Encuentristas como güeso’e bagual
El pasaje de personalidades, grupos y sectores de los partidos tradicionales (y especialmente del Partido Nacional) a agrupaciones de izquierda no es un fenómeno reciente, aunque hay que reconocer que en los últimos tiempos se ha visto notoriamente incrementado.
Si la memoria no me falla, las primeras incorporaciones significativas ocurrieron en 1962. En ese año electoral se dio la paradoja de que la tan reclamada unidad de las izquierdas tuvo dos versiones: el Fidel y la UP. El Partido Comunista había creado el Frente Izquierda de Liberación, que se nutrió –además de pequeños sectores batllistas y grupos independientes– con el aporte de figuras prestigiosas del Nacionalismo como Luis Pedro Bonavita y Adolfo Aguirre González, y del joven diputado por Colonia de la UBD Ariel Collazo con su Movimiento Revolucionario Oriental. La experiencia unitaria del Partido Socialista –la Unión Popular– recibió la adhesión de Enrique Erro, ex ministro de Industria de filiación herrerista.
No deberían asombrarnos estas adhesiones blancas a las fuerzas de izquierda si echamos una ojeada a nuestro pasado. A condición, claro está, de que sea un vistazo crítico y medio revisionista de la historia oficial.
Que la historia la escriben los vencedores y dejan a los vencidos bastante mal parados parece a esta altura un hecho fuera de discusión. Sí, siempre hay vencidos y vencedores, algo que supuestamente no hubo después de la Guerra Grande según aquella pomposa declaración formal del 8 de octubre de 1851. Porque en rigor, el nacionalismo americanista (encarnado en Rosas y Oribe) fue el claro derrotado a manos de los imperios de la época (Inglaterra y Francia) y de sus paniaguados criollos (los colorados de la Defensa). A partir de entonces, los manuales disfrazaron el pasado y nos presentaron un cuadro con uruguayos buenos y malos: los colorados, liberales y afrancesados por un lado, y los blancos, rurales y degolladores por otro; civilización y barbarie, según la máxima maniquea de don Domingo Faustino.
Así, la figura de don Manuel Oribe y Viana fue adulterada y relegada a un segundo plano, con lo que un soldado respetuoso de las leyes y amigo de la causa federal y americanista es recordado sólo como un oscuro presidente.
Otro tanto ocurre con Bernardo Prudencio Berro, un jefe de Estado destacado como defensor de la soberanía que la crónica oficial mantuvo en el olvido.
¿Y qué decir de Leandro Gómez? Un verdadero prototipo del héroe, protagonista de una epopeya –la defensa de Paysandú contra el asedio de Flores aliado con Mitre y el Imperio de Brasil– que constituye todo un ejemplo de patriotismo, de coraje y de entrega. ¿Cuándo rebautizaremos la avenida General Flores con el nombre de Leandro Gómez?
Y ya sobre fines del siglo XIX, aparece otro referente ético ineludible: Aparicio Saravia, el paisano alzado. Una curiosa mezcla de estanciero paternalista y guerrillero, medio señor feudal, medio libertario y, por sobre todas las cosas, poseedor de un profundo sentido de justicia. Exhibió una preocupación casi obsesiva por el concepto de patria, al que hace referencia en sus frases más célebres. «La patria es dignidad arriba y regocijo abajo», una definición que los gobernantes deberían tener siempre presente. O aquella famosa réplica a los pelucones del Directorio, cuando estos copetudos de riñón cubierto se mostraban renuentes a financiar la revolución; dicen que dijo Aparicio, arrojando sobre la mesa los títulos de sus campos: «Prefiero ver a mis hijos pobres pero con patria y no ricos y sin ella». Y finalmente, la arenga previa a la batalla de Masoller, que finalizaba con la consigna que hizo suya el MLN: «Habrá patria para todos o no habrá patria para nadie».
Y advierta el lector un hecho curioso. Aparicio Saravia no promueve un alzamiento contra un gobierno dictatorial: se levanta en armas contra el gobierno constitucional de José Batlle y Ordóñez. ¿Cómo habría actuado Gianola si hubiera sido ministro en aquel tiempo?
Y ya en el siglo XX, el Partido Nacional dio figuras de la talla de Lorenzo Carnelli, con su Radicalismo Blanco, abogado defensor de ácratas expropiadores. Sin olvidar a Carlos Roxlo, poeta y legislador con honda sensibilidad social. También Carlos Quijano, figura referencial de la izquierda, en su juventud militó en el Partido Nacional. O el olvidado Carlos Clulow, embajador ante la OEA a comienzos de los sesenta, que –junto a México– exhibió una digna postura contraria a expulsar a Cuba del organismo. Y finalmente, Wilson Ferreira Aldunate, un líder con luces y sombras, pero con más de las primeras que de las segundas.
Toda diferencia con la dirigencia actual es mera coincidencia…
Con estos antecedentes, ¿cómo extrañarse de que los auténticos blancos se integren a la izquierda? *
* Periodista
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