Bestias andan sueltas

El pudor no es sólo una reacción visceral para defender la vida privada; es también una actitud basada en el respeto por los demás, a partir del respeto por uno mismo. Cuando el hombre agrede –es decir, vuelca encima de los otros su inmoralidad, su odio o hasta su indiferencia– la sociedad se infecta, retrocede al comportamiento animal e inicia el camino de su destrucción.

Este prólogo no es gratuito; viene a cuento de algo que pasó el sábado anterior, a las 17.45, en la intersección de Lezica y Veraguas, Villa Colón. Allí y a esa hora, ante varios azorados testigos, un conductor de Cutcsa –coche 929 de la línea 148 con destino Aduana, matrícula 10.851–, desde su puesto al volante le habló obscenamente a una quinceañera que iba por la vereda junto a un compañero. Este contestó al conductor correctamente, reprochándole la ofensa, y siguió su camino. El impúdico, ante la sorpresa y protesta de los pasajeros, frenó el ómnibus, bajó y atacó al chiquilín. La reacción de varios transeúntes impidió que la golpiza continuara quién sabe hasta qué punto. El impúdico, ahora devenido agresor, subió a su coche y partió. No llegó lejos: denunciado rápidamente, fue detenido a pocas cuadras del lugar y conducido a la comisaría de la zona.

A partir de ahí, la anécdota se precipita a una especie de nebulosa que obliga a que uno, dándole voz a aquellos que no la tienen, se haga unas cuantas preguntas.

El impúdico agresor, culpado ante la Policía por testigos presenciales, quedó finalmente libre. No se le interrogó en la sede penal –juzgado de vigésimo Turno, a cargo de la doctora Vera–, como tampoco el agredido fue sometido a pericia forense, procedimiento que parece sensato aun en casos, como éste, de lesiones leves. Concluyendo, los pobres adolescentes volvieron a sus hogares confundidos y con miedo, sus familias todavía no han recibido información que les permita entender la decisión judicial, los denunciantes comprendieron qué frustración puede castigar, a veces, a las actitudes responsables… ¿y el conductor de Cutcsa? Sería bueno saberlo, aunque creo no errarle, lector, si conjeturo que anda por ahí, tan campante.

Este proceso penal, tan sumario, quizás se ajuste a Derecho, pero ¿se ajusta a la sensatez? Siendo que los magistrados aplican la ley interpretándola antes ¿hubo en la interpretación de la doctora Vera la suficiente sensibilidad, el necesario sentido común? La empresa Cutcsa, que fue informada de lo ocurrido, ¿ha tomado alguna medida contra el impúdico agresor, quien no sólo cometió una falta y un delito sino que, además, pasó por encima de su deber específico y puso en riesgo a los pasajeros? Finalmente, la Intendencia de Montevideo, si ha sido enterada, ¿puede adoptar unilateralmente sanciones que den una clara señal a la sociedad?

Mientras aguardo por las respuestas, he aquí que estamos ante un huevo de serpiente de considerable tamaño.

La falta de pudor y la violencia pueden aniquilar a una sociedad. Son una patética demostración de hasta qué abismos es capaz de descender la condición humana. Y cuando quien invade la intimidad ajena y quien agrede es un servidor público –o sea, alguien que cumple no meramente un trabajo sino una función social, con responsabilidad ante muchos otros que dependen de él–, el castigo debería ser especialmente drástico.

Entonces surge otra pregunta: ¿está en condiciones nuestra sociedad de defenderse de la falta de pudor, de la intolerancia y de la inmoralidad de aquellos a quienes paga para servirla?

Cuidado, lector. Qué fácil ha sido en el pasado apelar a ese cínico «dejate de joder, hay problemas más graves». Qué fácil ha sido esconderse en ese hipócrita «la crisis tiene a todo el mundo alterado». Qué fácil ha sido mirar hacia otra parte, evadiendo la asunción de deberes inexcusables.

Aldous Huxley dudaba si la humanidad lograría, algún día, que los buenos sentimientos ocupen el lugar de los malos sentimientos. E impulsaba a intentarlo, para que la civilización moderna eliminara las emociones negativas, sea el rencor, sea la violencia, sea el desprecio por el prójimo.

El camino hacia semejante ideal, un mundo de decencia humana, parece largo y erizado de complejidades. Pero mientras lo transitamos, porque hay que hacerlo, habrá civilización únicamente si las comunidades organizadas respetan un sistema de normas que impida la anarquía y el caos. Un sistema de premios y castigos que garantice tanto la libertad individual como el bien común.

Acaso debamos, frente a peripecias que ponen en entredicho nuestra responsabilidad social, advertir cuánto hemos olvidado la inteligencia primitiva pero progresista que nos han legado ciertos pueblos arcaicos. Hace sesenta años, Margaret Mead descubrió cómo una antigua tribu de Nueva Guinea, los arapesh, construyó una sociedad pacífica y cooperativa que pone los más altos valores en el amor, la amistad y la solidaridad.

Una madre arapesh, cuando amamanta, murmura constantemente las palabras «bien, bien» y frota al niño contra un familiar o un amigo, o contra el perro o el cerdo de la familia, de manera que se críe con una suerte de reflejo condicionado para sentir confianza y benevolencia.

Buena cosa sería que recordásemos tales comportamientos con respeto e interés, dejando la petulancia de nuestra supuesta modernidad para otra ocasión.

Eso sí, mientras empezamos a frotar a los bebés contra algún chancho (si se le ha bañado, mejor), por favor no omitamos sacar a los anormales de encima de los ómnibus. *

(*) Periodista.

 

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje