HOY JUCECA

Entre tanta máscara suelta yo quiero ser murguista

Sr. Director de la Murga «Falto y resta»:

Primero que nada, y antes que todo, debo darle las gracias por su gentil invitación a integrar sus huestes para las próximas carnestolendas. No sabe cómo me emocionó, ni cuánto me extrañó. Hace mucho que no era invitado a cantar sobre un escenario. La última vez fue con motivo del cumpleaños de la madre de un amigo que lograba escalar los 80 años sin un reproche ni una queja, como le cuadra a una ancianidad bien llevada, cosa que caracteriza a los orientales que lo heredamos de Artigas y su ejemplar envejecimiento en Paraguay, en la fraterna compañía de su fiel Ansina, a quien solía decirle con tono paternal: «Ansina son las cosas, morocho». En esa feliz oportunidad, que le narro a vuelo de pájaro y sin querer comparar una cosa con la otra porque las comparaciones, por alguna razón que ignoro y que a su debido tiempo he de investigar, siempre fueron odiosas, libamos algunos litros de tinto. El primer trago tuvo algo de buche catador y sin poder yo evitarlo se abrió paso a los codazos para vencer la natural resistencia de mi garganta poco acostumbrada a tan bajas calidades, produciendo, al cabo del tercer vasito de los nombrados litros, una extraña euforia no carente de audacia elevada al grado de peligroso desconocimiento de todo tipo de inhibiciones. A tal punto llegó mi estado, que sin esperar la correspondiente insistencia por parte de los presentes, trepé con la agilidad de un gamo sobre una mesa, con una facilidad asombrosa en alguien que jamás vio a un gamo trepando mesas, y sin decir agua va, pues no iba agua ninguna, me puse a cantar. El primer gesto desaprobatorio estuvo a cargo de las venerables arrugas de la festejada. Su rostro pasaba vertiginosamente del asco al pánico, sus ojos acuosos por los años tomaron un repentino brillo de fiera, en tanto sus manos se crispaban como garras dispuestas al zarpazo sobre el gamo de la mesa. Su desagrado fue tal, que sin el mínimo disimulo ni recato amasó un par de pelotillas con miga de pan, y se los introdujo en los oídos, para luego colocarse un gorro pasamontañas que cubría sus orejas y le daba un toque de viejita rebelde en Chiapas. Todo esto viene a cuento, Sr. Director, porque me imagino que usted me invita a integrar el coro, y yo debo serle sincero: desentono hasta bostezando. No obstante, estoy en perfectas condiciones de efectuar el bonito y olvidado ejercicio de la mímica. Recuerdo que durante mi niñez, como cierre de la actuación de la murga, quedaba sobre el tablado la batería y cuatro o cinco integrantes, y el director gritaba: «Â¡Mímica!», y los tipos empezaban con una contorsiones monstruosas que metían miedo. Y yo en esa estoy, ahí me siento capacitado. Otra que le puedo ofrecer, y que de alguna manera se relaciona con la anterior, es hacer de Jorge Batlle llorando, pero me temo que esa plaza ya la tenga cubierta porque es un cachón para cualquiera. Créame que me gustaría de alma integrar su murga, entre otras cosas porque de repente salen disfrazados con esos trajes de hombreras anchas que a mí, francamente, flaquerón como soy, me gustaría lucir aunque más no fuera durante el reinado del viejo Momo. Como ve, voluntad no me falta, aunque la imagen de la viejita con las orejas tapadas con miga de pan, me persigue implacable, y si tengo que subir a un tablado me acuerdo de aquella mesa que trepé con agilidad de gamo de goma.

Con los agradecimientos del caso, lo saluda con bombos y platillos, un murguero fracasado por culpa de un vino malo.

(*) Humorista.

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