El espíritu navideño
Por ejemplo, el nuevo aniversario del nacimiento del mesías fue propicio para acuerdos políticos como el que acaba de celebrarse entre el Encuentro Progresista y el Nuevo Espacio.
No sé por qué me acordé del Hijo Pródigo, una parábola bíblica que narra la historia de un tipo que se fue de la casa, se patinó la guita en joda, garufas y minas, y después volvió arrepentido a la casita de los viejos. La Biblia no menciona al viejo criado que sí aparece en el tango de Cadícamo y Cobián, pero cuenta de la festichola que se organizó para recibir a la oveja descarriada y que motivó los celos de su hermano, quien le reprochó al padre que él un hijo obediente y laburante ni siquiera podía juntarse a comer un asado con los amigos, mientras que ese vago atorrante era colmado de honores. Esas injusticias de la vida, ¿vio? Nada más lejos de mi intención comparar a Rafael con una oveja descarriada de vida licenciosa Dios me libre pero este reencuentro merece celebrarse, ¿o no?
Y esto no es todo. Ahora Tacuarembó no es sólo la cuna de Gardel (aunque yo tengo mi teoría de que en realidad el Mago era cracoviano, pero eso es costina de otro harinal, como decía un amigo disléxico), de poetas, artistas y escritores de renombre. Ahora es el lugar elegido por la Virgen para revelarse ante los pobres mortales. Largas colas se forman para ver su silueta recortada sobre una puerta vidriada y para pedirle un sinfín de milagros. Así, Tacuarembó se parangona con Fátima o con Lourdes; andá llevando.
Todas estas cosas tienen que ver con la Navidad o Natividad o Noël o Christmas o Natale, fecha en que se celebra el nacimiento de Cristo, aunque nunca entendí por qué se eligió esa fecha y no el primero de enero si es precisamente ese acontecimiento (la venida al mundo de Jesucristo) el que marca el inicio de nuestra era… Dicen por ahí que se fijó el 25 de diciembre para hacer coincidir la magna fecha con la celebración pagana en homenaje al solsticio de invierno (boreal, obviamente).
Para mí, criado en un hogar no demasiado religioso de clase media, las navidades nunca significaron otra cosa que un arbolito adornado con objetos brillantes y lucecitas polícromas, y una cena un poco fuera de lo común, que dejaba de lado los cotidianos tallarines y milanesas para dar paso a pantagruélicas comilonas hipercalóricas que sólo se justifican en el hemisferio norte y que nosotros, víctimas de una globalización avant la lettre, ya entonces engullíamos sin atender a la canícula.
La Navidad también se asocia con un hombrecillo sobre cuyo origen no hay consenso. Papá Noel (mala traducción del francés le Père Noël, que sería más bien algo así como El viejo Navidad) o Santa-Claus (probable deformación de San Nicolás) no es sino la adaptación de una leyenda pagana surgida obviamente en Escandinavia, en los países nórdicos, muchos siglos después. Para celebrar el nacimiento del redentor, una suerte de duende con aspecto de vejete regordete conduce un trineo tirado por renos y reparte juguetes y golosinas entre los niños. El mito les vino de perillas a los comerciantes para vender un poco más; ni que hubiera sido el invento de algún gerente de marketing.
Sin embargo, el espíritu navideño se ha mostrado inoperante para combatir uno de los tantos males incorporados al posmoderno mundo globalizado pero que golpea especialmente en el sur subdesarrollado: la heliofobia, neologismo de mi propio cuño que, como cualquier papanatas puede deducir, significa aversión al sol. Parece que ese sol (verdugo y amigo, según la calificación de León Felipe) se ha portado como los jueces y nos ha fallado. Dejó de ser nuestro amigo y no es más que verdugo, una bestia acechante que quiere achicharrarnos, dejarnos ciegos y con cáncer de piel. ¿Será realmente culpa del adelgazamiento de la capa de ozono, o será la aftosa o incluso el corralito argentino? No hay caso: llega el verano y lo único gratis que nos queda (hacer playa) se torna peligroso. Y lo peor es que para combatir esos efectos nocivos del astro rey, tenemos que gastar guita en protectores solares y lentes con filtro.
Lo cierto es que a este ritmo, si las cosas siguen así, corremos el riesgo de pasar de la heliofobia directamente a la fotofobia y convertirnos así no ya en dráculas sino, lo que es peor, en morlocks, aquellos extraños seres de vida subterránea que G. H. Wells describe en el inquietante futuro de La Máquina del Tiempo. ¿Le habrá acertado en su premonición?
En fin, sea como sea, feliz Navidad. *
(*) Periodista
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