El viejo y la humedad
Digo más: digo que no conozco a nadie, familiar o amigo, que haya visto un tero en el momento de evacuar el afamado huevo, lo cual me permitiría dudar de la existencia del huevo del tero, si no fuera que el tero, como el pollo, el cóndor, la tortuga, la mayonesa y la trucha, está comprobado que nacen de un huevo. No quiero desviarme del tema central, pero creo de elemental honestidad decir que tampoco he visto nunca poner un huevo a una tortuga, la que sin duda grita en el mismo lugar que lo pone, bajito, sin el aspaviento del tero ni el cacareo de la gallina, por pudor, ya que la tortuga es discreta, recatada, y cohibida, tres virtudes que la hacen lenta, cuarta virtud. La trucha, por razones que ignoro, viaja a desovar navegando contra la corriente.
Una vez, por medios no lícitos ya que el anzuelo no era reglamentario, pesqué una trucha en un lago argentino. Antes de volverla al río, hay que acariciarla suavemente, ponerla en el agua en posición de navegación, y dejarla ir. Nunca tuve en mis manos algo de piel tan fina y delicada, salvo algún ejemplar humano femenino, pescado también, en algunos casos, contra la corriente, y con variedad de anzuelos.
La trucha me lleva naturalmente al asunto de la humedad. Tuve, durante años, una mancha de humedad en el techo. Los especialistas en humedades nunca pudieron determinar dónde se originaba, dónde estaba la filtración. No era en el mismo sitio donde aparecía, donde gritaba, digamos. Cuando la descubrí, ella en el techo y yo en la cama, parecía una nube gris. Luego una cabellera en el viento, otro día un pájaro, y por último, un hombre de barba y nariz de boniato.
Cuando me mudé, al quedarme en la cama mirando el nuevo techo, extrañé aquella mancha que me permitía, en algunas noches de insomnio, jugar a qué se parece.
Pasé a morar bajo un techo libre de manchas, sin lenguaje, sin sorpresas. Salvo el posarse de alguna mosca en una posición que me recuerda al murciélago, no tiene ese techo, piso del vecino de arriba, ningún atractivo que me permita descubrir, imaginar. Cambio el escenario: estoy yo en la mesa de un bar, tomando apuntes al respecto sobre mis experiencias con humedades.
De pronto, en un rincón del bar, contra la pared, junto a los baños, creo distinguir, no sin esfuerzo, a una persona de edad avanzada. Pese a lo brumoso del rincón en que se encuentra, siento que me mira. Bebe su café. Es un viejo, gris, de larga y descuidada barba cenicienta. Me pregunto de dónde lo conozco, de dónde nos conocemos, digo, ya que insiste en mirarme. No sé bien si me mira. No veo bien sus ojos pues mi atención se centra en su nariz, esa nariz de boniato. En el momento que me levanto para aproximarme, se hace pájaro y cabellera en el viento, ahora regresa el viejo, creo que intenta decir algo, se debilita, se desvanece, es apenas una burda narizota. Me siento mal. Creo que me estoy mareando. Voy a echarme agua en la cara. Al entrar al baño, me cruzo con un plomero que sale con su caja de herramientas. El mozo protesta porque en un descuido, alguien se le fue sin pagar el café. *
(*) Humorista
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