HOY JUCECA

Misterio en la noche del Rosedal del Prado

La otra noche pasé por el Rosedal del Prado, y las rosas, que de tarde estaban, no estaban. Permítaseme decirle «Rosedal», como siempre le dije al sitio donde pasé tantas horas inolvidables de mi niñez y de mi cercana juventud, y no «Rosaleda», como al parecer, y sin razón que me convenza, debiera decírsele. El hecho es que los rosales sí estaban, pero, me pregunto: ¿Qué son los rosales sin las rosas?. Y me respondo: Burdas plantas de espinas hirientes. Al rosal le da valor y nombre la rosa, como a la higuera el higo, al naranjo la naranja, a la manzana el manzano, a la nuez el nogal… No, aquí falla la cosa. Ocurre que me dejé llevar por la facilidad de los ejemplos, y me topé con la nuez y el nogal, sin necesidad, puesto que pude seguir con la pera y el peral, el durazno y el duraznero, y cerrar, brillantemente, con la ciruela y el ciruelo. No terminé de maldecir la hora en que se me ocurrió meter la nuez en la lista de los frutos cuyos nombres concuerdan con el de las plantas que los producen, cuando me entero que existe una planta que se llama, nueza. ¡Caracho!, me digo. ¿Habiendo una planta llamada nueza, por qué se le ocurre dar nueces al nogal?. Ahora bien: ¿Cree usted, por ventura, que la planta llamada nueza, da algo parecido a nueces? Si aplicando su sano juicio dice usted que sí, que naturalmente, debo felicitarlo por la sanidad de su juicio, que Dios se lo conserve, pero no concuerda con el juicio de la nueza. La nueza, no da nueces, ni nuezas, ni nuecitos. ¿Qué da? ¡Qué mas da, hombre! Es que como lector que hasta aquí ha llegado, tengo curiosidad por saber qué da la nueza. La nueza da bayas. ¿Que qué son las bayas? «Dícese del fruto de algunas plantas, carnoso y jugoso, que contiene semillas rodeada de pulpa, como la uva, la grosella y otros».

Es decir: la nueza, da un fruto que no tiene un pito que ver con la nada pulposa, ni jugosa nuez del nogal. ¿Le parece a usted serio? Para nada, pero volvamos a los rosales y sus ausentes rosas. Volvamos, pero antes déjeme decirle que la bellota, no es el fruto del belloto. ¡Ganas de complicar las cosas! La bellota es el fruto de la encina, del roble, y de otros árboles congéneres, o sea parientes, análogos, afines a la encina y al roble. La naturaleza es sabia, y una de las muestras de su sabiduría radica en la facilidad con que nos engaña, nos desorienta, y si se descuida usted, nos desnaturaliza.

Eso, más que sabiduría, es mala leche. La cosa fue que la otra noche, pasé por el Rosedal del Prado, y las rosas no estaban. En el centro del Rosedal, mi vieja fuente dejaba emerger un chorrito de agua que desbordaba la copa superior, para derramarse en la inferior y caer, por fin, a la pileta circular de su base. Una cosa vistosa, pero si se quiere, rutinaria. De día los pájaros aprovechan para beber, jugar y chapotear en las aguas de la fuente, pero de noche, los pájaros duermen. No cantan ni se bañan, ni hacen caca. Duermen en sus nidos desde temprano, porque al otro día hay que madrugar. No así la lechuza. Tampoco los serenos, pero no es la lechuza un ave que nos importe en este momento.

Y menos el sereno. Ver el Rosedal, sin rosas en la época en que debiera haberlas hermosas y perfumadas, es cosa inquietante. Más aun, de noche. Yo sé de qué hablo porque soy un infaltable visitante del Rosedal.

Las hortensias y malvones estaban en su sitio, pero faltaban las rosas. Sólo troncos retorcidos y tallos espinosos, como bichos petrificados.

No era hora de andar averiguando, ni me pareció conveniente hacer la denuncia en la comisaría ya que me iban a tener en vueltas con interrogatorios, y qué andaba haciendo usted a esta hora por el Rosedal, y de qué trabaja, y que si ha estado bebiendo, en fin, que me marché a dormir a casa y listo. Al otro día, tempranito, fui, y estaban todas, cada cual en su rosal, como si nada. Bueno, como si nada, no. Algunas estaban de pétalo caído, como si hubieran pasado una noche de juerga.

Los pájaros iban y venían de las rosas a la fuente, y de la fuente a las rosas. Chapoteaban, y las salpicaban para que se recuperaran, como jugando, para que El Guardián no se diera cuenta. *

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