¿Y si me lo explican…?

 

Cuando a este asno le pusieron delante dos haces idénticos de heno, su mirada osciló de un montón a otro sin decidirse; conclusión, murió de hambre. Y Bunge agregaba: «Â¡Qué tonto, no se le ocurrió revolear una moneda!»

A cualquier indeciso se le compara hoy con el asno de Buridan. Es que la indecisión tiene una mala fama supuestamente bien ganada. No resisto la tentación de repetir a Bunge: «La importancia de la toma de decisiones en todos los órdenes de la vida es tal, que se ha construido toda una teoría acerca de ella. Desgraciadamente, se puede probar que esta teoría no sirve sino para ganarse la vida enseñándola en alguna facultad».

Bien, lector, le confieso a usted ahora mismo, en este acto público e indeleble, que me he convertido en un indeciso.

No sé qué cuernos pensar sobre el proyecto de creación de un nuevo banco. No sé si está mal o está bien. Ni siquiera puedo decir que conozco ese proyecto, como se conoce algo que se puede leer y releer y luego, por las dudas, consultar con otro más informado para que despeje las dudas. Tampoco sé si las correcciones que propondrá la oposición habrán de mejorarlo. Peor todavía, ni siquiera he podido saber a ciencia cierta cuáles son esas correcciones.

Y digo yo, ¿por esto debo sentirme culpable? ¿Mi indecisión es como aquel pecado original del que hablaba San Agustín? ¿Sólo me salvará la revelación divina, una conversión por la fe, acaso la plegaria?

No, no. Se trata de otra cosa y hay que abordarla con franqueza y claridad.

Uno de los grandes errores de los políticos uruguayos, en el que incurren con una frecuencia asombrosa e irritante, es dar las cosas por sentado. Por ejemplo, dan por sentado que con sus declaraciones públicas es suficiente para que todos nosotros, los tontos de capirote que formamos esa entelequia denominada «opinión pública», comprendamos el alcance y la profundidad de una medida que, tal vez, cambie dramáticamente y con rapidez gran parte del destino del país. O sea, si un político afirma que es mejor este proyecto que liquidar a los bancos suspendidos, yo debo mover la cabeza como un epiléptico dando a entender que no me quedan dudas. Si otro añade que son necesarias nuevas garantías del tipo de un seguro de los depósitos y otro de cambio, yo debo palmotear entusiasmado dada la alegría de haber comprendido en un santiamén algo tan complicado. Y si alguno más aparece y pontifica, luego de atusarse convenientemente los bigotes y ajustarse los lentes, que la gestión del banco  al que cierta gente ha bautizado Frankenstein– tendrán que hacerla técnicos nacionales y no una consultoría extranjera o la Corporación Nacional para el Desarrollo, yo debo hacer uno de esos gestos típicos del truco cuando no se tiene nada y guiñar un ojo como diciendo, astuto, «Â¡viste, nabo, qué fácil era!».

Pues están equivocados, señores.

En esto, igual que en tantas otras cuestiones vitales para nuestra supervivencia, hace falta no sólo información clara sino un gran debate público con todas las letras, todas las palabras y todas las frases que, junto a todos los números, sean indispensables de modo que la mayoría entienda realmente qué clase de hierro caliente nos ha caído en las manos y amenaza escurrírsenos entre las piernas.

En una democracia con toda la barba, esta cosa de la representatividad, aunque necesaria, no lo resuelve todo; tiene sus bemoles, aunque no guste reconocerlo. Yo voto a alguien para que me represente, claro, pero eso no le da derecho a discurrir por encima de los grandes temas como si paseara, reduciéndolos en una aventurada jibarización o cubriéndolos de un misterio innecesario a partir de un lenguaje críptico y repetitivo.

Me veo obligado a insistir con Bunge, porque yo no lo puedo decir mejor: «La libertad total es ilusoria. Sólo podemos aspirar a gozar de libertades limitadas, porque la pertenencia a cualquier círculo o sistema social impone obligaciones. Recordemos dos máximas morales pertinentes. Una de ellas es ‘tu libertad termina donde empieza la mía’. O sea, tienes derechos pero no son irrestrictos, sino que están limitados por los derechos ajenos (…) El segundo principio limita la libertad negativa. Reza así: ‘Todo derecho implica un deber’. Y mi derecho a votar implica el deber de emitir un voto informado». Para el caso que nos ocupa, mi amigo, sustituya usted votar por opinar y es lo mismo. Si queremos opinar con responsabilidad acerca de esta conturbadora peripecia bancaria, nuestros representantes políticos tienen la obligación de ser más precisos y respetuosos con sus representados si no quieren, cuando caiga el telón, sentir en sus traseros la patada moral (y electoral, y por eso mismo muy dolorosa), del desprecio público final.

Ahora bien, ¿a quiénes estoy reclamando?

Obviamente, no al Presidente de la República ni a sus hombres de confianza; bastantes pruebas han dado ya de su desinterés por la comprensión ajena como para que yo sostenga la esperanza de que cambien. No. Estoy mirando a los políticos de la oposición y sobre todo a la izquierda en su conjunto, cuya inminente decisión, por razones sobre las que abundar sería redundante, la coloca, inexorablemente, en ancas de un péndulo imaginario al que, por ahora, uno ve, con angustia, oscilar entre el aporte patriótico y el más terrible error histórico. *

 

*Periodista

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