Estados Unidos

Continuidad entre Pearl Harbour y el 11 de setiembre

Las encuestas de carácter científico comenzaron cuando George Gallup pronosticó con destacable precisión la reelección en 1936 del entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt (1882-1945). Otros sondeos predecían la derrota de Roosevelt ante el candidato del Partido Republicano, Alf Landon. Gallup desarrolló un método de entrevistas al azar basada en la teoría del muestreo, bien conocida por los expertos en estadística.

El éxito de Gallup al pronosticar la reelección de Roosevelt en 1936 abrió la era de las encuestas modernas, que pronto dejaron desacreditadas a los sondeos «de paja» que se realizaban desde el siglo XIX, cuyos entrevistados se presentaban voluntariamente. Hacia la segunda mitad del siglo XX, el mundo ya había aprendido con lentitud que cada nueva tecnología de difusión (como la televisión o Internet) promete al principio ampliar enormemente el alcance de la voz colectiva del pueblo pero luego es dominada gradualmente por el interés del dinero, en particular a través de la publicidad empresarial

Las encuestas de alta calidad tuvieron el mismo destino. Los sondeos actuales constituyen una industria dominada por encuestadores comerciales, incluidas las hoy enormes empresas Gallup y Roper, que atienden los intereses de los adinerados. Una ola de encuestadoras de alto costo, gerentes de campaña, asesores políticos, expertos y medios de comunicación aplasta el paisaje político.

La historia de las encuestas científicas traza un vínculo entre el presidente Roosevelt y el presidente George W. Bush. Los sondeos muestran resultados y tendencias extrañamente similares entre el apoyo del público estadounidense a Roosevelt, antes y después del ataque japonés contra Pearl Harbour en 1941, y el recibido por Bush antes y después de los atentados de 2001 contra Nueva York y Washington.

A lo largo de muchos años, mis colegas y yo realizamos encuestas de interés público para examinar por qué y cómo los estadounidenses favorecen el uso de la fuerza. Los resultados demostraron que un ataque inesperado contra el territorio nacional provoca un apoyo casi unánime a las acciones contra los agresores. En el caso del 11 de setiembre de 2001, los encuestados demandaban un esfuerzo mundial por rastrear a los responsables y conducirlos ante la Justicia.

El respaldo público a la labor de Bush en los ocho meses anteriores al 11 de setiembre osciló entre 55 y 62 por ciento de los encuestados. Su apoyo creció de repente inmediatamente después de los atentados. En unas pocas semanas, Bush había dejado bien sentado que estaba siguiendo un camino muy cercano al que deseaba la mayoría del público. El presidente llegó a obtener un respaldo de 90 por ciento. El año siguiente, se mantuvo elevado, descendiendo lentamente hasta alcanzar el apoyo de 66 por ciento de los entrevistados en agosto de 2002.

El elevado índice de aprobación a su labor en tiempos de guerra le permitió a Bush obtener casi todo lo que quería del Congreso legislativo, pues aceitó el trámite de sus proyectos de ley y de regulaciones domésticas. Declarar la guerra dio al presidente la oportunidad de impulsar con éxito su agenda nacional. Según estudios de Gallup, el respaldo obtenido por Roosevelt en el primer año de participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial fue muy similar al elevado pero descendente que ha recibido Bush desde el 11 de setiembre de 2001. La aprobación del público al desempeño de Roosevelt en general, y a la política nacional en particular, fue muy elevada tras el ataque contra Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1941, pero luego disminuyó lentamente.

¿Qué puede hacerse con estas conclusiones? En el último año, muchos advirtieron el obvio y singular paralelo entre los ataques del 11 de setiembre de 2001 y del 7 de diciembre de 1941, pero nadie pensó hasta ahora en analizar las bases de datos de las encuestadoras para hacerse una idea de cómo podría evolucionar el índice de aprobación de Bush.

A pesar de haber escrito acerca de la estabilidad y persistencia de los hallazgos de las encuestas de interés público, me sorprendió descubrir que en un período de 60 años pueda haber tal consistencia en la magnitud y en las tendencias del respaldo popular a un presidente, tanto para sus políticas nacionales como para las internacionales.

La estabilidad de la opinión pública cuando se repiten condiciones inusuales merece ser analizada y podría continuar siendo reveladora. *

(*) Alan F. Kay es matemático, cientista social y pionero en materia de sondeos de interés público. (Servicio exclusivo en Uruguay para LA REPUBLICA.)

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