Lula impone estilo descontraído en la política brasileña
Después de tanta ruptura del protocolo en el día de su investidura, del que quiso hacer una fiesta del pueblo, Lula ha vuelto a dar señales de que prefiere la informalidad.
En el primer Consejo de Ministros, Lula pidió a los integrantes de su gobierno que se llamen entre sí «compañeros», como él hace con todo el mundo.
«Eso de excelencia y señor se queda para fuera de aquí. Aquí dentro todo el mundo se va a tratar de compañero», les dijo. Y así lo hicieron.
El día de la investidura, no tuvo reparo en agacharse a recoger las gafas que había perdido su predecesor, Fernando Henrique Cardoso, al transmitirle la banda presidencial.
En su discurso al pueblo elogió la belleza y elegancia de la nueva primera dama, Marisa Leticia, e hizo lo propio en la primera reunión ministerial con la nueva titular de Asistencia y Promoción Social, Benedita da Silva.
«Estás muy elegante, Benedita», le dijo ante la sonrisa de los 35 integrantes del nuevo gobierno.
A lo largo de la campaña, Lula mostró que desprecia la ostentación, aunque siempre expuso una imagen impecable: barba bien rasurada por las manos de su barbero de siempre de Sao Bernardo do Campo (Sao Paulo), su ciudad de adopción, y trajes elegantes y sobrios, realizados por el estilista paulista Ricardo Almeida.
También consiguió que sus colaboradores adoptasen el mismo estilo.
«Ustedes pueden ser así, pero a los trabajadores y las personas simples, cuando van a una fiesta, les gusta vestir bien», les dijo Lula en una ocasión a sus asesores de imagen, partidarios de la informalidad.
El gran quebradero de cabeza de los hombres que velan por su seguridad es su gusto por el contacto con el pueblo y su afición a romper los cordones de seguridad o bajarse del coche oficial para dejarse abrazar, besar y tocar.
El próximo desafío de la policía federal va a ser el viaje que el próximo viernes va a realizar con parte de sus ministros al corazón de la pobreza nordestina. Lula ya ha dejado claro que quiere mezclarse con su pueblo, el mismo de sus orígenes.
Tampoco ha renegado de los gustos culinarios del pueblo brasileño: la ‘feijoada’, a base de frijol rojo, carne de cerdo y arroz, o los churrascos, como el que le ofreció a Cardoso, antes de traspasarle el poder.
El churrasco con que agasajó al presidente cubano, Fidel Castro, el jueves por la noche duró cuatro horas y media. «Fue una cena familiar», dijo el gobernador de Acre (norte) Jorge Viana, que estuvo acompañado por sus hijos, y otros miembros del nuevo ministerio con sus esposas.
En la ceremonia de investidura, entre los 700 invitados apenas había caras conocidas de las revistas. La única que se ‘coló’ gracias a los oficios de Benedita da Silva fue la emergente carioca Vera Loyola, conocida por organizar fiestas de cumpleaños para sus perros.
Pero no sólo Lula es así. La oleada roja que ha invadido cada rincón del país, y que desde sus cargos políticos han combatido la corrupción, siguen manteniendo su gusto por la cerveza bien fría en los bares de siempre y con los amigos de siempre.
En Brasilia, algunos de los bares más concurridos son los preferidos por los ‘petistas’, los hombres del Partido de los Trabajadores de Lula, propiedad de militantes. (AFP)
(*) Periodista AFP
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