Una pena se hace llanto y el llanto se hace laguna
Ayer fui a la terminal de ómnibus Tres Cruces a mandar una encomienda. No era nada del otro mundo, pero se la di al funcionario y le dije: ¡Se la encomiendo! El tipo me salió con que hoy en día hay que encomendarse a Dios, pero yo no creía que fuera necesario semejante gestión ante el Creador, ya que el paquetito contenía un elefante de plástico, que me había encargado un tío que vive en el campo y que nunca vio un elefante ni en el circo, porque cuando iba un circo por el pueblo él estaba esquilando en alguna estancia y siempre se quedaba con la curiosidad. En realidad, lo que le mandaba era una carta en la que le comentaba las últimas declaraciones de Jorge Batlle, y ya que estaba le mandé el elefante de plástico, sin que eso significara relacionar una cosa con la otra. El asunto fue que luego de entregar la encomienda, fui a tomar un café en la misma terminal, y se me acercó un paisano de sombrero aludo, a preguntarme la hora y se puso a comentar cómo se va la mañana, y una cosa sacó la otra, se sentó, pidió un especial de mortadela, y como le dijeron que no había, comentó:
Yo vengo de un boliche que se llama El Resorte, y allá hay mortadela y gato barcino en el mostrador, y es un boliche que lleva cuarenta años abierto día y noche, y uno viene acá y no hay mortadela. ¿No es una vergüenza? Le quise decir que no encontraba la relación entre los cuarenta años del boliche, el gato, la mortadela y la vergüenza, pero el hombre siguió contando. El que solía parar en El Resorte era un tal Triplete Bis, no sé si conoció, que era muy enamorado él, que cuando veía pasar una china de lejos nomás ya se enamoraba, y sin haberle hablado ya se sentía rechazado, y por amores contrariados se mamaba por unanimidad o se tiraba en el aljibe para contarle su desgracia a la tortuga, como si la tortuga tuviera poco con lo que tiene. Que la tortuga ya estaba baqueana, y cuando escuchaba que se acercaba llorando en un quejido, se preparaba, y lenta y todo, tenía tiempo de sacarle el cuerpo para que no la aplastara. Hombre casado, este Triplete Bis que le digo, una noche cayó por el boliche con una pena en el alma, porque la mujer se había comprado percales nuevos y se había dado una mano de pintura en las vistas y los labios, y desde lejos la desconoció y se enamoró de ella. Y cuando vio que era la mujer propia quedó desacomodado y nervioso como electricista que le patean la escalera. Una cantidad de cosas bonitas que tenía pensado decirle, se le quedaron trancadas en la cabeza y sin poder salir como sal con la humedad. Por eso, cuando se acodó en el mostrador con toda su tristeza, el gato barcino se le arrimó a ronronearle solidario. Al hombre le rodó una lágrima por la cara, se le entretuvo en el bigote, y cuando se le juntaron otras el tremendo lagrimón se descolgó arriba del mostrador y salpicó adentro de un vaso de vino y otro de caña. Al de caña, recién servida, lo desbordó. El tape Olmedo, con un sentimiento, lo palmeó en la espalda para consolarlo. Fue peor. No hay nada como palmearle la espalda a uno que está llorando, para que llore más. Y el hombre se desbordó, lloró como por un tanto. Piso de tierra, se hizo barrial y en la zona despareja se formó laguna, y donde hay laguna hay ranas, y creció un pajonal, y llegaron los patos silvestres, y al final el boliche se tuvo que mudar. Y allá quedó el hombre, rodeado de garzas rosadas, patos y cigüeñas. Por eso, ahora, en El Resorte mudado, hay un cartelito que dice: ¡Se ruega salir a llorar afuera!
El del sombrero aludo, como vino se fue. No sé si realmente estuvo o me lo imaginé, pero al ir para casa, pasé por la fiambrería y me compré cien gramos de mortadela. Fue como un antojo que me dio. *
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