Se me cae la cara de vergüenza
Si mal no recuerdo le había escondido el bastón de madera a una tía que había llegado a casa de visita con una pierna enyesada, y al irse no lo encontraba por ninguna parte.
No era que no lo encontrara ella, ya que no se podía desplazar por la casa para buscarlo, sino que no lo encontraba mi madre con el consiguiente nerviosismo dado que la tía debía irse porque la esperaba un novio que se había conseguido en Traumatología.
El novio también había sido enyesado, pero en un brazo, debido a una quebradura expuesta producida en un partido de fútbol del barrio cuando en el área chica lo barrieron y cayó mal.
El hombre gritaba desaforadamente, pero no tanto por el dolor de la fractura como por el hecho de que el juez no cobró penal. Según él, un hueso se arregla en unos meses, pero un penal, que pudo ser el gol del triunfo, no sólo no se olvida sino que además no tiene arreglo. El futbolista enojado se conoció con mi tía en Traumatología, cuando ella cruzó uno de los fríos pasillos en una camilla.
Pese a que iba con una mascarilla de oxígeno, él se enamoró de aquella mujer que iba hacia la sección Yeso.
Lo de la mascarilla de oxígeno, al parecer, fueron cosas del enfermero para que se dejara de gritar y para taparle un poco la cara, ya que bonita no era.
Regresando al bastón de marras, recuerdo que lo llevé al fondo, y lo escondí detrás de una higuera y cerca de la parrilla donde mi padre preparaba un asadito para agasajar a un amigo que estaba por llegar.
Al parecer, el bastón cayó al suelo, se mezcló con otras ramas, mi padre dio unas vueltas por el lugar buscando charamuscas para avivar el fuego, y sin darse cuenta marchó también el bastón cuyas brasas, según comentó después mi padre, dieron un sabor especial a las mollejas.
Ese comentario me hizo dudar que mi padre no haya notado que aquel era el bastón de tía. Nunca lo hablamos, pero yo sé que papá le tenía un poco de tirria porque era de andar llevando y trayendo y enemistando familiares con sus chismes.
Yo, que había hecho una broma inocente, dije que lo había dejado junto a la higuera y que después de ahí no supe más de él.
Fue cuando la tía, después que papá le hizo un bastón con un palo de escoba y se lo quiso pintar de blanco para que le hiciera juego con el yeso y además la dejaran pasar creyendo que era ciega, la tía, digo, furiosa me dijo que se me tenía que caer la cara de vergüenza.
Yo me asusté mucho y me la cubrí con las manos, porque si la cara se me caía me la podían pisar, o se podía machucar con el golpe y quedar ñato para siempre. Entonces, para que no se me fuera a caer la cara, resolví no tener vergüenza. Con el tiempo supe que las caras no se caen de vergüenza, y fue una lástima porque empecé a tener.
Dicen que taparse la cara es un gesto humano relacionado con el deseo de que no se sepa que uno es culpable de algo bochornoso, pero hete aquí, que descubro que hay un mono que hace lo mismo.
Se trata del mono Caí, habitante del Paraná y el Uruguay arriba.
Caí, en el idioma guaraní, significa vergonzoso, y alude a la costumbre que tiene este monito de taparse la cara de un modo tan expresivo, que se asemeja al gesto de una persona avergonzada.
Aquí surge una pregunta: ¿el mono Caí copió el gesto del hombre avergonzado, o nos tapamos la cara de vergüenza porque somos descendientes del mono Caí?
Me inclino, porque me parece lógico y simpático, por la segunda posibilidad. Si del mono vengo, no me parece para nada caí. ¿Y tú?
(*) Humorista
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