¿No les da vergüenza?
la cabeza de este comportamiento, y con ventaja, va el presidente Batlle; ha llegado a un punto en que nadie entiende de qué ni a quién le habla cuando discursea. Luego viene el ministro Atchugarry, un poco más disimulado, con ese aire de «quién me ha mandado meterme en este despelote»; sonrisa cansina en ristre y decir pausado, trata, sin lograrlo, de dejar contento a todo el mundo. Y ahora ha aparecido –o, mejor dicho, reaparecido– el presidente de Ancap, Jorge Sanguinetti; un hombre que parece destinado a espetarnos las peores cosas con un tono monótono y una verbosidad intrincada e irritante. Entre los tres han armado un batiburrillo de novela a partir de sus explicaciones acerca del aumento del precio de los combustibles.
Batlle, de regreso de Brasil, adonde abrazó a Lula y respaldó a Chávez, y ya casi partiendo hacia Estados Unidos a regocijarse entre los Bush, afirmó que la suba se debe al cambio del Imesi por el Iva, y que es una respuesta constructiva a los reiterados reclamos de los operadores del transporte contra la actividad informal.
No se sabe bien qué dijo Artchugarry, pero su colega Bordaberry, probablemente sin intención, lo dejó pagando. ¡Pica, Alejandro, detrás del escritorio! Según el ministro de dos carteras, su amigo, el titular de Economía, había previsto un 26 por ciento de incremento; no obstante, a su pedido, y pensando en las consecuencias inmediatas sobre el turismo, aceptó aplicar sólo la mitad. Entonces, el mes que viene, quién sabe…
Sanguinetti, a su turno, discurrió profusamente en un jardín donde sujeto, verbo y predicado bailaron la danza del entrevero rodeados de números, porcentajes y supuestas ecuaciones logarítmicas. De acuerdo a ciertos traductores, a cuyo esfuerzo bien haría la sociedad en rendir honores, quiso decir que el cambio tributario incidió, sí, pero también el precio del dólar, el incremento del valor del crudo y las pérdidas de Ancap.
¿Ah, sí? ¡No me digan!
Qué macana. Todo comenzó a írseles al carajo cuando el senador Gallinal aclaró un punto crucial: esto no fue lo acordado cuando se habló del tema entre colorados y blancos. Qué sentido tiene, se preguntó el legislador, aplicar el IVA a las naftas, y en particular al gasoil, para que los transportistas puedan descontar el impuesto, si paralelamente se sube el precio a tamaño nivel. Y siguió yéndoseles hacia ese escabroso lugar cuando otros legisladores blancos recordaron que el dólar hace meses está clavado a la fuerza por el Banco Central, que el precio del petróleo aún no ha cesado sus espasmos y que si Ancap pierde dinero es por la sangría a que la condena Rentas Generales.
Es imposible diseñar una reactivación económica si cada gesto de la administración va dirigido a desalentar la producción, el comercio y el consumo.
No hay otra explicación que el mero afán recaudador. O sea, cualquier manotazo es aceptable si de cerrar las cuentas con los prestamistas se trata.
Políticamente, este país no es serio.
El gobierno sigue encerrado en su torre de los panoramas, rezándole al oráculo nacido en Texas, que, para colmo de males, anda alzado a guerra. No consulta las grandes decisiones ni siquiera con quienes fueron sus socios en la anémica coalición que debió morir sin mayor dignidad, empujada por los tercos hechos. Y no se trata únicamente del precio de los combustibles, cuestión que, en todo caso, arregla con un decreto sin intervención parlamentaria, porque lo mismo está pasando con el proyecto de reforma del sistema tributario.
Si Batlle y Atchugarry le ocultan la verdad a los blancos, ¿qué puede esperar la izquierda y qué puede esperar uno, pobre contribuyente empobrecido e indefenso?
Ahora bien, ¿por qué lo hacen? ¿Por ingenuidad? ¿Por inadvertencia? Creo que no, que es por pura y cruel estrategia. Es que han asumido unos compromisos tan espantosos por la deuda acumulada, que no se animan a poner encima de la mesa todas las cartas. Como en el truco, mienten al gritar un envido con 23, a ver si pasa. Mientras tanto, creen que ganan tiempo.
¿Tiempo? ¿Para qué?
Ahí está lo esencial. Si supiéramos hacia dónde vamos, si tuviésemos la mínima certeza acerca de la sensatez y eficacia de los medios a emplear, quizá la sensación de desamparo, de desasosiego, casi de angustia, sería menor. Pero no hay rumbo prefijado. En realidad, Batlle y su gente no tienen idea de qué hacer; sin embargo, siguen encerrados en su burbuja. ¿Cumbre? ¿Un encuentro de líderes políticos? ¿Consultas previas? No. Huyen hacia adelante.
Ayer, leyendo «Consideraciones sobre las conductas animal y humana», de Konrad Lorenz, descubrí que hasta en los animales más jóvenes e inexpertos hay actos instintivos que les permiten adaptarse maravillosamente a las situaciones más diversas. Por ejemplo, todo el universo del somormujo moñudo, una de las aves más estúpidas que se conoce, está prefijado: o sea, lo «saben» hasta en sus mínimos detalles los polluelos más pequeños carentes de toda experiencia.
No es gran cosa –esos actos instintivos se aplican, sobre todo, a la alimentación y la defensa–, pero permite sobrevivir a la especie.
El respeto y la piedad, nobles sentimientos que espero no perder, como tampoco mi libertad de pensamiento crítico, me impiden recomendar algunas lecturas a quienes hoy conducen, al menos metafóricamente, este país.
Además, claro, para leer y, al cabo, entender, hace falta una absoluta humildad. La arrogancia nubla la vista y el entendimiento. *
(*) Periodista
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