El dueño del mundo
La administración Bush parece haber hallado un método aun más accesible. Se trata de otear el horizonte, si es posible con mirada de halcón, y decir «en tal sitio puede haber armas de destrucción masiva». Y ya está. Se convierte en la dueña del mundo y construye el futuro a medida, como en una sastrería de aquellas.
Terminada la Segunda Guerra Mundial y cuando aún Europa trabajaba por la reconstrucción, el doctor Harrison Brown, autor de «Desafío al futuro del hombre», se preguntó, desde la misma perspectiva filosófica que Bertrand Russell, acerca de lo que vendría. Y postuló que la transición de una vida industrial basada en ricos filones, ya agonizante, hacia otra vida industrial sostenida en filones más pobres crearía una nueva civilización controlada por una autoridad mundial totalitaria. Cincuenta años más tarde, cuando la sociedad industrial que impuso el capitalismo salvaje empobrece rápidamente, y el poder sobre el petróleo y el agua es el objetivo, Estados Unidos ha pasado a ser la prueba incontrovertible de esa conmovedora hipótesis.
Uno podría comparar a Bush, o, mejor dicho, a quienes lo manipulan, con una rana. Como se sabe, la rana, aunque mecánicamente tiene buena vista, en realidad ve de forma muy limitada. Sus ojos perciben todo lo que pasa a su alrededor, pero su sistema nervioso sólo selecciona aquello que está en movimiento. Si una rana está mirando el agua y una mojarrita está nadando, la rana la ve sólo mientras la mojarrita nada. Si se queda quieta un momento, desaparece del mundo de la rana. Siguiendo con este símil, uno podría decir, además, que Saddam Hussein se movió demasiado y por eso ha ocurrido todo.
Pero, a decir verdad, sería apenas un modo meramente irónico de analizar los hechos. Las cosas van por otro lado y su origen es mucho más dramático y perverso.
El gobierno norteamericano ha decidido practicar, pasándose por las entretelas al orden internacional, una suerte de eugenesia planetaria a punta de fusil. Quiere fabricar el mundo que mejor se avenga a sus intereses y conveniencias. O te transformas en lo que yo quiero o te hago papilla, aunque tenga que deshacer hospitales, mercados e iglesias a bombazos; total, después adjudicaré las consecuencias a los «inevitables daños colaterales». Así de sencillo. Basta que en algún lugar haya algo que quiere, o que necesita, o que no le gusta a esa corporación astuta y malevolente de militares y capitalistas, titiritera del muñeco de azul mirada miope, para que se haga realidad semejante lógica. Ayer fue Irak, mañana puede ser Siria, Irán, Cuba o hasta Colombia. ¿Y pasado mañana? Quién sabe. Acaso la llamada «triple frontera» que tenemos ahí nomás. El contrabando de cigarrillos y de whisky, la prostitución o el tráfico de drogas pueden verse, desde el Norte iluminado y tutelar, como una amenaza diabólica. Y los acuíferos del Sur quedan tan cerca…
¿Y el derecho de los pueblos a determinar su propio destino? ¿Y las garantías establecidas por un estadio superior pensado para evitar arbitrariedades? Bien, gracias. El papel que ha desempeñado durante estos meses la Organización de las Naciones Unidas ha sido penoso. Sojuzgada por un poder contra el que ni siquiera ha alzado un dedo, se ha replegado hasta convertirse en una caricatura de sí misma, mal disimulada detrás de la debilidad de los que no osan levantar la voz porque les interesa más su propia supervivencia. ¡Si hasta la Europa de la unidad y de una sola moneda ha dejado ver, detrás del maquillaje imperfecto, las indignas grietas del espíritu egoísta!
Cuando el mundo era bipolar –es decir, estaba dividido por un sutil equilibrio entre dos potencias con parecido poder de destrucción– reinaban la guerra fría, el espionaje y una latente amenaza de holocausto nuclear. Se nos decía que alguien, en cualquier momento, podía apretar el detestable botón rojo y todo se iría al demonio. El yanqui imperialista y el oso soviético cavernario mostraban los dientes y rugían, pero no dejaban de parecerse a aquel compadrito que Celedonio Flores retrató tan fielmente en un breve verso: «Y la bronca después: ¡Salí pa’fuera!/ ¡Yo te voy a enseñar a’tropellarme!/ En tres tiempos peló la fariñera/ mientras dijo en voz baja: ¡Sujetarme!».
No deja de ser terrible la sensación de que antes, en ese contexto que sirvió para que John Le Carré elevara la novela de espionaje a la categoría de arte, estábamos mejor, menos a merced de un final indecoroso, servil, en todo caso porque los totalitarismos eran dos y se neutralizaban. ¿Quién hubiese pensado, años después de la caída del muro de Berlín, que habríamos de recordar con cierta benevolencia desconcertante aquel tiempo del cero a cero, de tablas, de la mutua y eficaz vacunación?
Los países deberían ser como las personas. Uno es civilizado cuando puede construir una hipótesis y, como decía Aldous Huxley, estar preparado para modificarla a medida que aparecen hechos nuevos. No hay que aferrarse a ella a toda costa y martirizar a otros por su causa.
Pero, claro, seamos realistas. Hay pocos países que se parecen a las personas inteligentes y tolerantes que los habitan. *
(*) Periodista
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