Una nota sobre otra nota son dos notas
Cada vez que tengo que llenar algún formulario o responder preguntas burocráticas sobre mi profesión dudo, y con cierto gesto y tono de culpable vanidad, digo: escritor. Lo digo y de inmediato me dan ganas de aclararle a la funcionaria, que en realidad soy escritor, pero, escribo cuentos, y que además, la mayoría son humorísticos, y que bueno, sí, soy escritor, pero no como los escritores que realmente son escritores como ser novelistas de éxito y esas cosas. No le aclaro nada porque ya la funcionaria está atendiendo a otro, y pienso qué fácil le ha de resultar responder, a ese otro, si es empresario, abogado, ingeniero, docente o empleado. Y me viene a la memoria la nota escrita hace poco por la excelente periodista Argentina Sandra Russo para nuestro suplemento de los miércoles, «Bitácora». En ella (y por razones de espacio no la transcribo toda), cuenta que la hijita un día le pregunta. «¿Vos sos atea?». «Le dije que sí, pero, instintivamente traté de no ser categórica, como si siendo categórica al respecto hubiese podido, no sé, asustarla, confundirla, impresionarla. Le dije un «sí, pero…», que se tradujo en aclararle que no creo en Dios como cree la gente de cualquier religión, pero que bueno, no descarto que haya «algo más, algo que trascienda la materia, algún orden, algún equilibrio por sobre todos los desequilibrios humanos,¿entendés?». La nena -dice Sandra Russo- no entendió ni jota pero guardó respetuoso silencio. Luego es la mamá de Sandra Russo que le pregunta: «¿Vos sos feminista, no?». «No le dije: «Sí, claro». Le dije «Sí, pero…». Me sentí obligada, como siempre que me preguntan eso, a precisarle a mi vieja, ignoro por qué motivo, que reivindico todos y cada uno de los derechos de las mujeres, pero que no me siento «militante», y que hay algunas cosas del feminismo que me aburren o no me convencen. «Debe ser generacional», le deslicé, y ya, mientras se lo deslizaba, eso que decía me parecía estúpido. Como si adjudicarme a mí misma alguna porción de feminismo requiriera, instantáneamente, algún tipo de aclaración sobre medidas, matices, corrientes, graduaciones, intensidades. Quiero decir: me estaba defendiendo de ser feminista, y al mismo tiempo me estaba defendiendo de no ser muy feminista. ¿Qué necesidad?». Poco más tarde, en un taxi, cambia algunas palabras con el chofer, y éste la interrumpe con una afirmación: Usted es de izquierda. «No le dije «sí, soy de izquierda», más bien le ofrecí otro de mis «sí, pero…». Esta vez debo haberle dicho algo así como: «mmmmm…, de izquierda, no sé si soy de izquierda. ¿Qué es la izquierda hoy?. Yo diría progresista, aunque no estoy de acuerdo con muchos progresistas».Y luego agrega Sandra Russo: «Eran ciertamente tres preguntas por mi identidad, por mi micromundo, por mi punto de vista, por mi concepción de la vida. Si escribo esto -prosigue la periodista-, es porque tengo la impresión de que en ese eludir una respuesta concreta, en ese reparo en admitir que sí, en esa forzosa catarata de aclaraciones, comillas, paréntesis, corcheas y puntos suspensivos, se esconde un núcleo problemático que tiene que ver con la identidad común. No es que no valgan los matices.
¿A quién se le ocurre que se puede ser ateo, feminista o de izquierda, sin matices? Pero me pregunto qué es lo que late atrás de esos rasgos de identidad intelectual, vital o ideológica, que hace que uno se defienda de ellos en lugar de asumirlos con certeza y orgullo. Qué vergüenza -se pregunta sobre el final Sandra Russo-, qué prejuicios, qué libreto oficial se traspapeló y empezó a formar parte de la idea que uno tiene de sí mismo, como para sentirse obligado a atenuarse, a aligerarse, a sacarle la sal y la pimienta a aquello que es lo único, en realidad, de lo que tiene hambre». Se podrá decir, digo yo ahora, que esta nota por mí encabezada, no es mía. Y no, es verdad, pero… *
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