La Policía Caminera me ve pasar y se marea
Escribe: Julio Cesar Castro
Fui a visitar a unas tías que viven en el campo. Hace años que no nos vemos. Uno se deja estar, que hoy, que mañana, hasta que un buen día, dice: el domingo las voy a ver. Y va. Y fui. Tengo un auto con uso pero camina. De chapa no, pero de motor, nunca me dejó de a pie. De freno no frena de primera, hay que bombearlo siete veces y ahí sí, ahí se afirma y no le digo que se clava, pero frena. Algo tiene el disco del embriague que no le entran bien los cambios. La marcha atrás no la uso, pero saliendo de Montevideo la radio agarra tres estaciones perfectamente. Con descargas e interferencias, claro, pero se oye. No se entiende, pero se oye. Las cubiertas están lisas, es verdad, pero en cambio las luces prenden casi todas. Las largas de los focos delanteros no, pero la de adentro se enciende al abrir la puerta y se apaga al cerrar, sin fallar ni una sola vez. Si agarro un charco le entra agua por el piso, pero yo soy experto en esquivar charcos. Si agarro una lomada muy ligero, se le cae la puerta del acompañante, pero yo, las lomadas, me las conozco todas y trescientos metros antes empiezo a bombear, y aminoro. El espejito retrovisor se cayó y se partió un día que agarré un pozo, pero como yo me doy maña, y me gusta tener el auto en condiciones, le puse el espejito de una polvera que se olvidó en el asiento de atrás una novia que tuve, y que antes de bajarse siempre se maquillaba para regresar a su casa y explicarle al marido que venía de la peluquería. La dirección hay que conocerla. Es como todo en la vida. Si usted no la conoce, se puede llevar una sorpresa. La dirección de mi auto, si usted quiere doblar a la derecha, tiene que hacerla girar a la izquierda, y si quiere doblar a la izquierda tiene que hacerla girar a la derecha. Después que le agarra la mano, es lo mismo que cualquier otra. Porque eso de que doble a la derecha si usted hace girar la dirección a la derecha, y a la izquierda si la hace girar a la izquierda, es una convención como que dos y dos son cuatro. Cuando se sube un acompañante por primera vez, es muy posible que al verme doblar dos veces de esa manera se quiera bajar, e incluso uno se tiró por la ventanilla sin darme tiempo a bombear el freno siete veces y detenerme para que descendiera normalmente. Hay personas muy conservadoras, que en lugar de asombrarse primero y luego preguntar, averiguar e investigar el fenómeno, huyen despavoridas. Yo creo que el miedo es enemigo del conocimiento. El miedo a que las cosas no sean como uno siempre creyó que eran. Hay mucho de comodidad en eso. Si le digo que no quema aceite le miento. Esa es otra de sus virtudes. Yo veo el humo por el espejito de la polvera, y pienso que si alguien quiere perseguirme, para secuestrarme o para robarme el auto, queda envuelto en esa nube negra, y si no muere intoxicado, choca contra un árbol y abandona la persecución. La Policía caminera jamás me detiene. Algunos me ven pasar y se marean, y otros llaman por radio para pedir licencia y tratamiento psicológico. Es una profesión muy estresante. Lo cierto es que al final, echando humo blanco por el radiador caliente y negro por el caño de escape, llegué a la casa de mis tías. Se trata de dos viejitas muy aprensivas. Al ver mi auto que se acercaba, se atrincheraron detrás de un aljibe, con una escopeta una y un fusil la otra, y comenzaron a disparar en forma alternada. Como no me entra la marcha atrás, tuve que dar una vuelta en redondo para regresar. Una descarga de fusilería me reventó la rueda auxiliar que uso de paragolpe. Mis tías escucharon la explosión de la cubierta, creyeron que yo repelía el ataque con un misil y se tiraron dentro del aljibe. No me alarmé, porque hace años que está seco y lo usan con dos colchones para dormir fresquitas en verano. Pensaba invitarlas a dar una vuelta en auto, pero no creo que hubiesen aceptado. Son gente vieja que prefiere andar en un charré, ignorando los peligros que corren si el caballo se encabrita. Allá ellas. *
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