Las grietas de la ONU llegan al FMI
El terremoto que dejó una brecha de difícil reparación en la sede corbusierana de la ONU antes de la invasión de Irak acaba de sacudir las sedes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en Washington. Y el problema no es sólo Irak.
Receloso ante el unilateralismo de los «nuevos halcones» republicanos –apodados «necons»–, el clintoniano presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, ha decidido condicionar cualquier actividad de su banco en Irak a la aprobación de la ONU. «Nosotros no estamos en conflicto con la ONU (…), pero para suministrar ayudas y créditos necesitamos reconocimiento internacional», dijo Wolfensohn. Dentro del banco se extiende la consternación por si la ofensiva estadounidense a la ONU será seguida de un ataque a las instituciones multilaterales en Washington. «Estos americanos son unos putos descontrolados», dijo un portavoz próximo al economista jefe del Banco Mundial, Nick Stern. «El beneplácito de la ONU es aun más importante en Irak que en el caso de Kosovo o Afganistán», dijo Jean-Louis Sarbib, presidente del Banco para Medio Oriente y Ãfrica del Norte, ya que «no había una posición unificada antes de la guerra».
La reacción de Bush
La reacción de la Administración Bush no tardó en producirse. El secretario del Tesoro, John Snow, se mostró «sorprendido y perplejo» ante la negativa del banco a actuar con urgencia en la operación posguerra. El FMI –siempre más sensible que su hermano a las presiones de Estados Unidos– mantuvo un silencio nervioso con llamamientos de su director general, Horst Kohler, «para que se ayude de manera rápida» a Irak.
Las tensiones de la preguerra se han visto exacerbadas en la posguerra por las sospechas de que el arrinconamiento de las Naciones Unidas en Irak responda, en parte, a intereses empresariales. Constructoras con vínculos políticos y financieros a la Administración Bush y al Pentágono como Bechtel, Halliburton y Fluor han recibido –o son candidatos para recibir– contratos para la reconstrucción. Las visitas a Washington de altos funcionarios de los principales aliados de Estados Unidos –la británica Clare Short y el español Juan Costa en representación de sus empresas– no han ayudado a tender puentes con Francia, Rusia y Alemania. Ya se dice abiertamente, sin reparos éticos, que quienes apoyaron a EEUU en hacer la guerra deben compartir el botín. «EEUU, si es posible, debe mirar favorablemente a su socio principal de la coalición», dijo Colin Adams, presidente de la asociación británica de constructores. Las presiones de EEUU en favor de la condonación de la deuda Iraquí más de 380.000 millones de dólares y la devolución de los activos embargados al Estado baasista han levantado más ampollas entre los países acreedores. Rusia –país a la que Irak debe 64.000 millones de dólares– y Francia son los principales acreedores bilaterales. Asesores de la Administración de Bush se han mostrado favorables a la condonación de esta deuda para que «los niños Iraquíes no acaben pagando las fechorías de los gobernantes de sus padres», según dice en un informe el Centro de Estudios Estratégicos de Washington (CISS). Pero Rusia –con enormes problemas de endeudamiento (y pobreza)– tiene que pensar en sus propios hijos y se resistirá a cualquier iniciativa de cancelación de la deuda. Estos problemas podrían ser superados en condiciones normales de cooperación multilateral, asegura Frederick Barton, del CISS, pero la postura unilateralista y para algunos prepotente de Estados Unidos «hará mucho más difícil un acuerdo».
En realidad, la ruptura de relaciones entre EE.UU. y las otras potencias del G-7 va más allá de Bagdad y amenaza más que nunca a instituciones multilaterales como el FMI y el Banco Mundial. «Los gobiernos estadounidenses y de los países europeo tienen perspectivas radicalmente distintas respecto a las formas de gobierno económico global», explicó en una conversación con «La Vanguardia» Barry Eichengreen, ex asesor del FMI y ahora economista de la Universidad de Berkeley en California. Hay discrepancias sobre la organización de los diferentes programas de financiación del FMI con más apoyo desde Europa a las propuestas estatutarias y voluntarias que se discutirán en Washington este fin de semana. Los europeos defienden los actuales mecanismos multilaterales para la ayuda al desarrollo, mientras que Estados Unidos apoya mecanismos bilaterales. «Cualquier reforma requiere un encuentro de posturas, pero la recriminación mutua sobre la política extranjera no lo va a facilitar». Un ejemplo de ello ha sido la muerte silenciosa de la propuesta lanzada hace dos años por la directora del FMI, Ann Krueger, para establecer un nuevo mecanismo para ayudar a países que atraviesan crisis financieras como las que hundieron a México en 1995, los «tigres asiáticos» en 1998 y Argentina en el 2001. Krueger dijo que su propuesta había sufrido alguna modificación. Pero Snow explicó que Estados Unidos había vetado –para la alegría de los bancos de Wall Street– todo menos la tímida medida de involucrar por ley a los tenedores de bonos en las renegociaciones de deuda.
Otra carga para Irak son el 28% de los ingresos por ventas de petróleo, por valor de 10.000 millones de dólares por años y bajo el programa de intercambio de alimentos por crudo de la ONU, y que se han canalizado a las víctimas de la invasión de Kuwait en 1990. Las indemnizaciones correspondientes a empresas aún no se han concretado. Pero una condonación puede convertirse en una caja de Pandora para el G-7 y el fondo en el caso de un país acreedor como Rusia, con problemas propios de endeudamiento (y pobreza) ,mientras que en muchas jóvenes democracias, desde Sudáfrica a Guatemala, los hijos y nietos arrastrarán una deuda no condonada. *
(*) Publicado en La Vanguardia, Barcelona, España
Compartí tu opinión con toda la comunidad