El saber no ocupa lugar, pero hay que ubicarlo en el estante de la humildad
Sólo sé que no sé nada», es el dicho más conocido porque lo dijo un griego de la antigüedad que creía que no saber nada y exponerlo públicamente, era una forma de la sabiduría, cuando en realidad no era, ni es, más que un contrasentido destinado a confundir a la inocente juventud desprevenida, y a fomentar la ignorancia permitiendo, a muchos decir muy sueltos de cuerpo y carentes de conocimientos: «Saber, lo que se dice saber, nadie sabe nada de nada». A mí me gusta más aquel que dice: «El que sabe, sabe, y el que no, pregunta», o también: «El que sabe, sabe, y el que no, paga», o por último: «El que sabe, sabe, y el que no, es jefe». Esta última, en pleno ejercicio del derecho a la defensa de la futura publicación de mis notas, la rechazo por incierta e irrespetuosa con los superiores que, si bien pueden no saber lo suficiente como para estar donde están, lo hacen bastante bien y ya tendrán tiempo de mejorar, que para eso está el tiempo y la tolerancia. Retomando las primeras palabras que, naturalmente, y por ser primeras anteceden a estas, reitero mi fastidio ante los sabihondos, los que no hay tema que no dominen, ni afirmación que uno haga que ellos no cuestionen. Hace unos días, sin ir más lejos ya que de hacerlo me pasaría al día anterior al que quiero señalar, en el café y bar al que suelo concurrir en solitario a beber un café y leer el diario sin meterme con nadie ni permitir que conmigo se lo haga, y me vi envuelto en una controversia que, por no buscada, me recordó aquella frase de Picasso cuando hablando de su pintura dijo: «Yo no busco, encuentro». El hecho en sí, sobrevino debido a la catástrofe sufrida por las costas de Galicia, a causa del hundimiento y partición al medio de un buque petrolero. El mozo, español él, comentó al caso con el natural dolor y la justificada bronca de quien desde tan lejos no puede hacer nada por ayudar a superar aquello, y un señor, que suele ir y al que yo no doy ningún tipo de pelota, opinó que no era para tanto y que esas cosas ocurren y que son inevitables en un mundo donde el petróleo va y viene. Dijo saber, y dio cifras, tonelajes, pozos y extracciones, precios por barriles y mil detalles más que no le iban al dolor del mozo y sus razones. Entonces, el mozo, recordó que yo terminaba de hacer un viaje a España, y me puso como testigo del drama gallego. Y yo, vanidad de vanidades, entré. Dije que modestamente sí, yo había estado, y si bien desconocía los precios por barril y las profundidades en que se encontraba el buque y su discutible bandera, entendía que aquel chapapote contra el que luchaban los gallegos, no era más que otro de los crímenes que, a causa del afán de poseer el petróleo, se estaban cometiendo, y que el peor era la amenaza de Bush contra Irak. El sabihondo se encrespó y me habló del milagro de la reproducción de los peces, la recuperación en pocos años de las aves marinas, y yo le zampé otra vez lo del chapapote que es como un asfalto que se forma entre el petróleo y la arena de las playas. Ahí el tipo trastabilló y yo avancé y lo fulminé al decirle que yo había colaborado, en forma solidaria y desinteresada, con la limpieza de aquellas costas. Fue un momento sublime. El mozo me abrazó entra lágrimas saladas por la morriña, en tanto que el sabihondo, vencido, desvió el tema hacia la posición del Coruña en la tabla del fútbol español. Luego, el mozo, en un aparte, me preguntó cómo había sido mi experiencia solidaria, y le expliqué. Yo no tenía mucho tiempo para quedarme en España luchando contra el chapapote, por lo cual me traje una piedra de la costa impregnada en petróleo, de kilo y medio para no pagar sobrepeso en el aeropuerto, y la estoy limpiando en casa. Cuando la tenga limpita la envío con un amigo que suele viajar. Le prometí al mozo que antes de enviarla se la voy a mostrar. Quedó encantado y me sirvió la de la casa. En estas situaciones, es como todo; hay que saber. *
* Humorista
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