Hoy Juceca

Bush impulsa la quema de su bandera en el mundo

El único país del mundo que en su historia arrojó la bomba atómica está preocupado ahora de que alguien que no le cae bien, la tenga. Su presidente, George Bush hijo de George Bush padre, hace relampaguear sus ojitos con el brillo de la locura. Quiere embarcar al mundo en una guerra contra los malos, eligiendo a los buenos entre aquellos que digan yes a su palabra mortal. Y la cosa, lentamente, va calando en algunos sectores, mientras otros se levantan en protesta contra ese dislate que Bush nos quiere plantear como inevitable, necesario y saludable. Y los medios en su mayoría adhieren. Es increíble, pero en el cine, los norteamericanos siguen ganando la guerra de Vietnam que jamás se han resignado a perder. Salvo honrosas excepciones, las películas bélicas norteamericanas siguen mostrando lo mismo que lo que mostraban respecto a la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes y los japoneses eran todos idiotas, perversos, desalmados, feos, ordinarios e ignorantes. Y ellos eran, y siguen siendo, los bellos, los inteligentes, sabios, ingeniosos, simpáticos que da miedo, elegantes que matan, y vivos que no hay quienes los iguale. Y ganadores. Ponen siempre la bandera a la vista. No existe otra bandera tan reconocida ni reconocible que la de ellos.

Más que una bandera, es una marca registrada. Un sello. Su capacidad de absorber el odio que generan en distintas partes del mundo es tal, que mucha gente se ha cansado de quemar banderas norteamericanas. Es más: según algunas investigaciones realizadas por el autor de esta nota y sus colaboradores en materia internacional, parece que los fabricantes de banderas norteamericanas suelen promover el descontento en determinados grupos proclives, para que efectúen la dichosa quema. Situaciones que hubieran sido resueltas con la rotura de algún vidrio y el vuelco de un par de automóviles, han sido conducidas por tales industriales para que desembocaran en la quema de varias banderas. Bush es, según los especialistas en dicho género, un socio promotor de tales disturbios. La industria de las banderas ha contratado técnicos para que los instruyan acerca de los mejores resultados que se puedan obtener. No ha escapado al ojo avizor del fabricante que en algunos actos los manifestantes tienen dificultades para que la bandera norteamericana sea envuelta por las llamas. Esto se pudo apreciar recientemente por televisión, cuando junto con la foto de Bush se intentaba quemar cuatro banderas a un tiempo y demoraban en arder. Tales demoras, según los psicólogos contratados por la fábrica, producen un desaliento, un decaimiento en el manifestante, cercano a la frustración. Por lo tanto, se estudia la fabricación de banderas norteamericanas con materiales altamente inflamables, y no se descarta, por parte de la industria, crear un sistema mediante el cual, antes de arder totalmente, salgan por cada una de sus estrellas fogonazos y explosiones que hagan más atractivo el acto de la quema, y que provoque en el quemador una mayor sensación de destrucción del imperialismo.

Por algo, en el propio Estados Unidos de Norteamérica, quemar la bandera norteamericana no es un delito. Un buen negocio, se impone, se difunde y se llena de guita, si predica con el ejemplo. Que al final de cuentas, de eso, y no de otra cosa se trata, tanto en la guerra como en la paz. Nosotros, entre tanto, preferimos no hacer bandera. Tranquilo el perro. *

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