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Sabemos cómo está España, pero ¿cómo está el pueblo español?

Más allá de las cifras macroeconómicas y de las reuniones de los mandatarios publicitados por los medios de comunicación, está el drama de las familias españolas que afrontan el desempleo y la precariedad a diario. Son muchos los millones de españolas y españoles que invierten diariamente una gran cantidad de tiempo y energías en buscar trabajo, normalmente sin resultados positivos.

Escrito por: Coral Herrera Gómez

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Coral Herrera Gómez

Doctora en Humanidades y Comunicación Audiovisual http://haikita.blogspot.com/

"Indignados" en España

El desempleo no sólo afecta a los trabajadores sin cualificación profesional, sino también a licenciadas, doctores, investigadores, periodistas, profesores, etc. Gracias al desarrollo del Estado del Bienestar, el nivel educativo de una gran parte la población ha crecido espectacularmente, y son muchos los jóvenes con varias maestrías, varios idiomas, estancias en el extranjero, etc. que buscan trabajo sin éxito.

Las cifras son espeluznantes, pues más de la mitad de la gente que está en la veintena y la treintena está desempleada, y la otra mitad sumida en la precariedad (de sueldos y condiciones laborales). Es la generación perdida, que está emigrando como lo hicieron sus abuelos y sus bisabuelos cuando España estaba hundida en la miseria.

En los hogares donde ningún miembro de la familia trabaja la situación es desesperante, pues no hay ingresos de ningún tipo y las facturas de luz, agua, gas, alquiler, etc. siguen subiendo paulatinamente. La asfixia es generalizada, y el único modo de llegar a fin de mes es pedir prestado a familiares o amigos. Los que más sufren son los inmigrantes, que tienen mayores dificultades para encontrar trabajo, y los sin papeles, que han de cargar con la xenofobia española que los trata como ciudadanos de segunda clase y los margina; cuando escasea el trabajo, se da prioridad a los nacionales.

Los dos aspectos más importantes de la crisis son, por un lado la solidaridad de las redes afectivas y sociales: abuelos ayudando a los nietos, hijos/as ayudando a los padres, hermanos y hermanas prestándose dinero y recursos, madres cocinando para toda la familia, amigos viviendo juntos para ahorrar gastos.

Y por otro, el despertar de la gente. España está sacudida por las luchas sociales de los activistas de izquierda, feministas y ecologistas, algunos sindicatos, algunos intelectuales, el movimiento minero,  el Movimiento de los Indignados, que expandió las revoluciones primaverales por Europa y América. Feministas, desempleados, precarias, trabajadoras, jubilados, ecologistas, estudiantes, están en las calles pidiendo un cambio de modelo social y económico y  desarrollando propuestas para mejorar la democracia, o para inventar un nuevo sistema de organización política.

Las ideas para el cambio surgen como las flores en la primavera, pero el gobierno no quiere escuchar a la gente, ni tampoco hablar de  controlar a políticos y banqueros, evitar el fraude fiscal, insertar a la ciudadanía en la toma de decisiones, o salir de la crisis distribuyendo la riqueza y aumentando la capacidad adquisitiva de la gente.

Mientras la gente se indigna y protesta, aumenta la represión en forma de brutalidad policial, detenciones arbitrarias a líderes/as, y la invisibilización de las luchas en los principales medios de comunicación. A medida que aumenta la angustia, bajan los salarios y desciende el consumo, los banqueros y políticos siguen haciendo y deshaciendo sin preguntar a nadie.

Obvio que tenemos muy cerca el ejemplo maravilloso de Islandia, cuya forma de enfrentarse a la crisis ha sido más que exitosa; pero Merkel, la emperatriz de Europa,  no quiere saber nada de crecimiento, ni de castigar a los responsables, ni de hacer caso a la oleada de indignación que sacude a las poblaciones. Mientras los poderosos quiebran bancos y cobran indemnizaciones multimillonarias, cada vez más pequeñas y medianas empresas sucumben. La sanidad y la educación se privatizan  y empeoran, se elimina prácticamente el gasto en cultura, políticas de igualdad y políticas sociales, mientras el gobierno de España sigue invirtiendo grandes sumas de dinero en el ejército, en su extenso aparato político,  y en la Iglesia católica.

Cunde la impotencia y aumenta la rabia porque a medida que la gente se hunde en la desesperación, más se ríen de nosotros. Todos los días son desahuciadas de sus casas más de cien familias, y todos los días la ciudadanía acude a los desalojos para impedir que la gente más vulnerable se quede sin hogar. Paralelamente a este drama, los gobernantes piden ayuda a los santos para salir de la crisis, ayudan a los bancos a salir del desastre, (ayuda que se convierte en deuda pública), y prohíben decir, en la televisión local de la capital, la palabra “rescate” (queda mejor “ayuda financiera”).

No sólo nos sentimos estafados, sino también indignados por las mentiras de Rajoy y la falta de ideas para sacar al país de la crisis. Tenemos jueces, alcaldes, presidentes y yernos monárquicos que roban de las arcas públicas sin escrúpulo alguno, y también tenemos un gobierno que amnistía a aquellos que no pagan impuestos. El Presidente no está nunca cuando se le necesita, nos miente con eufemismos, dice un día una cosa y al otro día dice otra, según esté reunido con el G20 o con el Eurogrupo. Nuestro Presidente se va al fútbol cuando España se hunde y nuestro rey se marcha de cacería con su amante y con nuestro dinero.

La Iglesia sigue opinando sobre cualquier cosa y prohibiendo avances de derechos humanos, mientras evade impuestos y roba terrenos a las comunidades, inscribiéndolos a su nombre con total descaro. Los empresarios tienen asustados a sus trabajadores, los despiden cuando quieren, bajan los salarios, y nos dicen a través de los medios que tenemos que trabajar más (aunque no nos dejan porque no crean empleo).

Se nos acusa de vagos, se nos culpa del despilfarro, se nos pide que tengamos confianza, que esperemos los resultados de su gestión, que guardemos silencio y seamos pacientes. Se nos amenaza con la idea de excluir a los disidentes de la (posible) recuperación económica, nos lanzan a los antidisturbios cuando salimos a la calle, se nos ahoga con subidas de impuestos, se nos pide que arrimemos el hombro y nos apretemos el cinturón, que renunciemos a nuestros derechos, y que aguantemos el chaparrón de despropósitos que se destapan a diario.

Mientras, la gente se manifiesta, escribe, protesta, difunde por las redes, recoge firmas, analiza y propone, se mueve, se enfada, se siente impotente, colapsa las calles, debate en asambleas, planea mundos diferentes, y vuelven a sus casas apaleados. Es cierto que aún hay españoles a los que les va bien y no salen a la calle. Siguen consumiendo despreocupadamente y miran con lástima a los que han tenido la desgracia de “caer “en las garras del desempleo. Muchos votaron al PP porque creyeron a Rajoy cuando dijo que no iba a subir los impuestos, que no iba a hacer recortes en educación y sanidad, que no iba a rescatar la banca con dinero público. Ahora el gobierno está a la deriva, y la sombra de Aznar es alargada.

Lo más terrible de la situación es la falta de ética de la gente que gobierna en España. Por muy cristianos que sean, parecen  incapaces de hacer un proceso de autocrítica y de empatizar con las angustias de millones de familias. Probablemente se equivocan si creen que la paciencia y el pacifismo de la ciudadanía son infinitos, que pueden seguir a lo suyo sin tener en cuenta a la masa ignorante. Es obvio, además, que solo piensan en sus privilegios, no en los derechos y libertades de la mayoría. Y no entienden que cargándose a la clase media se van a quedar con un país empobrecido, con una masa sin capacidad para ahorrar ni para endeudarse, pagar intereses, consumir sus productos, sus inmuebles, su tecnología, su industria del entretenimiento.

El panorama es desalentador, más cuanto a diario podemos ver a muchos de ellos en los medios riéndose descaradamente de la ciudadanía, mandando callar a los sindicatos, elaborando discursos plagados de mentiras, ayudando a los pobres “multimillonarios”, colocando a su gente en puestos de poder y diciéndonos que el futuro de nuestros hijos va a ser peor que nuestra infancia. Porque los suyos sí tendrán un sueldo más que digno: estudiarán en escuelas privadas financiadas con dinero público.

Para nosotros la ciudadanía griega es un ejemplo a seguir porque logró paralizar el país entero, pero a mí me desalienta comprobar cómo finalmente no se les permitió decidir libremente y, como se les ha aplicado unos brutales recortes que no han mejorado la economía, sino más bien al contrario. Es desolador comprobar cómo avanza la extrema derecha en toda Europa, y cómo paralelamente se está acabando con libertades y derechos que costaron muchas vidas en el pasado.

Todos los avances en materia de igualdad, educación, sanidad, se están viniendo abajo. Pero los bomberos, las médicas y enfermeros, las profesoras, los mineros, las universitarias, los emprendedores, las artistas, todos están saliendo a la calle y están unidos en la misma lucha. Creo que somos muchos los que estamos compartiendo la información que no sale en la televisión, alzando la voz, creando redes de solidaridad, grupos de discusión, grupos de apoyo, acciones divertidas como los performances y bailes en las sedes de los bancos.

Viendo como florecen las primaveras en el resto del mundo (México, Grecia, Chile, Egipto…) nos sentimos una multitudinaria mayoría. Y eso nos tiene animados, con ganas de hacer cambios, con los niveles de indignación y frustración controlados, de momento. Estamos hartos, pero no derrotados. Tenemos muchas ideas sensatas,  alegría de vivir,  humor negro, y un gran ingenio para crear lemas, canciones, pancartas, viñetas. Y eso nos salva, de alguna manera, porque nos mantiene vivos, unidos, y con ganas de seguir en las calles.

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