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El amor romántico perjudica seriamente la igualdad

El amor romántico es una utopía colectiva, una condensación de mitos en cuya cúspide se sitúa el mito de la heterosexualidad. Este mito supone que lo normal y lo natural es que las relaciones afectivas eróticas se den entre hombres y mujeres; por eso todos aquellos y aquellas que se desvían de esta norma son consideradas anormales, y por eso nuestra cultura, nuestra moral, nuestras leyes siguen condenando, en diversos grados, el lesbianismo, la homosexualidad y la bisexualidad. También las personas intersexuales o transexuales son apartadas de las representaciones amorosas de nuestra cultura, porque no pertenecen claramente a un bando u otro. En algunas sociedades se les discrimina socialmente, en otras se les mata a pedradas.

El amor romántico siempre acaba en boda, pero nunca se nos cuenta cómo está Blancanieves después de veinte años de matrimonio y con cinco hijos. Para mantener el sueño del amor como la esencia de la armonía la felicidad, es necesario acabar las historias de amor con la celebración del matrimonio; de este modo el mito permanece siempre puro e incorruptible ante el paso del  tiempo y ante la desigualdad de los roles dentro de la pareja.

El amor romántico perpetúa esta desigualdad  porque sigue representando a los hombres como príncipes azules activos, fuertes, protectores,  y a las mujeres como princesas débiles, sensibles, y desprotegidas. A las mujeres se nos educa para el amor, para que deseemos ser amadas por encima de cualquier cosa, para que se nos meta en la cabeza la idea de que solas no somos nada. Por ello se dice que el día de la boda es el más importante en la vida de las mujeres, que si no logran marido parecen no triunfar socialmente. A los hombres en cambio se les mutila emocionalmente para que no muestren sus sentimientos en público, para que disfruten de su libertad y huyan de las mujeres hasta que no les quede más remedio que asentar la cabeza y formar una familia.

El peligro de este modelo romántico está en  los hombres que asumen sus privilegios de género dentro de la pareja y que someten a sus compañeras a diversas humillaciones, tantos físicas como verbales. El maltrato que soportan las mujeres es mayor cuanto mayor es la dependencia afectiva y económica, y cuanto mayor es su capacidad de autosacrificio en pro de la armonía y felicidad del marido y los hijos. Se casan pensando que serán felices y comerán perdices, pero pronto tendrán que asumir su doble explotación (laboral y doméstica), y su papel de criadas del hogar no les deja mucho margen para dedicarse a sí mismas. De este modo, y siempre en nombre del amor como un sacramento en sus vidas, las mujeres son educadas para soportar no solo la carga de trabajo, sino también para que sean sumisas, obedientes, fieles al marido, lo que descompensa totalmente el amor como un espacio de intercambio recíproco de cuidados y cariño.

Si bien socialmente esta división de roles dentro de la pareja amorosa va cambiando paulatinamente, gracias al avance del feminismo y a  las políticas y las leyes de igualdad, los cuentos que nos cuentan siguen siendo los mismos. Películas, canciones, novelas, series de televisión, siguen repitiendo hasta la saciedad el mismo modelo de dependencia amorosa heterosexual, dual, monogámica, como la quintaesencia de la felicidad. Por eso es necesario inventar otros cuentos, desmitificar el modelo tradicional basado en la posesión y el binomio dominador-dominada, inventarse otras formas de relacionarse, y abrir el abanico de posibilidades afectivas, sexuales y amorosas hasta el infinito.

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