"Están matando el futuro"
* Viven en La Esperanza, asentamiento ubicado en el kilómetro 18.800 de Camino Maldonado. Necesitan una escuela, porque no hay ninguna cercana y la población infantil de la zona creció explosivamente. Iniciaron los trámites en 1996 pero aún no recibieron respuesta positiva.
Sabe lo que pasa aquí? Póngalo bien clarito en el diario: están matando el futuro de los chiquilines. No tiene nombre lo que están haciendo. ¿Qué futuro le espera a toda esta gurisada si hasta tiene problemas para ir a la escuela?», dice Hernán Silveira en un bar de la zona.
Silveira, albañil y pintor, relata:
«Yo trabajaba por aquí cuando la gente de La Esperanza empezó a pedir que le hicieran una escuela. Movieron cielo y tierra, hablaron con pila de capos, anduvieron por todos lados. Y lo que pedían era una cosa que se precisa, como es una escuela, y no nada del otro mundo. Creo que en esa época estaba el tal Rama, el de las bandejitas, ¿se acuerda? De eso hace como ocho años, más o menos, pero la escuela si te he visto no me acuerdo. Yo vengo de vez en cuando a visitar a unos amigos y veo que cada vez hay más familias en estos barrios pero la escuela ni miras de hacerla».
A juicio de Silveira, nada justifica que no se haga la escuela:
«Dicen que no hay plata y todo eso, pero yo no me como esa pastilla. Usted ve que los que te dije andan en brutos autos oficiales y ganan mucha guita, así que plata hay. Y aunque no hubiera hay que sacarla de abajo de las piedras porque los chiquilines tienen que aprender para manejarse en la vida. ¿O quieren que no aprendan? Usted pone la tele y ve que todos dicen que la juventud debe estudiar para conseguir trabajo. ¿Y cómo van a estudiar si no hay escuelas suficientes y las que hay en zonas como ésta quedan lejísimo, están hasta el tope y ni tienen bancos? Por eso muchos dejan de ir».
En La Esperanza, el edil zonal Ruben Zeballos, habitante del asentamiento, confirma que la deserción escolar está creciendo explosivamente:
«La escuela más cercana está a dos kilómetros. Hay otra que está a tres. Eso crea graves problemas a las familias que viven aquí. Llevar y traer a los chiquilines todos los días obliga a viajar cuatro o seis kilómetros diarios y origina gastos que la gente, en su gran mayoría desempleada o con ingresos muy bajos, no puede afrontar. Y si los niños van y vienen solos también hay problemas porque tienen que andar por la ruta y eso es peligroso. En estas condiciones, no debe extrañar que muchos dejen de ir a clases. Por eso pedimos que nos hagan una escuela. Si no la hacen, la deserción escolar va a seguir aumentando».
Promesas incumplidas
Sin calles ni saneamiento, La Esperanza es uno de los asentamientos incluidos en el plan gubernamental de mejoras que quedó a medio camino aunque contaba con abundante financiación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
«Hubo muchas promesas, vinieron a hacer muchos estudios y muchas preguntas pero seguimos viviendo en las mismas condiciones, sin calles ni saneamiento», coinciden en afirmar Antonio Puchetta y Gastón De Ogueta.
A esa frustración se agrega lo de la escuela, subraya Silvia Alfonso:
«Hemos trabajado mucho pero hasta el momento no hay solución a la vista. Pese a todo, seguimos adelante y esperamos que las autoridades se sensibilicen y atiendan nuestros reclamos», dice Silvia.
La movilización vecinal por la escuela comenzó en 1996 y desde entonces el problema se agrava sin solución de continuidad:
«Cuando comenzamos a movernos por la escuela teníamos menos población que ahora. Pero en estos momentos hay 200 familias y por lo tanto más niños, lo que hace más difícil la situación. A eso se agrega el hecho de que ahora hay otros asentamientos en la zona. Desde que planteamos el asunto de la escuela, surgieron por lo menos ocho asentamientos más aquí cerca. Todas las familias que viven allí tienen más o menos los mismos problemas que nosotros para mandar a sus hijos a clase. Por eso lo que hemos planteado es la necesidad de que construyan una escuela no sólo para La Esperanza sino para toda esta zona, que cada vez está más poblada».
Según estimaciones moderadas, en La Esperanza y los ocho nuevos asentamientos cercanos viven no menos de 1.500 familias, y esa cifra revela la magnitud que allí está alcanzando la población infantil.
Zeballos y Alfonso destacan que cuando se inició el movimiento por la escuela, un censo demostró que el reclamo era razonable:
«Según los resultados del censo, se justificaba ampliamente la construcción de una nueva escuela. Los números demostraron que la población infantil era muy grande y eso nos dio la razón. Si eso era así hace casi ocho años, no cabe la menor duda de que ahora la escuela es imprescindible porque tenemos muchísima más gente en la zona».
Y agregan:
«Ya disponemos de un predio para la escuela. Es un terreno municipal muy amplio y bien ubicado. Sólo falta que las autoridades den una respuesta positiva a nuestro pedido». *
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