Hoy Juceca
Escribe: Julio Cesar Castro
Nunca me dio por dejarles, a los Reyes Magos, pasto y una latita con agua para los camellos, porque era chico pero no tan bobo como para no saber que los camellos no comen pasto ni toman agua, porque están acostumbrados a los desiertos donde todo es arena y no crece un yuyo ni corre un arroyito cantarín como en los campos de mi patria querida, donde retozan los potrillos y las vacas mastican su interminable chicle con esa tristeza en la mirada que a mí siempre me dio que pensar respecto a los presentimientos del animalito sobre su destino fatal en medio de una población humana tan carnívora como es la nuestra, gracias a Dios, a Hernandarias y a los Bordaberry que siempre se ocuparon de que no nos faltara, que si algo hay que reconocerles, tanto a uno como a los otros, y sin ánimo de emparejar, es eso. La cosa era que pasaban los años y minga de ferrocarril y minga de monopatín ni triciclo, y yo me hacía grande y me dejaban pelotas de fútbol y jueguitos de carpintero, y una vez me dejaron una escopeta que disparaba un tapón de corcho atado a un hilo que iba como a un metro de distancia, o más, y hacia ¡plup! La escopeta vaya y pase, pero el jueguito de carpintero siempre me pareció un bochorno porque yo tenía como catorce años y los demás muchachos se mofaban. Creo que fue por ahí cuando me avivé de que a mi hermana le dejaban muñecas y jueguitos de té, que era otra cosa ridícula, pero que le iba bien a mi hermana porque ella hacía como que era grande y jugaba con sus amigas que también eran medias pazguatas. Cuando supe que los Reyes eran los padres, fue un desencanto porque yo podía pensar que los Reyes Magos eran medios imbéciles, pero de mi viejo no podía pensar eso porque era el mejor de todos, el más vivo y con unos músculos así porque laburaba en la construcción, tanto que él mismo hizo el aljibe de casa antes de que yo naciera, que a veces bajábamos a limpiarlo y me daba impresión porque uno hablaba y retumbaba. La cosa fue que un buen día escuché decir que a los varones hay que darles juguetes de varones, como ser martillos y escopetas para prepararlos para la guerra y el trabajo bruto, y a las mujeres muñecos y muñequitas para vestir, cosa de que se vayan haciendo a la idea de la maternidad que para esos están los unos y las otras. Si los juguetes fueran dados al revés, se correría el peligro de que la mujer saliera carpintero y el varón fuera madre. Ahora bien: los muñecos y muñecas hablaban, decían «mamá» o lloraban, según la posición en que las ubicara porque la voz les salía de la barriga, como a los ventrílocuos que uno no sabe si habla el tipo o el muñeco, y las nenas hacían como que era de verdad. ¿Pero qué está ocurriendo en la actualidad, ahora mismo, en el país más poderoso del planeta? La firma de juguetes Herobuilders está haciendo el gran negocio vendiendo muñequitos con las caras y ropas de políticos, y la gente los compra. ¡La gente grande! ¡La gente grande compra muñecos con la cara y la voz del presidente Bush, y de Bin Laden, y de Hussein! ¡Y la gente compra una camiseta con la imagen de Bin Laden para ponérsela al muñeco Bush, y viceversa! Entonces yo digo: cuando los juguetes de mi niñez yo era medio abombado y mi hermana media pazguata, pero éramos botijas y hace años, y no éramos el país más poderoso ni adelantado del mundo. ¡Entonces qué pasa? ¿Será que tanto poderío te carcome el marote y te retrograda la lucidez mental? Para mejor, la firma señala con orgullo: «Son hechos y pintados a mano en Estados Unidos, con esfuerzo». ¿No te da un poco de miedo? A mí sí. *
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