La Columna Amarilla

Diálogo vallado

–Buenas tardes, ¿aquí es donde uno puede entrar?

–Según.

–¿Según qué?

–Según para qué quiera entrar: si usted quiere entrar para lavar dinero proveniente de la corrupción o del narcotráfico, entonces puede.

Si es para jugarse en tres bolas de la ruleta lo que no le aumentó el sueldo a los cien obreros de su fábrica por culpa de la recesión, la inflación y la reputa-ción, entonces puede.

Si es para mostrar el culo en la playa y exponerlo a las cámaras de televisión para que realicen esos inteligentes y entretenidísimos programas sobre la parte de atrás del verano, entonces puede.

Si es para ver y ser visto, actividad fundamental y casi única de este lugar, o es lo suficientemente pobre en su riqueza que necesita llenar su auto de calcomanías que demuestren que usted estuvo aquí aunque no lo haya visto y no haya podido ver, entonces puede.

Si usted quiere entrar para que su hija actúe como una prostituta pero sin cobrar como tal, entonces puede.

Si es para cholulear con todos los ídolos de morondanga y de mierdanga que vienen para que los demás puedan cholulear con ellos, así ellos cholulean con los dos o tres ídolos más o menos de verdad que pasan por aquí aunque sea por equivocación, entonces puede.

Si es para lamerle las botas, los zapatos, las medias y cualquier otra prolongación de los usuarios de «la estética del poder», esos que son expertos lamedores de botas, zapatos, medias y otras prolongaciones de los que están «muy cerca» del poder, pero que en realidad nunca van a poder, entonces puede.

Si usted quiere entrar sin que lo revisen porque viene a matarnos el hambre, entonces puede.

–Pero yo sólo quería entrar para poner esta rosa roja en el monumento a Artigas.

–Entonces usted es un desubicado y para peor es uruguayo; por lo tanto, no puede. *

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