Catorce horas de paz
Luego de pasar varios controles, uno se mete en un túnel totalmente oscuro que desemboca en una plataforma que permite tener una primera impresión de la fiesta: a la derecha, un mundo de gente tratando de canjear su cerveza gratis, adelante, más gente deambulando, y al fondo a la izquierda una cuesta repleta de personas bajando o subiendo a la pista dance. Y música, mucha música.
Parece broma, pero antes de poder hacerme de una cerveza que está ahí, al alcance de la mano, me para una chica con la cara pintada de blanco que me explica las bondades de la leche. Obviamente, nadie quiere saber nada con el producto lácteo a las doce y cuarto de la noche un día de fiesta.
En ese momento, el azar me permite encontrarme con algunos colegas que pasan a ser mis únicos compañeros de ruta, dado que nunca me encontré con la chica con la que había acordado ir a la fiesta.
Surge entonces la pregunta que más se pronunciará en toda la noche: «¿Ahora qué hacemos?».
Un grupo de chicas asegura que en Verdeia, a pocos metros de donde estamos a esa altura de la noche, está por tocar el flaco Spinetta. Pero en realidad todavía no hay nada pronto, así que enfilamos hacia al centro de la «zona cultural», con la ilusión de poder llegar a ver al Cuarteto de Nos. Ahí también la cosa viene bastante retrasada, así que llevamos la espera con más cerveza.
A la una de la mañana, con problemas de sonido pero con buen humor, el Cuarteto sube al escenario y toca durante casi una hora. Abajo la barra delira y al final con «Vo’ cartero» el «pogo» es general.
Entre tema y tema, los miembros del grupo se refieren a temas de la realidad nacional: el gobierno es blanco de críticas (respaldadas por los presentes) por el tema bancos y reprogramación de deudas. A la vez arengan para que firmen por el referéndum por Ancap. El agite provoca más sed y a algunos del grupo se les antoja vino. Para obtener el preciado líquido, hay que emprender un largo camino hasta la zona gaucha. En una buena ambientación de las viejas pulperías se consigue vino a diez pesos el vaso, mientras un gaucho canta canciones acordes al momento. Nosotros hacemos coro.
Son la tres de la mañana. No pudimos ver a Spinetta, pero nos enteramos de que está por tocar Jaime Roos. La impresionante cantidad de gente nos deja a casi cien metros del escenario. Por lo tanto se ve poco y se escucha menos. Conclusión: nos vamos después de tres temas.
A esa altura de la noche hacemos nuestro primer intento por comer algo, lo cual no es fácil dada la cantidad de gente que se agolpa en los mostradores. Mientras hacemos cola, escucho al cantante de La Trampa putear una y otra vez por el sonido, que, la verdad, es pésimo.
Nos cansamos de esperar y enfilamos hacia la zona rock, ubicada en la otra punta de la fiesta.
Mientras como tranquilo me percato de algo que en realidad he visto toda la noche: cientos de personas que se la pasan hablando por celular, el medio más adecuado para poder coordinar un encuentro con alguien en un mar de gente.
Después, hay que hacer un último esfuerzo: luego de estar toda la noche caminando decidimos encarar la zona dancing ubicada en lo alto de las canteras.
Acá es otra cosa. Mucha marcha, mucho lente de sol en plena oscuridad, mucho pibe sin remera mostrando músculos y tatuajes, y mucha rubia bien quemada.
Bueno, son las seis de la mañana y el viento se calmó. Hace menos frío por suerte. Nos vamos. «Deberían hacer esto más seguido, ¿no?», me dice uno de mis amigos. *
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