La verdad del elefante
Hay un viejo cuento oriental que vale la pena recordar. Cuatro ciegos se reúnen en torno a un elefante. Uno le rodea una pata con los brazos y dice que es un árbol; otro se recuesta al animal y dice que es una pared; el tercero lo agarra de la trompa y dice que es una cuerda; y el último, asiéndolo de un colmillo, dice que es una caña de pescar. Sin embargo, ni por un segundo ha dejado de ser un elefante.
Si se me tolera la licencia, algo así ha ocurrido con el ejercicio de la medicina en Uruguay. La especialización convirtió a los médicos en ciegos que nunca ven al paciente en su totalidad. Aquel clínico de antaño, lleno de experiencia, sensibilidad y sentido común, que se ocupaba de cada persona –y de cada integrante de una familia y, en ocasiones, de varias familias a la vez– no existe desde hace mucho tiempo.
A ese clínico pretenden resucitar ahora, llamándolo «médico de familia», como centro primordial de un nuevo sistema de salud. Parece haber hecho carne la certeza de que la atención de la salud es cara debido a que desatiende la prevención. Y suponen que un cambio de criterio abaratará todo el sistema.
La idea es atractiva, quizás porque ha sido descrita con excesiva sencillez: atender a la gente antes, disminuir el riesgo de que se enferme y reducir la apelación a los profesionales, las tecnologías y las medicinas más caros, sólo imprescindibles cuando el individuo ya está padeciendo una patología severa.
No es tan sencillo.
Comencemos, lector, por la especialización. Como postulaba Huxley en «La situación humana», los avances desarrollados con gran rapidez durante las últimas décadas han hecho a la ciencia cada vez más compleja. Y cualquier tipo de conocimiento superior requiere especialización. Claro que el autor de «Un mundo feliz», un racionalista escéptico, solía añadir: «Pero si la especialización es absolutamente necesaria, puede llegar a ser, si se lleva al extremo, absolutamente perjudicial». Y luego: «El problema que plantea todo conocimiento especializado es que consiste en una organizada serie de celibatos. Los diferentes temas viven en sus respectivas celdas monásticas, separados unos de otros, y no se casan entre ellos ni engendran los hijos que debe engendrar».
He ahí al gran sabañón. Un paciente es, en estos tiempos de infarto, rehén del especialista. Para una afección, que vaya al cardiólogo; para otra, al urólogo; y para unas más –porque le sobran, pobre tipo– al oftalmólogo, al reumatólogo, al neurólogo y a tantos otros cuyo nombre y horarios figuran en el boletín de cualquier mutualista.
Al elefante, en su integridad, ¿quién lo ve?
Este inexorable proceso, impelido, vuelvo a decir, por el veloz y enorme progreso científico, ha creado unos médicos célibes que se ocupan sólo de su monogamia, que han ascendido en la sociedad cual profetas del nuevo siglo, que en muchos casos se han enriquecido legítimamente y que, sobre todo, han borrado al antiguo «dotor» que sabía de todo un poco y eso le bastaba para hacer la mejor asistencia primaria de la salud que conoció este país.
Ciertamente, es buen propósito regresar al concepto de prevención. Es probable que por ese camino se comiencen a sanear los sistemas de salud, mutual y público, discurriendo hacia un fin más sensato y equitativo. No obstante, me domina una molesta perplejidad cuando veo que cunde la alegría apenas se han oído unos meros enunciados y se ha aludido a unos supuestos consensos.
Cuando se dice, por ejemplo, que el «nuevo modelo asistencial» –más barato, más justo y, por tanto, más democrático– se alcanzará atendiendo a la persona en su casa (¡), cambiándole sus hábitos alimenticios, sacándole su sedentarismo y haciéndole diagnósticos precoces, siento que alguien, seguramente sin intención y con virtuosa ingenuidad, está perpetrando una simplificación que espanta.
Una nueva generación de clínicos es tarea de décadas; mucho habría que preguntarle al respecto a la Facultad de Medicina: nuevos programas, tal vez diferente extensión de la carrera, necesidades presupuestales, etcétera. Organizar y hacer eficiente la medicina de familia puede ser más difícil que administrar sanatorios privados u hospitales del Estado; mucho habría que preguntarle al respecto a las sociedades mutuales y al Ministerio de Salud Pública: coordinación de planes, acceso sin distinciones a infraestructura, técnicas y medicinas, política general de remuneraciones que evite las injusticias y el empleo múltiple, etcétera. Y qué decir del «diagnóstico precoz», ideal huidizo de la medicina nacional; mucho habría que preguntarle al respecto a cada uno de los profesionales: mejor formación, trato más humanista, disponibilidad de tiempo, etcétera.
Por otra parte, ¿acaso se está afirmando que sobran especialistas? Si así fuera, ¿adónde irían a parar los excedentes? Y volviendo al incómodo asunto de la formación, ¿asistiremos, al fin, a una especie de control corporativo que regule quiénes van y a hacer qué cosa a la Facultad?
Bacon profesaba hostilidad a los pensadores griegos por su petulancia, ya que, según él, se jactaban de hacer afirmaciones acerca del universo sin asumir la tarea de averiguar cómo eran los hechos. Es decir, la realidad. Alguien podría acusarlo de desproporcionado. Pero no olvidemos que detrás de su tajante afirmación respira una verdad probada: sin humildad no hay éxito posible de cualquier conocimiento aplicado.
Vale la pena celebrar la búsqueda en la que coinciden el ministro de Salud Pública, las mutualistas y el Sindicato Médico del Uruguay. Y sería inapropiado negar que han hecho un pequeño avance. Sólo que es necesario no perder de vista lo árido e intrincado del camino que han empezado a andar.
Hay que persistir en el esfuerzo y tener paciencia. Tanta como la de San Dunstand, monje benedictino, consejero de Edmundo I. Oraba una vez frente a una gruta, extático, con los brazos abiertos. Un pájaro puso un huevo en una de sus manos. El siguió inmóvil hasta que del huevo salió el pichón. Recién entonces bajó los brazos.
Y hay que recordar que el elefante es un elefante, no un árbol, ni una pared, ni una cuerda, ni una caña de pescar. *
(*) Periodista
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