Agua peligrosa en los techos de miles de hogares uruguayos
Desde que comenzaron a llegar productos químicos a nuestro país en tarrinas plásticas, dejando atrás los toneles metálicos, su presencia se ha multiplicado. A la hora de su deposición final, Uruguay carece de una legislación adecuada. Mientras Argentina y Brasil buscaron desde la aparición de estos contenedores evitar que se convirtieran en contaminantes de riesgo, nada pasa en nuestro medio.
Peor aún, una suerte de mercado informal comenzó a vender estos envases sin que existiera control alguno sobre el destino que los adquirentes les darían. En los primeros tiempos, y a sabiendas de que contenían originalmente productos químicos, su destino fue convertirse en depósitos para combustibles u otros líquidos de riesgo.
Con el tiempo la precaución, más de origen popular que por la existencia de advertencia oficial alguna, cayó en desuso. La multiplicación de los barrios marginales trajo aparejada la urgente necesidad de distintos implementos imprescindibles para la subsistencia. Uno de ellos fue el de los recipientes destinados al almacenamiento de agua potable, tanto para transportarla a los asentamientos adonde el suministro no llega como para un uso mucho más generalizado como es su almacenamiento. Esto llevó a generalizar la utilización de estas tarrinas de plástico duro. Desde las más pequeñas, de doscientos litros de capacidad, hasta las gigantes de dos mil litros fueron usadas en casas particulares. Principalmente las de doscientos litros llevaron como destino convertirse en tanque para agua en las viviendas precarias.
La falta de una política ambiental adecuada llevó a que la comercialización de las tarrinas careciera de limitaciones. La diferencia de precio con respecto a los tanques tradicionales hizo el resto: hoy es frecuente que las viviendas de clase media en zonas balnearias y en barrios modestos cuenten con estas tarrinas para albergar el agua que usan constantemente, o, peor aún, que sirvan como depósito durante meses a la espera de que un corte de energía impida actuar a las bombas que succionan del subsuelo. Los especialistas coinciden en que, si hay riesgo de que el agua depositada en estos tanques pueda devenir nociva, cuanto más tiempo permanezca en el recipiente mayores serán las posibilidades de que su composición química empeore.
Una visión del Estado
«Para marzo de este año esperamos que esté pronta la propuesta técnica mediante la cual todo generador de residuos sólidos industriales va a quedar obligado a tener su plan de gestión. Con esto se va a ordenar a nivel nacional el problema de los residuos de esta índole y, en particular, el tema de los envases de productos químicos», afirmó Marisol Mayo, directora de la División Control Ambiental del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (Mvotma). La ingeniera química reconoció que hay «una especie de mercado no tradicional en torno a estos envases. La responsabilidad está centrada en el industrial, a quien le entregue sus envases vacíos y las condiciones en que los entreguen».
Apuntó sin embargo que la mayoría de los industriales con los que está trabajando la Dirección Nacional de Medio Ambiente tienen el cuidado de lavar los envases.
«El problema son esos centros de recogida de envases y cuál es el destino final que se les dé. Evidentemente el uso final no debe ser albergar agua para el consumo final humano. Se supone que son empleadas para el re uso de otros productos químicos», apuntó la especialista. Remarcó que la obligatoriedad de los planes de gestión ambiental implican el control de estos envases, lo que podría estar operando antes de concluir el presente año.
La normativa, pendiente de aprobación, establece la eliminación de los contenedores de algunos productos y detalla las especificaciones imprescindibles de higiene para otros en cuestión.
«El sistema no es general: es algo específico para los envases de cada producto químico; depende de lo que haya contenido el destino que pueda tener», concluyó la técnica.
Salud en juego
Las referencias clínicas a los problemas derivados de la contaminación del agua ocupan bibliotecas. Respecto de los contenedores de productos químicos existe un criterio médico uniforme derivado de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud: aquello que haya sido depósito de productos químicos, orgánicos o inorgánicos, incompatibles con la salud humana no deben ser empleados en ningún caso como depósitos de agua para consumo.
Las consecuencias dependen tanto del producto en cuestión como de la concentración del mismo, la temperatura a que está expuesto el contenedor, las características incluso del agua depositada, así como del plástico del que esté hecho el recipiente.
Tantas características diferenciales hacen imposible su detalle para cada caso, aunque la coincidencia es definitiva: no deben ser usados para almacenar agua destinada al consumo. Aun cuando en la mayoría de los casos las consecuencias inmediatas en la salud humana puedan no ser inmediatamente percibidas por los afectados, pueden aparejar a mediano y largo plazo concentraciones de elementos en el organismo que degeneren incluso en patologías terminales.*
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