Hoy Juceca

Los aprontes de Bush, ese veleta

A mí los que me revientan son los tipos indecisos, los veletas, los que hoy una cosa y mañana la otra y pasado vaya Dios a saber qué. Los inconstantes, ¿me comprendés?, los incapaces de mantener un punto de mira, una opinión. Con tipos así nunca sabés a qué atenerte. Que voy, que no voy, que la quiero, que no la quiero, que la odio hoy pero mañana no tanto, que la mato, que no la mato. No podés vivir con gente imprevisible, porque al levantarte nunca sabés con qué te podés encontrar. Mi tío Alberto era así.

Estuvo cinco años de novio, y que me caso, que no me caso, que soltero soy feliz, que necesito compañera, que pitos y que flautas, al final se casó, pero con la prima de la novia, y después la engañaba con la prima, es decir, con la que había sido novia cinco años.

¡Andá a tomarle atadero a un tipo así! Había practicado el fútbol, y era bueno, pero al llegar con la pelota al arco contrario nunca sabía si patear o pasarla, y ahí se quedaba amagando hasta que se la quitaban en medio de una rechifla atronadora. Estudió medicina, pero la primera vez que vio a un herido con un culo de botella clavado en el pecho, se desmayó. No bien volvió en sí, se puso a estudiar abogacía y se vino a vivir a casa, porque era hermano de mi vieja, el tío Alberto, pero se hizo flor de reaccionario y eran puras peloteras con mi viejo, que era medio bolche. Hasta que un día apareció hecho anarco, y al mes cambió de idea y dejó la abogacía para estudiar de cura, y denunciado por una monja por acoso sexual con agravante de presencia divina junto al altar, fue dado de baja para nuevo bochorno del Vaticano con desmejoramiento de salud de Su Santidad. Que después la monja se arrepintió, dejó los hábitos y salió a buscarlo por los cafetines del Puerto, y allí averiguó que se había embarcado en un ballenero noruego. En tanto ella, para olvidarlo, daba clases de catecismo en las más desdeñables tabernas, el tío Alberto, a bordo del ballenero, quiso crear un movimiento en contra de la caza de las ballenas.

Cuando lo estaban por colgar de los garfios, fue rescatado por un bote ecologista cuyos tripulantes al rato lo tiraron al agua por encontrarlo pescando a popa. El tío Alberto tenía esas cosas, pero el tío Sam, encarnado por George Bush, es un caso aparte. Se dispersa. Se calienta con uno, y cuando sale a cazarlo le chiflan de allá y se da vuelta y entra a perseguir a otro. Así no es vida. Se calcula que en el Golfo Pérsico hay unos ciento cincuenta mil soldados norteamericanos aglomerados en barcos, tanques y cuarteles. Yo no quiero ni pensar, y menos hacer números, sobre lo que debe costar por día mantener a esa gente fuera de casa. Téngase en cuenta que a cada uno de ellos hay que vestirlo, darle de comer tres veces al día, facilitarle tabaco, champú, drogas, pasta dental, peluquero, teléfono celular para llamar a la familia y mil cosas más. No olvidemos que se trata del ejército del país más poderoso y rico del mundo. No es cuestión de que otros soldados de otros ejércitos se burlen de ellos porque les está faltando talco para los pies, por ejemplo, o postre. Y además, hay que tenerlos alegres para que no los gane el nerviosismo mientras esperan que les den la orden de empezar a matar. Porque no se olviden, chicos, que a eso vinimos, a matar. Y que no salgan ahora los inspectores de la ONU con que no hay pruebas contra Irak, porque una movilización de éstas no se puede hacer al pedo. Salvo que Bush, ese nariz de veleta, mañana huela petróleo en otro lado y se le cambie el antojo.

Porque el petróleo tiene eso: lo vuelve loco, pobre. *

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