ROBERTO GIORDANO VOLVIO AL HOTEL CONRAD

Desfile sin novedades

En realidad, Roberto Giordano ya no sorprende, si es que alguna vez lo hizo.

Cansa. Abruma con esa voz persistente y monótona.

Cansan los dichos, los furcios: es como estar viendo una pésima película por centésima vez. Puede arrancar una sonrisa irónica cuando resbala hacia el kitsch, como en el comienzo del desfile cuando dijo a la multitud: «Y aquí estamos todos nuevamente esperando la puesta del sol, ese huevo dorado que se funde con el mar». O cuando después del pase de los niños mandó el mensaje en clave tristemente pontificadora: «La avenida de los niños, de la ilusión».

Eso es Roberto Giordano: un individuo que habla y habla y nunca dice nada.

No tiene discurso. O, en todo caso, es el discurso del establishment en su peor versión. Un personaje que podría confundirse con las animaciones del Cartoon-Network. Habla y habla y, por supuesto, posee sus principios de deseo: «En este mundo globalizado, deshumanizado, todos los latinoamericanos tenemos que unirnos para poder crecer». Mirá qué bien. Mientras tanto, por detrás de cada mensaje, de cada pasada de las modelos, factura y factura.

Y seguirá hablando desde el ego: «Ustedes, después del desfile, quédense en el Conrad a jugar en el casino. Van a ganarse todo porque yo doy suerte». Y la perla de la noche: «Pido aplausos para el presidente Batlle» y, a decir verdad, fueron mínimos o nimios. Ni se notaron. Apuntó, con un antojo de seriedad: «Aquí no hay frivolidad, aquí hay trabajo». También estuvo el intento de generarse adhesión: «Yo me siento de aquí, del Uruguay. Tomo mate». Carcajadas a granel y uno se pregunta ¿Quién le escribe el guión a Giordano? Después la opulencia, la ostentación. Como descender de un Mustang descapotable y tratar de sentirse el rey de la velada. Luego ocurrió con la acrílica Graciela Alfano, quien bajó de una limusina y se deslizó por la pasarela mientras los flashes de los fotógrafos la acribillaron. Un tercer automóvil fue para presentar su descubrimiento: una atractiva chica uruguaya que, según contó el peluquero, descubrió en la playa. Juana Grubel desfiló y luego se juntó con la dupla Giordano-Teté Coustarot (siempre sobria en sus ingresos orales, esto es, como locutora) para agradecer lo que llamó la oportunidad de su vida.

Después, el desfile. Las bellas barbies yendo y viniendo una y otra vez: la espectacular belleza Liz Solari (la hermana del futbolista del Real Madrid), la popularidad innegable de Pampita, Dolores Trull, Nicole Neumann. La más elegante, evidentemente fue Rosana Zarecki, la que mejor transita por una pasarela. La más carnal, Ingrid Grundke. La modelo eterna: Daniela Cardone.

La más anoréxica: Soledad Solaro. Y la baby que no quiere aparentemente crecer y juega a la falsa lolita de Nabokov: Julieta Prandi. También estuvo Dolores Barreiro, quien parece tener todas las intenciones de ocupar el sitio que ha dejado vacante Valeria Mazza (una vez más no estuvo en el desfile), pero no da la talla: tiene un aire ordinary people que le quita, por ejemplo, la sensualidad que posee Liz Solari o la Zarecki. Así fue pasando, por prácticamente dos horas, un desfile sin novedades.

Si esto es cultura, hay que hacer zapping enseguida. Acaso lo mejor fueron los trapos finos de María Pryor y, en el epílogo de estos fuegos artificiales, las prendas siempre arriesgadas, diferentes, del excepcional diseñador estadounidense John Galliano.

Pocas figuras, pocas caras se dieron cita. Toda una señal, por cierto. Patricia Micchio por allá, el cantante Christian Castro por el otro lado y poco más. Del otro lado, Mora Furtado y Ricardo Piñeyro. En fin, poco y nada.

El mundo privado de Roberto Giordano: todo es aparente y fluctuante, evanescente, menos el dinero que gana con un show de escenografía despojadísima –empapelado platinado, en el centro una pantalla de video y la pasarela– y esa sonrisa casi down del anfitrión. Hasta el año que viene. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje