Morir en Bagdad

Nadie los llama pero los norteamericanos van

Cuando el muchacho rubio subió al avión integrando la larga fila de combatientes por la libertad, la novia se quedó llorando. La novia y la madre del muchacho, abrazadas, llorando. El padre no. El padre, serio. Solemne. Con la mano puesta sobre el corazón, el viejo. Sobre la zona del corazón, abierta y firme la mano del viejo, en el lugar del sentimiento, del honor, de la bandera. En los ojos le apareció un brillo, pero se quedó en eso, se aguantó sin parpadear para evitar el desborde de esa lágrima estúpida, maricona. El hijo iba a la guerra, carajo. Se iba a pelear lejos, como él, como el viejo cuando era joven y fue a pelear a Vietnam.

A defender su nación, la que nunca fue agredida pero por las dudas, porque hay que ser prevenido como dice el refrán: «Hombre prevenido vale por dos», y lo que vale para un hombre vale para un país, y más para un país fuerte, sólido, bien armado, un país cojudo carajo. ¿Qué vas a esperar? ¿A que vengan ellos a tirar primero? ¿O acaso se puede descartar que hoy o mañana quieran invadir Estados Unidos e imponer sus bárbaras costumbres, su religión, sus trapos colgantes, sus músicas tribales, su idioma incomprensible, su incapacidad para llevar adelante una vida normal, una vida exitosa?

No señor, van los americanos a Bagdad y se las tiran a ellos, y que revienten, las bombas y ellos, que revienten los iraquíes, los malos, los feos, los mal vestidos, los enemigos. Eso; los enemigos. El mundo está lleno de enemigos. Y hay que ir a buscarlos, salir a cazarlos.

Hace años también debieron viajar muy lejos para cazar vietnamitas. Fueron a liberarlos de los comunistas, de los vietcong. Es verdad que al final tuvieron que salir escapados como bichos colgados de los helicópteros, pero los halcones nunca la dieron por perdida. Y esta guerra de hoy es también aquella, es todas las guerras, carajo. Ahora es Irak el país que reclama el sacrificio, y hay que ir, hay que dejar a la novia y a la madre llorando, y al viejo,  veterano viejo, carajo , emocionado, con una mano en el pecho y la otra haciendo la venia, cuadrado, firme como antes cuando formaba el pelotón, pero al borde de las lágrimas traidoras al ver a su muchacho que va a cumplir con su obligación. Se le humedecen los ojos, al viejo, pero aprieta las mandíbulas y aguanta, y piensa: «!Ese es mi muchacho, carajo!».

Así son ellos, los norteamericanos. Nadie los llamó, pero ellos van. Nunca los llamaron, pero siempre fueron. A Guatemala, a Cuba, a Corea, a Panamá, a Vietnam, a matar adonde sea. Si da la casualidad que hay petróleo como en Afganistán, mejor que mejor.

Es un aliciente. Y casi siempre da la casualidad. Ahí va el muchacho, con los ojos llenos de arena, avanzando entre las nuevas ruinas milenarias, matando lo que sea porque el padre le dijo: «No te confíes nunca, yo ya pasé por eso y aquí me ves, matá muchacho, matá sin preguntar, que el que tira primero tira dos veces».

La madre y la novia, que lo vieron partir, sonriente, saludando con ese gesto juvenil, casi infantil, viven con el temor de la llamada telefónica, el telegrama, el oficial uniformado que toca el timbre de puerta, la mala noticia.

Otras madres, otras novias, otros hijos de otro idioma se desangran entre los escombros, pero eso es allá, muy lejos, en Irak, donde el muchacho rubio avanza y mata. Va muerto de miedo porque sabe que una bala lo está buscando, pero avanza y mata. Mata sin preguntar, como le aconsejó papá, carajo. *

(*) Humorista

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