Estamos salvados: se viene la reactivación
Pero en fin, dejemos de lado los refranes –esa especie de enciclopedia del saber popular inspirada en el famoso sentido común que tantas calamidades ha enseñado– y miremos con optimismo el futuro. Abróchense los cinturones que se viene el despegue.
Todos los observadores están contestes en que hemos tocado fondo y que empezamos el lento pero firme camino de la recuperación económica. Sin embargo yo, que soy observador (aunque no uno de esos pitonisos predictores), ya había advertido ese resurgimiento de la actividad, esa reactivación tan anhelada, desde hace ya algún tiempo.
Mientras todos los pesimistas de siempre, los negativos agoreros que se regodean en la pálida seguían vaticinando un futuro negro, los síntomas de la recuperación económica eran clarísimos, por lo menos en uno de los rubros de la actividad mercantil: los remates.
No sé si los lectores se habían dado cuenta, pero desde hace un tiempo los avisos de los martilleros inundan las calles y las ondas radiales y televisivas con sus tentadoras posibilidades de hacer buenos negocios, gangas y pichinchas. Pocas veces se había visto una oferta tan amplia; nunca antes habíamos asistido a una tan alta frecuencia de comercialización de bienes por este singular medio. Cada pocos días, una variadísima y abundante gama de vehículos se pone a la venta al mejor postor; diariamente, nos enteramos de innumerables inmuebles (terrenos, campos, chacras, edificios de todo tipo) que pueden ser adquiridos mediante esa modalidad. ¿No es acaso un síntoma inequívoco de que la economía del país va viento en popa? ¿Quién dijo que la crisis afecta a todos los ámbitos de la actividad cuando hay un negocio floreciente como los remates?
Claro que no faltarán los aguafiestas que verán esta proliferación de los remates como un efecto de la crisis. Probablemente dirán que detrás de cada bien que se remata hay un uruguayo que quedó en bolas; un tipo que con mucho sacrificio accedió a un automóvil, pagó una entrega y con mucha ingenuidad firmó vales y conformes en moneda estadounidense calculando que ésta mantendría su cotización y que su salario aumentaría por IPC por lo que podría hacer frente a las cuotas sin sobresaltos. Este compatriota, al igual que el que tuvo la ilusión de ser propietario de su vivienda y ahora se la rematan, no se percató de que pertenecía a la clase media de un país subdesarrollado y no al primer mundo, como quisieron hacerle creer.
Y por el otro lado –la otra cara de la medalla de este frenesí rematador–, están los vivillos de siempre con algún mango en el bolso. Sin que se les mueva un pelo, se abalanzan como caranchos sobre los despojos patrimoniales de los otros, aprovechándose de su mala pata; de la mala pata de los que se jodieron y de la falta de escrúpulos propia, lo que les permite pagar bastante menos por los bienes que adquieren.
Bueno, no hay de qué asombrarse si tenemos en cuenta que uno de los axiomas del comercio capitalista es comprar al menor precio posible y vender al precio más alto que el mercado esté dispuesto a pagar. Así de sencillo; no hay misterios.
Es esa misma lógica la que lleva a tanta gente a exhibir en la luneta trasera de sus automóviles un llamado a bajar el costo del Estado, «Â¡por favor!» Yo no sé si el Estado uruguayo es más o menos pesado que otros ni sé si es posible achicarlo sin que deje de cumplir sus funciones. Pero me consta que quienes lanzan ese reclamo –los grandes, no los que adhieren irreflexivamente a la consigna– no es que quieran pagar menos: en realidad, no quieren pagar nada.
Son los mismos que reclaman desregulación –o flexibilización– laboral de modo que los asalariados no tengan herramientas para defenderse y que los salarios queden librados a la regulación del mercado, que es como decir que se rijan por la ley de la oferta y la demanda. Y en estos tiempos en que la oferta de mano de obra excede largamente la demanda y –por más que se cumplan los pronósticos de reactivación– no hay demasiadas perspectivas de que la demanda acompase esa oferta creciente, no veo razones para que el mercado decrete aumentos salariales.
Pero a no preocuparse, porque nos quedan los remates donde podremos acceder a una cuatro por cuatro por unos pocos miles de dólares, una bagatela.
O tal vez ofertemos por un loco, un loco de remate.
* Periodista
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