"Pelo y barba"
Cartas llenas de folletos y catálogos por abajo de la puerta. Por estas navidades, a pesar de la malaria, nos llenan de ofertas. Con tal de sacarte un mango, ofrecen inverosímiles aparatejos. El veterano vichó curioso una maquinita que afeitar, corta el pelo, retoca la patilla y chau al peluquero. La achicharrada memoria no se resigna a perder la magia barrial de aquellas peluquerías.
Tiempos del ayer y la arraigada costumbre de afeitarse en esos locales.
Un personaje de saquito blanco y corbata de moñita, todo un confidente. ¡Minga de diván y sicólogos!, si en la esquina estaba el peluquero. Opinaba de todo y cantaba la justa. La filosa navaja se deslizaba muy suave y escuchaba historias de los vecinos.
El cliente recién se callaba cuando le ponían sobre la caripela los fomentos y paños calientes con la aromática crema mentolada.
El toque final con aquellas frescas colonias «Aromar» y «Mil Amores». Si era viernes, «servicio completo» porque la muchachada arrancaba para las «luces del Centro». Un buen apronte «al pelo», el bigote finito y ¡agarrate Catalina! Los galanes se acicalaban para romper todo en la calle Andes, el Chanteclair con Canaro.
La peinada a la gomina como la del «morocho del abasto» y nuestro inolvidable peluquero le daba con tutti a la Brancatto.
Los muchachos rana tenían un berretín con «la brillantina». Una hechizada poción que suavizaba el cabello más rebelde. Si no tenías guita, un paco de grasa para domar las motas y dejarlas suavecitas.
Fue tan popular que el maestro del lunfa, Carlos de la Púa, tituló su libro de poemas como «La grencha engrasada». Pero el peluquero era pierna y aunque escaseara el mango te daba vida.
Todos los chismes del barrio entre los clientes que esperaban leyendo «El Mundo Uruguayo», «Cancionera» o la primera «Caras y Caretas» y «Cine Radio». Revolotean tijeras y navajas y no faltaba un engrupido que se daba dique contando cómo la veterana de la otra cuadra lo bancaba a cambio de sus viriles favores. Hasta la radio tenía un actor que hacía de peluquero y todos los mediodías provocaba sonrisas con sus comentarios sobre política. Por Domingo Aramburú y el Vacaro fue famoso Angelo que se fue a laburar a los Estados Unidos y al regresar contaba orgulloso que le había cortado el pelo al gran Frank Sinatra. Con los años algunos se volvieron pitucos y quedaron pocos peluqueros de barrio. Y ahora los quieren cambiar por una maquinita coreana.
Los esperamos sábados y domingos a las 19, en 1410 AM LIBRE. *
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