Cuando el hambre acecha

No quise entrar en polémica con el joven ejecutivo, ataviado con un vestido de Nino Serruti, corbata Hermes, camisa Ferragamo y zapatos Bali, cuyo costo supera el salario anual que devengan cuatro trabajadores colombianos.

Comprendí rápidamente que desde su posición él nunca entenderá las razones sustanciales para que el presidente del país más populoso de América Latina y, además, el representante de la décima economía más poderosa del mundo, centrara su discurso en anunciar que si al final de su mandato todos los brasileños tuvieran la posibilidad de desayunar, almorzar y cenar habría cumplido la misión de su vida.

Es obvio que miles de dirigentes latinoamericanos tengan la misma percepción que este joven consultor y no encuentren ajustado a la ortodoxia política que él haya dedicado gran parte de su discurso de posesión a tratar el problema del hambre en Brasil, donde cincuenta de los 170 millones de habitantes viven en la más completa miseria y la mayoría morirá buscando un mendrugo.

Los consultores de los grandes gabinetes económicos del continente sólo conocen las cifras del Wall Street y del Financial Times y su contacto con la realidad se basa en el comportamiento de los índices Dow Jones y Nasdaq.

Su limitado escenario no les permite dar un vistazo a los indicadores sociales del Banco Mundial ni a los resultados de las investigaciones de la Comisión Económica para América Latina, que concluyen que la pobreza extrema en la América no anglófona ataca a 220 millones de personas.

Quienes viven en otras órbitas de la realidad, tienen dificultad para entender que Luiz Inácio «Lula» da Silva ganó las elecciones con más votos que Bush en Estados Unidos porque su promesa fue simple: luchar contra el hambre como un «imperativo ético».

Es evidente que en un país donde cuatro de cada diez personas se acuestan días enteros sin pasar bocado, o luchan por lograr un lugar en las canecas de la basura en búsqueda de un residuo alimenticio, una propuesta para derrotar el hambre tenía asegurado mayor éxito frente a discursos centrados en la globalización, la inversión extranjera, el cumplimiento de compromisos con la deuda externa y la preservación de las instituciones democráticas.

Lula supo entender que lo que quería escuchar el grueso de la población era una razón sobre cómo derrotar el hambre y para él no fue difícil lograr conquistar la credibilidad de la mayoría de los ciudadanos en este tema, ya que él mismo sufrió la extrema pobreza de su familia. Los exitosos consejeros económicos que han logrado que el sesenta por ciento de la riqueza latinoamericana esté concentrada en el tres por ciento de la población, se muestran reacios a entender el alcance de frases como la pronunciada por Lula: «Mientras haya un hermano brasileño o una hermana brasileña pasando hambre tendremos motivos de sobra para cubrirnos de vergüenza».

Y es que la vergüenza por la presencia elocuente del hambre no es exclusiva de Brasil, sino que su recorrido ya cubre toda América Latina y acecha muy de cerca a Estados Unidos. Cuando alguien extravía su camino en medio de las grandes avenidas y los majestuosos edificios, y se adentra en los barrios deprimidos (casi siempre vecinos geográficos de los centros del poder económico) pueden entender la dimensión de la crisis social y la magnitud de la iniquidad que se vive en el continente.

Ya no requerimos ver las dramáticas imágenes de los niños de Somalia y Etiopía para comprender la crueldad del hambre. Simplemente tenemos que dirigir la mirada hacia las esquinas de ciudades como México, Bogotá, Caracas y San Pablo, o ver los reportes televisivos desde Buenos Aires, para encontrar el verdadero sentido de la promesa electoral de Lula. *

(*) Comunicador social y economista. Especializado en Finanzas y Educación ambiental.

 

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