es Nicaragua. Con la dictadura de la familia Somoza en el poder, los nicagaragüenses decidieron dar un giro a su política. El Frente Sandinista de Liberación Nacional consiguió acceder al poder derrocando la dictadura. Demasiado para el gobierno republicano de Ronald Reagan que financió las «Contras», grupo armado formado por la Guardia Nacional de Somoza y, sabido por todos, la CIA. De hecho, con el dinero procedente de la venta de armas de la agencia estadounidense a Irán en la época del embargo (esta actividad estaba prohibida) se financiaba la contrarrevolución. Incluso el Tribunal Internacional de la Haya sancionó a Estados Unidos por su actitud con Nicaragua. Sirvió para añadir otro incumplimiento internacional a su larga lista.
La ambivalencia de Estados Unidos ante las dictaduras es uno de los rasgos de su política exterior. Por eso el argumento bélico de «liberar Irak», lejos de ser creíble suena cómico. Batista en Cuba, Pinochet en Chile, Fujimori en Perú, Mobutu en Zaire, Marcos en Filipinas, Trujillo en la República Dominicana o Botha en Sudáfrica tienen algo en común: la sombra alargada de Estados Unidos a su favor. Sabemos que el mismo Saddam Hussein recibió su apoyo en las guerras contra Irán.
Estados Unidos ha saciado durante años sus ansias de expansión. Ahora quiere controlar determinadas fuentes energéticas y zonas geográficas. Ya en 1826 Simón Bolívar advertía de lo que podía suceder: «Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar América de miserias en nombre de la libertad». América se ha quedado pequeña, Oriente Medio parece ser su primer objetivo. *
(*) Periodista de la Agencia de Información Solidaria (AIS), España
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