"No se olviden de nuestro hijo"
Eran cerca de las 23.30 horas del miércoles 25 de abril de 2001, cuando sobre la calle Ovidio Fernández Ríos al 3900, en Bella Italia, Maxi como lo llamaban en el barrio junto a un grupo de amigos festejaban en la vereda el cumpleaños de uno de ellos.
La velada prometía diversión para los chiquilines. Los tamboriles estaban prontos. Sólo faltaba templar la lonja. Para ello, los muchachos decidieron hacer una fogata sobre la vereda. Maximiliano se separó unos metros del grupo de amigos para contemplar el fuego. Minutos después sería mortalmente herido de un disparo, ante la mirada aterrada de sus amigos, entre los que se encontraban sus tres hermanos mayores.
Su madre, María del Carmen, alertada por el estampido de los disparos, salió a la puerta de su casa donde se encontraba el niño. Antes de caer desmayado, Maxi levantó su camisa y le señaló: «Mirá lo que me hicieron, mamá». Fueron sus últimas palabras. Fue trasladado a la policlínica ubicada en la calle Libia y de allí al Pereira Rossell, donde falleció alrededor de la 1.15 del jueves 26.
No se olviden de Maxi
«No hemos reunidos en varias oportunidades con autoridades policiales y con el ministro Guillermo Stirling y, hasta ahora, no hubo novedades. Pedimos que se haga justicia y no se olviden de nuestro hijo. Van a hacer casi dos años de su muerte y el asesino sigue suelto», señaló Juan Carlos Díaz, su padre.
El dramático pedido del hombre es acompañado por la mirada acuosa de su mujer que sostiene, en sus manos, una fotografía del niño vestido de escolar. Al momento de su muerte, Maxi cursaba quinto año en la escuela Luis Alberto de Herrera.
¿Puede alguien vaciarle fríamente un cargador a un niño indefenso porque, en pleno festejo de un cumpleaños, los muchachos hacían «ruidos molestos? ¿Qué clase de animal puede ser capaz de esto? Son algunas de la preguntas que se desprenden ante tamaña barbarie.
«Maxi era un niño muy querido en el barrio», recuerda su madre. «Le gustaba tomar mate con los vecinos, conversar con los mayores y siempre estaba dispuesto a dar una mano».
El asesinato del niño sumió en la indignación a los vecinos, que realizaron varias marchas por el barrio, exigiendo que se sepa la verdad.
De esas protestas, nació una asociación comunitaria que lleva el nombre del niño y que tiene, entre otros objetivos, estimular la solidaridad en aquellos sectores sociales víctimas de la violencia.
Asesino en las sombras
El asesino, o la asesina, se escudó en las sombras para efectuar los disparos que, según narró Juan Carlos a LA REPUBLICA, fueron siete al menos.
Las pericias técnicas realizadas indican que la bala que atravesó la aorta del niño, a la postre la herida mortal, provenía de un calibre 22 largo que fue disparado a entre 12 y 15 metros de distancia de donde él se encontraba.
Es muy probable también que hayan partido de alguna casa vecina según se pudo establecer al reconstruir la trayectoria de los proyectiles.
Pese a todos estos indicios que indicaban la zona de dónde habrían partido los disparos, su asesinato sigue impune. Los investigadores dicen que el principal obstáculo fue que nunca se encontró el arma homicida.
Para el padre, el asesino o la asesina tuvieron tiempo de sobra para deshacerse del revólver. «En el barrio hay muchas cañadas y cunetas. El que lo hizo debe haberla tirado en algunos de esos lugares», afirmaron sus padres, quienes consideran que la investigación realizada por la Policía dejó mucho que desear. «Se hizo poco por encontrar el arma homicida y no se llamó a declarar a muchos testigos que podrían haber arrojado luz a su muerte. Incluso, las pisadas de quien haya sido quedaron marcadas en el cemento fresco. Policía Técnica sacó quince fotos y el juez Beyhaut, que lleva la causa, sólo tiene dos en su poder. Hasta se arrancaron hojas de un transparente, presumiblemente con impactos de las balas que ahora no se encuentran», afirmó el padre.
Lo cierto es que la muerte de Maximiliano, un niño de 11 años, continúa impune y su homicida sigue suelto. *
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